TOMO IV
 
 
 TOMO I
TOMO II
TOMO III
     


..............................................................................................................................................................................................................

SEPELIO A LA ANTIGUA
Se moría don Canuto de un fuerte ataque de Pulmonía y tanto que sólo duró tres días, siendo su deceso muy sentido en el vecindario.

Canuto Moran era casado con doña Perpetua, tenían seis hijos, tres hombres y tres mujeres, todos de colegio superior; era un hombre afable y bonachón pero de vez en cuando empinaba el codo y entonces lo veían llegar a su casa dando múltiples traspiés y tocando la puerta con voz aguardentosa. Una vez dentro se oían gritos y maldiciones sin fin, acalladas después por un silencio comprometedor, anuncio seguro de que el pobre Canuto, luego de un soberano reto, estaba durmiendo la mona y en paz con el mundo.

Al día siguiente todo era que salía a la calle y se volteaba a la ventana de su domicilio mandaba besos volados y palabras de cariño para disipar el ambiente pesado de la noche anterior y hacer creer al vecindario que no había pasado nada. Así eran las peleas de antaño, por lo menos, entre la clase media.

El duelo se presentaba triste pero por eso interesante, porque la viuda que jamás había sido perdonada por las viejas tías Moran, recibió el aviso de que ellas asistirían sin falta a eso de las diez de la noche a presenciar el velorio. Así es que habiendo buenos actores, no fallaría el espectáculo.

Las Moran ingresaron puntuales y erguidas, aunque viejas y feas, solteronas y relamidas; eran cuatro, Matildita la mayor había sido casada con un Capitán Mercante que le dio mala vida y viudez rápida y sin hijos, era la única que había gustado del "jimeneo" como se solía decir en el Guayaquil de antaño; porque las otras, las menores: Catita, Miquelita y Melchorita, por haber sido criadas entre faldas y detrás de las ventanas, vivían sobresaltadas y criticándolo todo, sin atreverse a gustar de las intranquilidades que produce el matrimonio. Así explicadas, se acercaron al difunto y cada una lo lloró por turno, haciendo aspavientos y mucha alharaca, contando a voces sus gracias infantiles, sus travesuras juveniles y llegando hasta el punto final, es decir, su "mal matrimonio" en donde cesaron las cuatro versiones de la misma historia.

Pero las Moran no se imaginaron que la viuda, tomando piola, también iba a contar su parte y con tanto relleno, que eran las dos de la mañana y aún seguía enterando al vecindario de una serie de detalles, algunos hasta medio plomos, que para qué les cuento.

Ya para entonces la mitad de la concurrencia había abandonado el velorio, no sin antes pedir al resto que recuerde todos los detalles para conocerlos después y los que quedaron habían entrado en grata confianza, formándose ruedos de behedores, cacheadores, naiperos, sonsoneteras (eran las que rezaban entre dientes las letanías y los rosarios) y chismosas, que hablando del difunto habían hecho recorrido por el resto de la población del barrio y qué digo, de la ciudad y hasta el país y así les dio las seis, que entonces llamaban el clarear del alba y todos se despidieron medios aturdidos y malanochados, para no regresar, pero otros volvieron atiborrados de café puro a eso de las once y pudieron acompañar hasta el cementerio.

¿Y no dejó hijos naturales? preguntaban las mas curiosas, ¿Cuánto debía el pobrecito? ¿Habría pagado la casa al seguro?” Estas preguntas eran de cajón siempre y nadie se asombraba de escucharlas, que para eso hizo Dios al mundo, para que se conozcan unos a otras y gocen con ellas, según versión libre del antiguo testamento que hiciera en feliz ocurrencia Don Alberto Reina, allá a principios de siglo y por eso fue llamado "Taumaturgo y Exégeta".

Los velorios de antaño eran oportunidades que brindaba la vida para entrar en confianza, conocer a los nuevos vecinos del barrio, romper ciertas barreras que de otra forma eran infranqueables y en fin, para llegar a un estado de igualdad social teniendo como tema central los detalles de las vidas del muerto y de sus deudos. Claro está que nunca faltaban los que habiendo querido al difunto, lo lloraban con todo corazón y menudeaban los desmayos femeninos y hasta hubo casos de preinfartos, pero esto era de adehala o excepción, que lo común era lo otro.

Al día siguiente misa con sermón y allí los padrecitos tenían que andar muy avispados para no meter la pata, preguntando si el finadito tenía solamente una familia y en caso contrario si la otra u otras también estaban presentes y si se llevaban entre sí, porqué ocurrieron pugnas y grescas motivadas por indiscreciones involuntarias nacidas del desconocimiento de cada situación hogareña.

En los velorios también se servían ciertas comidas a determinadas horas de la noche. El café puro con roscas y queso era infaltable, pero hubo ocasiones en que dueños de velorios mas sofisticados hasta brindaban buffets completos, como me ocurrió a mí en uno que no quiero mencionar, donde hubo desde pavo y ensalada hasta relleno y varios postres. Así si, decía un amigo mío, vale la pena asistir a esa clase de ceremonias familiares, que de otra manera resultan insulsas y hasta aburridas, a menos que seas chismoso y gustes de estar enterado de la vida ajena.