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PINTURA
ANTIEROTICA DE RENDON
A Manuel Rendón (París
1984 Vilavicosa 1980) aún no se lo ha comprendido
en su total magnitud pues fue de extraordinaria profundidad
en sus concepciones pictóricas, quizá
como ningún otro lo ha sido en nuestro país
en lo que va de este siglo.
Para Rendón pintar era un acto mágico
y de plenitud religiosa y cuando comenzaba una obra
no sabía ciertamente cómo la terminaría,
por eso dejaba a la mano de Dios que guiara la suya
en un lento pero moroso recorrido por la tela o cartulina
hasta lograr "la obra perfecta, acabada, rica
en matices, profunda en mensajes" Era un pintor
lento si se quiere, pero de eternidades.
En alguna ocasión que lo visité en San
Pablo me confesó: "Rodolfo, no sirvo para
vender y hasta me da vergüenza dar los precios.
Sé que no cobro caro, pero en mi casa y cuando
era niño jamás se hablaba de dinero
y nunca lo tuve porque no era costumbre darlo a los
niños, pues para eso estaba la educánda
inglesa que nos acompañaba al parque Monseau,
situado pocas cuadras de nuestro boulevard, donde
mis abuelos Rendón Pérez poseían
una hermosa casona y mi abuela Delfina, que también
era pintora en ratos de ocios, dibujó esa linda
niña vendedora de naranjas, cuadro que fuera
premiado con Medalla de Oro en la Exposición
Universal de París y que mi padre donó
al Museo Municipal de Guayaquil, donde aún
se encuentra. Por eso jamás he dado importancia
al dinero, ni siquiera cuando salí de la casa
de mis padres a pintar por mi cuenta en Montparnasse,
helándome en invierno y calentándome
en una bohadilla alquilada en verano, solamente por
seguir mi vocación; algo que llevaba dentro
desde mis primeros años, cuando me regaló
mi padre una caja de lápices de colores grande
y hermosa con la que pinté un caballito de
juguete que había en mi dormitorio, Mi hermano
Eduard también tenía mis inclinaciones,
pero después se dedicó a la Filosofía
y tiene escritas varias obras que no sé por
qué aún siguen inéditas en París".
"Mi papá era frugal en todo, solo nos
daba lo necesario, odiaba el derroche, pero nunca
nos faltó nada. Mi mayor orgullo todos los
años era entregar el 24 de diciembre a los
niños pobres del barrio, mis juguetes recibidos
el año anterior, enteramente nuevos por lo
bien que los habíamos cuidado y mi padre me
regalaba otros diferentes. Así sucedió
siempre en cada Navidad durante mi infancia y adolescencia
hasta que ingresé al colegio de secundaria.
Un día estábamos a la mesa y ya tenía
16 años, mi padre había conversado a
mi tío Aquiles Darnís, Coronel de Húsares
del Segundo Imperio en la batalla de Sedán,
que yo iba a ganarme la vida pintando. Mi tío,
justamente sorprendido, me preguntó: Dime Manuel
¿serás pintor? Sí Tío.
¿Y firmarás tus cuadros?. Claro tío
¡Qué horror! exclamó el pobre,
porque entonces se consideraba que pintar por afición
era un pasatiempo gracioso y elegante, pero pintar
por paga cosa diferente, digna solamente de artesanos,
no se le daba a los artistas la importancia que ahora
tienen. En Montparnase formé parte del grupo
de "La Horde" que trataba de abrirse campo
cambiando las formas clásicas de expresión
y al fin lo conseguimos pero a costa de mucho esfuerzo
y trabajo, exponiendo fuera de los salones oficiales
y recibiendo críticas supinas de personas que
ni nos comprendían, ni deseaban hacerlo. Era
que nuestra revolución no gustaba al principio,
a pesar que los personeros del ballet ruso de Montecarlo
aceptaban nuestras colaboraciones para decorados".
Posteriormente Rendón contrajo matrimonio y
se vino al Ecuador dos veces. La segunda, en 1937
a visitar a sus padres que estaban viejos, enfermos
y achacosos y aquí se quedó por la II
Guerra Mundial, regresando a Europa hacia 1946 a exponer
nuevamente en los principales salones y galerías.
De allí pasó a los Estados Unidos donde
obtuvo un éxito asombroso; que sin embargo,
ni le interesó ni supo aprovechar, imbuido
como estaba en sus ideas místicas de paz, hermandad
y amor, pero de todo esto que es por demás
conocido, hay una etapa, corta por cierto, de profundo
erotismo en la pintura de Rendón, que ha sido
poco estudiada.
Son sus cuadros de 1960 al 70, muy dúctiles
y sinuosos, como representando imágenes desdibujadas
en sombras y claroscuros, donde aparecen fetos, cordones
umbilicales, figuras femeninas o solamente parte de
ellas, falos, maternidades desnudas y manos implorantes,
pero ¿se puede concebir a estas figuras como
eróticas?. Ciertamente que no, porque el erotismo
es un sentimiento que forzosamente conduce a planos
sensuales y en cambio en estos cuadros, a pesar que
las figuras son desnudas y símbolos sexuales,
están concebidas con tal seriedad, adustez
y sobriedad, que más que sensuales son elaboraciones
místicas y mensajes al inconsciente. Es un
antierotismo propiamente hablando y para ellos tendríamos
que estudiar qué motivos impulsaron a Manuel
Rendón por este camino, qué mensajes
genéticos tenía su mente desde el nacimiento.
En fin, un estudio psicológico de su tiempo
y el mundo que le tocó vivir. Por otra parte
es innegable que su esposa Paulette, con quien siempre
estuvo muy unido y quizá hasta demasiado, influyó
notablemente con un humanismo tierno y muy femenino
que siempre la caracterizó, sobre los mensajes
pictóricos de Manuel. El no podía estar
sin ella y ella sin él y hubiera sido difícil
que Manuel dejara de sentir su influencia permanente
cuando pintaba sus cuadros antieróticos, que
coincidieron con sus 70 años, edad donde el
hombre piensa en la eternidad más que en las
cosas pasajeras y cotidianas.
Sin embargo a esta época llamó Manuel
"los orígenes" y bien pudo concebirla
como un escapismo nacido en su frustrada paternidad.
El siempre amó a los niños, era tierno
con ellos, paternal, los distinguía y obsequiaba
y pedía que se los llevaran. Ciertamente que
los necesitaba en su soledad acompañada de
San Pablo, sin luz eléctrica, agua potable
y sin vecinos con quien conversar. Solo Paulette,
la eterna imagen femenina, tan querida y retratada
en sus cuadros, le seguía siempre.
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