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Un epilogo
imaginario de Borges
PUERTO DE LUNA
"Aún no entiendo cómo burló
la vigilancia, pero, tratándose de un intruso
del futuro como aseguró ser, opté por
recibirlo. Me dijo que era escritor y que para ser
preciso en el motivo de la visita, no le interesaba
otra cosa que yo le epilogara un folletín de
historias escritas treinta años después.
Pensé para mis adentros; este pájaro
ha leído mi libro de los seres imaginarios
en el que describo a uno de su raza que no vuela para
adelante sino para atrás, porque no le interesa
el lugar donde va sino el lugar en el que ya ha estado,
y me puse en guardia. Le contesté amablemente
que en lo que a cultura se refiere yo iba por el año
cincuenta, que de no mediar su súbita presencia
mi asistente estaría en este mismo instante
leyéndome noticias sobre la guerra de Corea,
que por fin había terminado con la Segunda
y que lamentablemente no alcanzaba aún a comprenderla.
Argumentó mi visitante que él tampoco
y que no se movería del sitio mientras yo no
leyese sus originales que, prometió, eran cortos
y simples. Cuando pronunció la palabra "leyese"
se ruborizó como que recién reparara
en mi ceguera, entonces, mi silencio sonó a
recriminación, a imposibilidad. Empero, en
la súplica de su mirada, la misma que presentí,
había un destello y ordené la lectura".
Así se inicia el epílogo intemporal
que cierra el último libro de relatos de Carlos
Béjar Portilla y que parecería que hubiera
sido escrito en un ayer no tan lejano por Jorge Luis
Borges. De allí lo del visitante del futuro
y el juego de tiempos para expresar un presente que
se diluye misteriosamente en el pasado y el futuro
de otras dimensiones.
Carlos Béjar Portilla no es figura nueva en
el relato ecuatoriano, pues varios libros anteriores
lo han consagrado como poeta y escritor de temas tan
novedosos que según dice Hernán Rodríguez
Gástelo, anda "con treinta años
de adelanto en nuestras letras".
Yo conocí a Carlos en el Vicente Rocafuerte.
No podría precisar ni el día ni la hora
pero debió ser una mañana cualquiera
porque las clases terminaban a la una. Entonces acababa
él de salirse del Aguirre Abad porque le habían
dicho que el Vicente era mejor, según ha confesado
después, aunque en el fondo le picaba el bichito
trashumante que lo ha llevado por mundos y paisajes
distintos haciéndole prácticamente un
anacoreta.
Después regresó a su colegio y no nos
volvimos a ver sino en la Facultad de Jurisprudencia
donde ambos perdíamos tiempo mientras maduraban
nuestras verdaderas vocaciones, él tentó
literatura y yo la historia, algo así como
al acaso y por no tener otra cosa que hacer.
Carlos era sorprendente pues al mismo tiempo que dictaba
cartas para enviarlas a Richard Nixon quien jamás
se tomó el trabajo de responderlas, pescaba
cazones, los secaba al Sol de Posorja y vendía
en hermosas cajitas blancas que decían muy
sueltas del hueso que el producto contenido era legítimo
bacalao de Galápagos, que las gentes peleaban
en los supermercados, sobre todo para Semana Santa.
Después fabricó cremas humectantes para
la piel a base de miel de abejas, hizo hermosísimas
esculturas en plumafón y en otros materiales
no convencionales, pintó a lo Rendón
y Tábara y hasta instaló su estudio
profesional con tanto éxito económico
que al poco tiempo tenía más dinero
que todos sus compañeros juntos. De esta época
fue su tesis doctoral titulada "Las Sociedades
Anónimas" que mereció ser publicada
y se vendió enseguida.
Sin embargo tan cómodo porvenir agigantado
con una vocalía en la Cámara de Industrias,
no sirvió para torcer su camino y a finales
de los años 60 entró cargado de las
motivaciones psicológicas que promovía
la infame guerra de Viet Nam, convirtiéndose
en hippye, vendedor de joyas lindísimas que
él mismo fabricaba y hasta en gurú de
los innumerables mochileros que visitaban nuestra
urbe, .
Ya había dejado a un lado la dirección
del Colegio Británico y de una goleta —la
Mercedes Orgelina— con la que cruzó los
manglares muchos meses antes que los primeros camaroneros
construyeran piscinas, intimando con los Don Goyos
del salado y hasta se había topado varias veces
con la sombra patriarcal de ese personaje, desdibujada
en las aguas, en claras noches de luna. En cambio
vivía la placidez del campo en una finca de
Chongón bautizada "La envidia de la Comuna
de Casas Viejas" donde cultivaba tomates que
gigantescas hormigas rojas le disputaban y devoraban
con saña.
Un viaje a la India milenaria y estaciones en la Hostería
de los Marinos de Madrid y en la Mezquita de Melilla,
donde le recibió el Imán, le hicieron
más mundano.
Sus obras aparecían sucesivamente y así
salieron Samballah, Osa Mayor, Simón el Mago
y Tribu-Si, novela donde modestamente figuró
como "el anticuario".
Hoy Carlos ha vuelto por los campos de Montiel con
"Puerto de Luna", 12 relatos cortos y un
Epílogo Imaginario, que Pedro Jorge Vera reconoce
que Béjar ha tomado el espíritu y el
mensaje intemporal de Borges, calando en lo profundo
de esa mentalidad genial que acaba de dejarnos. Así,
un Béjar nuevo y renovado y al mismo tiempo
el mismo de siempre, presenta "Puerto de Luna"
para deleite y solaz de la selecta minoría
que en el Ecuador devora más que lee, libros
de literatura.
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