TOMO IV
 
 
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TOMO II
TOMO III
     


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UN ESCUDO SACADO CON FORCES
Acababa de llegar de los Estados Unidos en 1964 y mi amigo Vicente Muñoz Elizalde, fotógrafo revolucionario que había peleado en las jornadas estudiantiles del 2 y 3 de junio, me fue a visitar para contarme que la Municipalidad de Milagro había convocado a un concurso privado para diseñar el escudo cantonal y que el Presidente del Concejo, Dr. Alejandro Zaldúa Vallejo, quería verme. "Mañana te vengo a ver a las 11 para irnos a Milagro, el presidente quiere conocerte porque le he hablado muy bien de ti y no te olvides de hacerle un Escudo. . ." me gritó Vicente en la escalera.

Al otro día estaba frente a los concejales que para aminorar el calor decidieron comer cebiche y tomar cerveza en un saloncito cercano. Allí desplegué mi dibujo que gustó de inmediato por ser una síntesis bien concebida de la historia y del presente de esa región, pero tenía de competidor único a un pintor guayaquileño que también portaba un escudo a todo color, con profusión de frutas y símbolos al cual más raro, colocados en absurda confusión. Más que un escudo era una ensalada de frutas servida en un gran cuerno de la abundancia.

Y como el premio único era de cinco mil sucres, suma no despreciable en esa época, mi opositor estaba resuelto a usar todas sus armas en mi contra y viendo que iba a perder, muy ceremonioso me preguntó lo siguiente: ¿Desde cuando la heráldica se impone en las repúblicas? ¿Acaso no es una ciencia de reyes? Le contesté: Todo escudo debe respetar las reglas generales de la heráldica, justamente por ser esta ciencia la que regula a los escudos. Luego agregó con sorna: "Antes habían escudos heráldicos, los de ahora ya no lo son porque el progreso ha superado a las antiguas figuras y hoy existen actividades humanas que no pueden ser representadas por la heráldica" . . . Aquí casi me destrozó, pero en mi maletín había tenido la precaución de poner un libro de heráldica inglesa con escudos modernos pintados a colores y en uno de ellos había un rayo asido por una mano, símbolo de la fuerza eléctrica controlada por el hombre y que pertenecía a una ciudad industrial con fábricas de aparatos electrodomésticos, que dan vida al comercio y a la industria de esa región inglesa.

Todo fue que los concejales lo vieron y quedaron convencidos de la bondad de la heráldica, ciencia que día a día se actualiza en el mundo occidental y así se impuso mi versión que hoy ilustra las páginas de Expreso y cuya descripción es como sigue: Cuartelado: Una punta de hacha Chirija que simboliza a la antigua parcialidad indígena de ese nombre, primera en habitar la actual zona de Milagro. Una rueda dentada que representa el progreso de las fábricas de la región. Una espiga de arroz, porque en el cantón existen cultivos y piladoras y una caña de azúcar, que es la riqueza del lugar. Cubriendo el escudo una bordura con ocho piñas de oro. En los bajos una cinta verde y blanca, colores de la bandera, con la siguiente leyenda: 1783 y 1913 San Francisco de Milagro, nombre completo de la ciudad y fechas claves, por haberse sucedido en ellas el milagro que le dio su nombre y la cantonización.

Sin embargo y como jamás me ha gustado molestar a nadie tuve que acceder a que los cinco mil sucres del premio se los llevara mi amigo el pintor, porque de otra manera el escudo hubiera quedado trunco, sin pasarse a limpio, mientras que así, a los ocho días justos, pudimos admirar mi versión pintada a todo color.

Don Alejandro se palmoteaba de gusto porque comprendía que el asunto más trascendental de su paso por la presidencia del Concejo de Milagro iba a ser ése, el dejar el escudo noble, hermoso y definitivo a la ciudad que lo había acogido en su seno y lo tenía en el principal sitial, así es que para congraciarme y premiar mi esfuerzo, decidió que Vicente y yo hiciéramos una revista de Milagro, que nos salió muy bonita, sobre todo porque en la portada grabamos a todo color el flamante escudo y de esta manera pudo ser conocido en todos los niveles.

Hoy aparece en libros y cuadernos y hasta en los respaldares de los bancos del parque principal de Milagro y la pintura original permanece en el salón de sesiones del Concejo, como homenaje a la pujanza de ese pueblo.

En 1981 el presidente Centanaro, en representación de esa corporación, tuvo a bien discernirme un honroso acuerdo plasmado en una placa de madera y bronce que luce en mi biblioteca. Así agradecieron mi aporte, justo a los 17 años de haber sido concebido de apuro y a toda carrera, como la mayor parte de las cosas de esta nación donde todo parece hecho contra el tiempo.