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RECORDANDO
A LOS VIEJOS
Ahora que estamos en el mes de Guayaquil
me decía el otro día un amigo ¿Por
qué no recuerdas a los viejos guayaquileños,
que bien se los merecen? Y tomándole la palabra
voy a hablar de algunos de ellos cuya memoria me será
siempre grata por los buenos momentos que pasamos
juntos. Quiero abrir la lista con Clemente Pino Ycaza,
personaje que por su sencillez y cordialidad hubiera
hecho las delicias de cualquier círculo intelectual
aunque su habitual modestia hacía que rehuyera
reuniones y saraos y más bien dedicaba sus
momentos de ocio a la investigación histórica
y genealógica de sus raíces, especialmente
de las colombianas, pues que era miembro de la Academia
de Historia de ese país.
En su villa esquinera del barrio del salado tenía
un altillo o segundo piso de proporciones gigantescas
y totalmente poblado de libros y recuerdos de familia.
Un gran retrato al óleo del ilustrísimo
Dr. José de Silva y Olave, Obispo de Huamanga
y tío abuelo de doña Rosa de Ycaza Silva,
mujer del poeta Olmedo, presidía el salón.
Este retrato había estado por muchos años
en un lugar de la antigua catedral de madera que se
destruyó por vieja en la década de los
años 30, de donde fue rescatado por doña
Isabel María Yerovi de Matheus, presidenta
del Comité de damas, que lo tuvo algunos años
hasta que se lo cedió a Clemente, por ser el
pariente que más interés demostraba
en el retrato. No conozco que exista otra efigie del
ilustre guayaquileño Silva y sería interesantísimo
que se pudiera obtener una copia de él.
Clemente acostumbraba acomodarse en una amplia hamaca
de mocora que colgaba de pared a pared y desde allí
conversaba de todos los tópicos posibles, dando
preferencia a los de ambientación histórica
y genealógica. Con Pío López
Lara, que tenía sangre colombiana y hasta descendía
del Bachiller don Matías Alvarez de Pino era
muy expansivo y no faltaban las reuniones mensuales
a las que en contadas ocasiones asistía yo
también.
Al revés de varios colegas que murieron sin
editar sus obras. Clemente publicó algunos
trabajos en España y entre ellos el más
importante fue una genealogía de los Pino Ycaza
que llegó a Guayaquil en separata de la revista
"Hidalguía". Entonces me llamó
y obsequió uno de los primeros ejemplares numerados,
diciéndome una sencilla pero afectuosa frase
que aún recuerdo. La obra es una apretada síntesis
de su incansable buscar en archivos y escribanías
sudamericanas, donde gastó tiempo, dinero y
energías. No se la puede calificar de literaria
porque su autor no se dio tiempo para naderías,
es una sucesión de documentos y fechas. ¿Se
quiere más?.
Otro conocedor de los asuntos de nuestra ciudad era
Genaro Cucalón Jiménez el popular "Coronel
Chivita" por la barba que usó toda su
vida. Más que comerciante era bombero, de los
últimos que quedaban en la urbe y tomaba tan
en serio su cometido que infaltablemente se reunía
con ellos cuando no ejercía de Jefe de Brigada
o de Coronel primer Jefe, como quien dice, para no
perder la costumbre.
Muy dado al servicio social y comunitario era miembro
de numerosas instituciones cívicas y entre
ellas del Comité pro monumento al General Alfaro,
de quien era un inveterado admirador y partidario.
Por otro lado Genaro había vivido los años
20 en todo su esplendor y sabía de gente viva
y muerta, sus detalles y anécdotas, relatándolos
con una facilidad tal que asombraba a sus interlocutores,
i Qué no sabía Genaro;
Otro conocedor de cosas viejas me relataba que en
esto se parecía muchísimo al Dr. Manuel
Tama y Vivero, de quien no se cansaba de decir que
era como la Biblia pues hasta sabía las cosas
de cada familia. Lamentablemente el Dr. Tama ya había
fallecido cuando yo me empecé a interesar en
el pasado, pero los que le habían conocido
y tratado hacían lenguas de él.
Del Dr. Alfonso Arzube y Villamil, a) Morrongo Arzube,
se decía también que era muy docto en
guayaquileñerías. Recuerdo muy por encima
que era más bien alto y corpulento y gesticulador,
rebosaba vida por sus poros y transmitía en
sus palabras y gestos muchísima confianza y
afabilidad. Su estudio estaba decorado con gran cantidad
de fotografías antiguas de parientes y amigos,
que parecían del siglo pasado por sus amarillentos
contornos. Allí figuraban los de Arzube Franco
y los Villamil Ycaza sus agnados y cognados y otros
parientes, damas de grandes faldas y caballeros de
pantalón tubo y chaleco a la pierna, nos miraban
desde sus fotografías a los que íbamos
a esperar que el doctor Morrongo nos atendiera y conversara,
y ahora que han pasado los años me pregunto
¿Cuánta paciencia habrá tenido
él para perder su tiempo hablando con un muchacho
como yo? que invariablemente le llegaba a importunar
y a sacar de sus asuntos jurídicos. Hoy le
doy gracias aunque tardías y tributo, mi reconocimiento
a su generosidad.
Pepe Venegas era flaquísimo y espigado, no
muy bajo que se diga y todo él rápido
y certero al punto que engañaba con su edad
pues murió de más de 80 años
y sólo aparentaba 60. No había fiesta,
convite, matrimonio, bautizo o entierro que no fuera
el primer invitado, no por su dinero que jamás
lo tuvo y hasta pasaba por pobre de solemnidad, sino
por su trato ameno y cumplidor, pues jamás
dejaba de cumplir con su esposa Angelita Josefina
Castro Tola, con quien se casó ya mayor, por
eso no tuvieron descendientes.
Pepito vivía en la casa de los Castro Tola,
esquina de Riobamba y Urdaneta si no me equivoco,
en un departamento bajo que tenía siempre arreglado
con antigüedades y recuerdos de familia. Su padre
había sido de la nobleza babieca, antigua,
tradicional y cerrada, la mejor de la cuenca del Guayas
y su madre Carmen Ramos y Moran de Butrón,
era hija de una de las Moran de Butrón Baquerizo
que habían tenido mucho dinero y rumbosidad,
pero que de tanto viajar y vivir en Lima se les había
acabado. Así pues, Pepito, desde muy joven,
había gozado de espléndidas relaciones.
El poeta Juan Eusebio Molestina y Matheus, en unos
de sus versos lo menciona diciendo que es “dulce
y parlero", buen hijo, encantador muchacho y
una promesa para la Patria. Lástima grande
que en su tiempo no se acostumbraban las grabadoras
para haberle tomado algunas conversaciones, verdaderas
lecciones de historia, pues Pepito tenía recuerdos
que comenzaban a finales del siglo pasado y eso que
cuando lo traté de cerca ya estábamos
por 1950. Si hasta había sido testigo en el
testamento de mi bisabuelo el Dr. Yépez en
1913.
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