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TERTULIAS,
MILAGROS
En eso de las Tertulias a veces ocurrían
chascos y donde menos se pensaban. En alguna ocasión
para conmemorar dignamente el centenario del Nacimiento
del Libertador Bolívar en 1.883, Josefa Vivero
de González invitó a numerosos matrimonios
a una velada en su elegante casa del malecón
y llegado el momento, lleno el salón de gente,
espejos y muebles de pan de oro estilo Luis XV, anunció
que el gobierno de la República de Venezuela
la había honrado con la Medalla del Busto del
Libertador, en reconocimiento por la hermosísima
corona de oro y plata que ella había mandado
a depositar en la tumba de Bolívar y que en
fasto y belleza rivalizó con éxito frente
a la del mencionado gobierno. Estaba entonces como
en un delirio, casi enloquecida y ordenó a
la concurrencia que se pusiera de pie para oír
poesías líricas a la gloria de su ídolo,
entre las cuales declamó ella misma varios
fragmentos de la Oda a Bolívar de Olmedo y
durante más de dos horas la sufrida audiencia
tuvo que aguantarse de pie, mientras ella seguía
en éxtasis, motivados por cada recitación.
Al final, cuando ya algunas damas amenazaban desmayarse,
terminó la tertulia, que más parecía
dictadura, no sin antes quejarse de que mejor hubiera
sido oír las poesías de hinojos. Esta
tertulia alcanzó gran fama en la ciudad, por
dolorosa y sonsa más que por literaria, ya
que ni siquiera se brindó un traguito a la
despedida, como hubiera sido lo lógico y usual
después de tanto sufrimiento.
En casa de muchas damas se hacía tertulia después
del rosario, pero esto era sólo para el sexo
femenino, que nunca los hombres han sido amigos de
tales muestras de piedad. Recuerdo que en la casa
de mi tía abuela Victoria Concha de Valdés,
ubicada en la esquina de Panamá y Bolívar,
que antes había sido del General Manuel Serrano,
era de ley el rosario a las cinco y la tertulia después,
brindándose unos gigantescos vasos de jugos
de naranja y veteraba o de naranja y zanahoria, porque
dizque así era más alimento y no lo
dudo. En esas tertulias concurrían muchas señoras
viejecitas allá por 1944, es decir, decimónicas
puras, que gustaban de hablar de milagros y era de
ver la cantidad que esgrimían a su favor cada
una de ellas. La cosa era simple, comenzaban por la
derecha y siempre con la dueña de casa, que
contaba su anécdota y la intervención
de tal o cual virgen o santo hacedor del milagro.
Luego el ruedo proseguía y entraban en la colación
episodios históricos y hasta intimidades familiares,
amoríos y picos pardos de sus respectivos cónyuges,
todos superados por tal o cual intersección
sobrenatural. ¡Cómo se aprendía
historia y cómo se conocía a la gente!.
Recuerdo algo chusco, ocurrió que en una de
esas reuniones llegó de improviso un pariente
liberal-radical de los más puros (1) y como
ya habían terminado el rosario y estaban en
los milagros, le dieron cabida en el ruedo y le brindaron
su jugo de obligación. El no comprendió
al principio de qué trataban tan viejas beatas,
pero luego, viendo que tomaban la palabra por turno
y que en orden de puesto le iba a corresponder a él
referir algún milagrete, medio amoscado y confuso
aprovechó un momento de comentarios y algazaras
para tomar su portante, despidiéndose por tener
que asistir a un compromiso anteriormente contraído.
¡Creo que las buenas señoras no entendieron
su apuro y hasta lo citaron para el día siguiente
para conocer el milagro! Esos milagros eran cosas
que hoy serían naderías, pero entonces
encerraban su seriedad. Contaré algunos: ¡Aló,
¿Hablo con la señora fulanita, decía
una voz al teléfono. Sí señor,
habla Ud. con fulanita ¿con quién hablo
yo? . . Con un espíritu burlón ... silencio
y susto de ella, pero enseguida respondió:
¡Nada tengo que hacer con espíritus burlones
del más allá, soy católica y
ando con Dios!
El auditorio inquiría ¿Y qué
pasó entonces?, bueno, el espíritu cerró
el fono. ¡Milagro milagro! coreaban las pobrecitas,
cada una más crédula que la otra, pero
también habían milagros de verdad y
hasta escenas de crudo patetismo.
(I) Mi tío Jorge Pérez Concha.
Una de ellas (2) decía que en pleno viaje a
Europa había fallecido su hija en el barco,
de fiebres perniciosas, que como todos saben, eran
fulminantes y los enfermos sólo duraban tres
o cuatro días, mientras el viaje era asunto
de un mes. El capitán había proporcionado
el ataúd de madera con llave y un cuarto especial
para que allí se deposite el cadáver
y la inconsolable madre iba todos los días,
abría el ataúd y rezaba horas enteras
por el alma de su hija, luego cerraba la caja y salía
del cuarto y así por espacio de varios días,
hasta que una mañana, al abrirlo, encontró
que el rostro de su hija estaba desfigurado y completamente
lleno de gusanos. Tal fue su impresión, que
lo cerró, salió corriendo y echó
la llave al mar.
Desde entonces no había podido olvidar la escena,
pero un día pidió en la Iglesia de San
Francisco, a Dios, que no la siguiera atormentando
y esa noche soñó que Jesús se
le acercaba y decía que le concedería
el milagro, con el resultado que al día siguiente
despertó sin recordar la trágica escena
y tranquila como no lo había estado en mucho
tiempo.
Otro milagro era que una señora habiendo viajado
a los Estados Unidos por varios meses a visitar a
una hermana casada, le habían recomendado que
concurriera donde una parapsicóloga famosa
del lugar, a verse la suerte. Al llegar a la casa
y tocar la puerta salió la psíquica
y le dijo, a Ud. nada tengo que decirle, porque veo
a su lado a San Francisco de Asís y a San Antonio
de Padua, que la acompañan en espíritu
y le cerró la puerta. Decía la señora
que lo raro del caso es que ambos santos eran sus
preferidos en la iglesia de San Francisco de nuestra
ciudad, a quienes rezaba todos los días incluso
en los Estados Unidos y que no se explicaba cómo
la médium había podido detectar esa
relación ¡Misterio más que milagro!
Otro milagro era que una señora había
asistido a una sesión de espiritismo, sin saberlo,
porque entonces no hubiera ido, pero ya estando en
plena reunión se encontró con que sacaban
una mesita de tres patas
(2) María Valdés Concha de Dillon.
engomadas, porque esas mesitas no deben ser clavadas
para evitar la contra espiritual que procede de los
metales. Así explicada su debilidad, se vio
de topetón llamando al espíritu de su
difunto marido, que se acercó y hasta la aconsejó
buenamente. La señora quedó confundida
pero no asustada y se retiró del lugar. Llegada
a su casa, como era de noche se acostó y al
momento de apagar la luz vio que de la ventana de
su cuarto ubicado en un departamento bajo, se desprendía
una sombra blanca que se acercó a su cama,
reconociendo a su marido, que venía siguiéndola
de la sesión. (A veces se pegan los espíritus
en esta clase de experimentos, acotaban las demás).
La heroica viuda se sobresaltó y dijóle:
¡Fulanito, regresa al cielo!. Y zúas
se esfumó la sombra. ¿Cómo supiste
que era fulanito?. Y aquí viene lo bueno, porque
la muy picarona respondió: Le vi el rostro
airado que siempre ponía cuando algo le molestaba
y como yo lo había hecho con mi consulta espiritual,
supuse que me venía a reclamar, aunque realmente
sus facciones eran difusas.
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