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SEPELIO
A LA ANTIGUA
Se moría don Canuto de un fuerte
ataque de Pulmonía y tanto que sólo
duró tres días, siendo su deceso muy
sentido en el vecindario.
Canuto Moran era casado con doña Perpetua,
tenían seis hijos, tres hombres y tres mujeres,
todos de colegio superior; era un hombre afable y
bonachón pero de vez en cuando empinaba el
codo y entonces lo veían llegar a su casa dando
múltiples traspiés y tocando la puerta
con voz aguardentosa. Una vez dentro se oían
gritos y maldiciones sin fin, acalladas después
por un silencio comprometedor, anuncio seguro de que
el pobre Canuto, luego de un soberano reto, estaba
durmiendo la mona y en paz con el mundo.
Al día siguiente todo era que salía
a la calle y se volteaba a la ventana de su domicilio
mandaba besos volados y palabras de cariño
para disipar el ambiente pesado de la noche anterior
y hacer creer al vecindario que no había pasado
nada. Así eran las peleas de antaño,
por lo menos, entre la clase media.
El duelo se presentaba triste pero por eso interesante,
porque la viuda que jamás había sido
perdonada por las viejas tías Moran, recibió
el aviso de que ellas asistirían sin falta
a eso de las diez de la noche a presenciar el velorio.
Así es que habiendo buenos actores, no fallaría
el espectáculo.
Las Moran ingresaron puntuales y erguidas, aunque
viejas y feas, solteronas y relamidas; eran cuatro,
Matildita la mayor había sido casada con un
Capitán Mercante que le dio mala vida y viudez
rápida y sin hijos, era la única que
había gustado del "jimeneo" como
se solía decir en el Guayaquil de antaño;
porque las otras, las menores: Catita, Miquelita y
Melchorita, por haber sido criadas entre faldas y
detrás de las ventanas, vivían sobresaltadas
y criticándolo todo, sin atreverse a gustar
de las intranquilidades que produce el matrimonio.
Así explicadas, se acercaron al difunto y cada
una lo lloró por turno, haciendo aspavientos
y mucha alharaca, contando a voces sus gracias infantiles,
sus travesuras juveniles y llegando hasta el punto
final, es decir, su "mal matrimonio" en
donde cesaron las cuatro versiones de la misma historia.
Pero las Moran no se imaginaron que la viuda, tomando
piola, también iba a contar su parte y con
tanto relleno, que eran las dos de la mañana
y aún seguía enterando al vecindario
de una serie de detalles, algunos hasta medio plomos,
que para qué les cuento.
Ya para entonces la mitad de la concurrencia había
abandonado el velorio, no sin antes pedir al resto
que recuerde todos los detalles para conocerlos después
y los que quedaron habían entrado en grata
confianza, formándose ruedos de behedores,
cacheadores, naiperos, sonsoneteras (eran las que
rezaban entre dientes las letanías y los rosarios)
y chismosas, que hablando del difunto habían
hecho recorrido por el resto de la población
del barrio y qué digo, de la ciudad y hasta
el país y así les dio las seis, que
entonces llamaban el clarear del alba y todos se despidieron
medios aturdidos y malanochados, para no regresar,
pero otros volvieron atiborrados de café puro
a eso de las once y pudieron acompañar hasta
el cementerio.
¿Y no dejó hijos naturales? preguntaban
las mas curiosas, ¿Cuánto debía
el pobrecito? ¿Habría pagado la casa
al seguro?” Estas preguntas eran de cajón
siempre y nadie se asombraba de escucharlas, que para
eso hizo Dios al mundo, para que se conozcan unos
a otras y gocen con ellas, según versión
libre del antiguo testamento que hiciera en feliz
ocurrencia Don Alberto Reina, allá a principios
de siglo y por eso fue llamado "Taumaturgo y
Exégeta".
Los velorios de antaño eran oportunidades que
brindaba la vida para entrar en confianza, conocer
a los nuevos vecinos del barrio, romper ciertas barreras
que de otra forma eran infranqueables y en fin, para
llegar a un estado de igualdad social teniendo como
tema central los detalles de las vidas del muerto
y de sus deudos. Claro está que nunca faltaban
los que habiendo querido al difunto, lo lloraban con
todo corazón y menudeaban los desmayos femeninos
y hasta hubo casos de preinfartos, pero esto era de
adehala o excepción, que lo común era
lo otro.
Al día siguiente misa con sermón y allí
los padrecitos tenían que andar muy avispados
para no meter la pata, preguntando si el finadito
tenía solamente una familia y en caso contrario
si la otra u otras también estaban presentes
y si se llevaban entre sí, porqué ocurrieron
pugnas y grescas motivadas por indiscreciones involuntarias
nacidas del desconocimiento de cada situación
hogareña.
En los velorios también se servían ciertas
comidas a determinadas horas de la noche. El café
puro con roscas y queso era infaltable, pero hubo
ocasiones en que dueños de velorios mas sofisticados
hasta brindaban buffets completos, como me ocurrió
a mí en uno que no quiero mencionar, donde
hubo desde pavo y ensalada hasta relleno y varios
postres. Así si, decía un amigo mío,
vale la pena asistir a esa clase de ceremonias familiares,
que de otra manera resultan insulsas y hasta aburridas,
a menos que seas chismoso y gustes de estar enterado
de la vida ajena.
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