TOMO IV
 
 
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TOMO II
TOMO III
     


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RECORDANDO A LOS VIEJOS
Ahora que estamos en el mes de Guayaquil me decía el otro día un amigo ¿Por qué no recuerdas a los viejos guayaquileños, que bien se los merecen? Y tomándole la palabra voy a hablar de algunos de ellos cuya memoria me será siempre grata por los buenos momentos que pasamos juntos. Quiero abrir la lista con Clemente Pino Ycaza, personaje que por su sencillez y cordialidad hubiera hecho las delicias de cualquier círculo intelectual aunque su habitual modestia hacía que rehuyera reuniones y saraos y más bien dedicaba sus momentos de ocio a la investigación histórica y genealógica de sus raíces, especialmente de las colombianas, pues que era miembro de la Academia de Historia de ese país.

En su villa esquinera del barrio del salado tenía un altillo o segundo piso de proporciones gigantescas y totalmente poblado de libros y recuerdos de familia. Un gran retrato al óleo del ilustrísimo Dr. José de Silva y Olave, Obispo de Huamanga y tío abuelo de doña Rosa de Ycaza Silva, mujer del poeta Olmedo, presidía el salón. Este retrato había estado por muchos años en un lugar de la antigua catedral de madera que se destruyó por vieja en la década de los años 30, de donde fue rescatado por doña Isabel María Yerovi de Matheus, presidenta del Comité de damas, que lo tuvo algunos años hasta que se lo cedió a Clemente, por ser el pariente que más interés demostraba en el retrato. No conozco que exista otra efigie del ilustre guayaquileño Silva y sería interesantísimo que se pudiera obtener una copia de él.

Clemente acostumbraba acomodarse en una amplia hamaca de mocora que colgaba de pared a pared y desde allí conversaba de todos los tópicos posibles, dando preferencia a los de ambientación histórica y genealógica. Con Pío López Lara, que tenía sangre colombiana y hasta descendía del Bachiller don Matías Alvarez de Pino era muy expansivo y no faltaban las reuniones mensuales a las que en contadas ocasiones asistía yo también.

Al revés de varios colegas que murieron sin editar sus obras. Clemente publicó algunos trabajos en España y entre ellos el más importante fue una genealogía de los Pino Ycaza que llegó a Guayaquil en separata de la revista "Hidalguía". Entonces me llamó y obsequió uno de los primeros ejemplares numerados, diciéndome una sencilla pero afectuosa frase que aún recuerdo. La obra es una apretada síntesis de su incansable buscar en archivos y escribanías sudamericanas, donde gastó tiempo, dinero y energías. No se la puede calificar de literaria porque su autor no se dio tiempo para naderías, es una sucesión de documentos y fechas. ¿Se quiere más?.

Otro conocedor de los asuntos de nuestra ciudad era Genaro Cucalón Jiménez el popular "Coronel Chivita" por la barba que usó toda su vida. Más que comerciante era bombero, de los últimos que quedaban en la urbe y tomaba tan en serio su cometido que infaltablemente se reunía con ellos cuando no ejercía de Jefe de Brigada o de Coronel primer Jefe, como quien dice, para no perder la costumbre.

Muy dado al servicio social y comunitario era miembro de numerosas instituciones cívicas y entre ellas del Comité pro monumento al General Alfaro, de quien era un inveterado admirador y partidario. Por otro lado Genaro había vivido los años 20 en todo su esplendor y sabía de gente viva y muerta, sus detalles y anécdotas, relatándolos con una facilidad tal que asombraba a sus interlocutores, i Qué no sabía Genaro;

Otro conocedor de cosas viejas me relataba que en esto se parecía muchísimo al Dr. Manuel Tama y Vivero, de quien no se cansaba de decir que era como la Biblia pues hasta sabía las cosas de cada familia. Lamentablemente el Dr. Tama ya había fallecido cuando yo me empecé a interesar en el pasado, pero los que le habían conocido y tratado hacían lenguas de él.

Del Dr. Alfonso Arzube y Villamil, a) Morrongo Arzube, se decía también que era muy docto en guayaquileñerías. Recuerdo muy por encima que era más bien alto y corpulento y gesticulador, rebosaba vida por sus poros y transmitía en sus palabras y gestos muchísima confianza y afabilidad. Su estudio estaba decorado con gran cantidad de fotografías antiguas de parientes y amigos, que parecían del siglo pasado por sus amarillentos contornos. Allí figuraban los de Arzube Franco y los Villamil Ycaza sus agnados y cognados y otros parientes, damas de grandes faldas y caballeros de pantalón tubo y chaleco a la pierna, nos miraban desde sus fotografías a los que íbamos a esperar que el doctor Morrongo nos atendiera y conversara, y ahora que han pasado los años me pregunto ¿Cuánta paciencia habrá tenido él para perder su tiempo hablando con un muchacho como yo? que invariablemente le llegaba a importunar y a sacar de sus asuntos jurídicos. Hoy le doy gracias aunque tardías y tributo, mi reconocimiento a su generosidad.

Pepe Venegas era flaquísimo y espigado, no muy bajo que se diga y todo él rápido y certero al punto que engañaba con su edad pues murió de más de 80 años y sólo aparentaba 60. No había fiesta, convite, matrimonio, bautizo o entierro que no fuera el primer invitado, no por su dinero que jamás lo tuvo y hasta pasaba por pobre de solemnidad, sino por su trato ameno y cumplidor, pues jamás dejaba de cumplir con su esposa Angelita Josefina Castro Tola, con quien se casó ya mayor, por eso no tuvieron descendientes.

Pepito vivía en la casa de los Castro Tola, esquina de Riobamba y Urdaneta si no me equivoco, en un departamento bajo que tenía siempre arreglado con antigüedades y recuerdos de familia. Su padre había sido de la nobleza babieca, antigua, tradicional y cerrada, la mejor de la cuenca del Guayas y su madre Carmen Ramos y Moran de Butrón, era hija de una de las Moran de Butrón Baquerizo que habían tenido mucho dinero y rumbosidad, pero que de tanto viajar y vivir en Lima se les había acabado. Así pues, Pepito, desde muy joven, había gozado de espléndidas relaciones. El poeta Juan Eusebio Molestina y Matheus, en unos de sus versos lo menciona diciendo que es “dulce y parlero", buen hijo, encantador muchacho y una promesa para la Patria. Lástima grande que en su tiempo no se acostumbraban las grabadoras para haberle tomado algunas conversaciones, verdaderas lecciones de historia, pues Pepito tenía recuerdos que comenzaban a finales del siglo pasado y eso que cuando lo traté de cerca ya estábamos por 1950. Si hasta había sido testigo en el testamento de mi bisabuelo el Dr. Yépez en 1913.