TOMO IV
 
 
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TOMO II
TOMO III
     


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PERVERSION DE LOS AÑOS 15 AL 20
En el Guayaquil de los años 15 al 20, los muebles de esterilla, tan cómodos y apropiados para nuestro caliginoso clima, daban paso al nuevo estilo llegado de Europa con el afrancesado nombre de "art nouveau", fuertemente influencia por el arte japonés, estilizado en sus líneas, repujado en los detalles, complejo, barroco, detallista.

La urbe se transportaba en carros urbanos tirados por mula. Los automóviles no llegaban ni a la docena y se vivía lenta y pausadamente. El poeta Medardo Ángel Silva dirigía la cultura citadina desde su mesa de escritorio de El Telégrafo y en los ratos de ocio tocaba el piano, charlaban alegremente con sus amigos y quizá hasta fumaba opio. Esto último, con mucha discreción.

Habían dos "casas desacreditadas" donde todos sabían que se fumaba. Las damas evitaban pasar por esas veredas malditas y un silencio cómplice de parte de las autoridades indicaba que el opio era un vicio permitido.

Por coincidencia estaban muy cerca la una de la otra. Una era de juegos y al mismo tiempo fumadero. Su dueño, un reportero de El Telégrafo y estaba en Escobedo entre Aguirre y Ballen frente a la fonda de Fanchong, chifa asqueroso pero muy concurrido donde la gente se amanecía charlando sin prisa, se servían los mejores chaulas (arroz chaula se decía entonces a los modernos chau-lau-fán).

En los altos se recostaban los jóvenes literatos y no literatos en cómodos sofás, quitándose los zapatos y las polainas y enfundando sus pies en chinelas de raso bordadas en hilos de seda. Igualmente se desabrochaban las americanas y los chalecos, se aflojaban los nudos de las corbatas y hasta se quitaban los tiesos y almidonados cuellos y puños postizos de la camisa. Así en confianza, como en casa adentro cubrían con largos kaflanes de seda finísima de la China para dar mas ambiente. Entonces sí, con deleite exquisito, aquellos jóvenes decadentistas tomaban las largas pipas y fumaban hasta envolverse en el humo denso y secreto que provocaba deleitaciones. Humo sagrado de los Dioses que podía alucinarlos hasta por seis horas. Ellos eran conocidos en la urbe, por sus pálidas y amarillentas caras, sus andares sosegados, sus miradas perdidas ...

La otra casa fumadero estaba en Boyacá y Ballen casi a la vuelta de la anterior. En su planta baja vivían unas jovencitas coquetas, mientras arriba se fumaba con la complicidad de una puertecita secreta que comunicaba ambos pisos. En este ambiente decadente soñaban y morían los degenerados, aquellos de quienes el poeta dijo: Nosotros somos los trasumantes —los trasumantes de la pasión— —ved nuestras vagas huellas errantes— -y en nuestras manos febricitantes— rojas piltrafas de corazón (1).

A veces, pero no siempre, se sumaban otros cáfilas de distinto género, los Pirófanos que acostumbraban "turbarse o enervarse" bebiendo en finísimos vasitos de cristal tallado, de confección francesa y de la acreditada casa de Saint Louis, una mezcla de aguardiente purísimo de Loja con una pastilla de éter que incendiaban con un fósforo. El residuo de esta combustión era un brebaje casi venenoso que se tomaba a sorbitos.

Entonces componían sus versos y cánticos, sus himnos a las Diosas, como nunca antes lo hubieran podido hacer, aunque en verdad esas producciones eran ininteligibles y es que estaban plutos, como ahora se dice. En esa casa además había un cuarto especial para los iniciados, pintado íntegramente de negro, donde la pirofanía alcanzaba los más altos índices de perdición en orgiásticas sesiones.

Pero no se crea que todo era malo y perdido en ese Guayaquil no tan lejano. Existían otros centros igualmente de gente alegre, donde se divertía sanamente la burguesía guayaquileña en cortesanas reuniones del agrado de esos tiempos Victorianos. El maestro Fermín Silva de la Torre por ejemplo, violinista consumado que tocaba en los cines para acompañar a las películas menudas, era director del Centro Musical "Sucre", ubicado en Aguirre entre Boyacá y Chanduy, donde una orquesta de músicos criollos alegraba el ambiente con valses y pasillos que la concurrencia bailaba y coreaba; era de ver a Manuel Mestanza y Alava curco y maltrecho, pero músico de alma, cómo tocaba al piano y la gente lo alentaba al grito de "Viva Chinchorro Mestanza".

Por entonces se comenzaron los trabajos de la plaza del Centenario y llegó la Columna por piezas, de España. El desembarco de los bultos fue con grúa y su traslado un acontecimiento y fiesta mayor. El intendente Enrique Baquerizo Moreno hizo colocar a los caballos sujetos por hombres desnudos, que simbolizaban la fuerza y el movimiento, justamente del lado de la calle Santa Elena, para fregar a su amigo don Pepe Barona, con quien tenía una pica de antaño. Don Pepe vivía frente a la actual zona militar, que entonces se estaba construyendo como casa de don Rogelio Benítez Icaza, Gerente del Banco Comercial y Agrícola y parece que era muy pacato y no gustaba de tener hombres desnudos frente a sus ventanas, aunque estos fueron de bronce. Dicen que se amoscó y fue a protestar, pero ya estaban puestos.

Muchas señoritas dejaron de pasar por el sitio en más de cinco años, hasta que se les fue la vergüenza de poquito a poco y ahora ya nadie se preocupa de ellos.

(1) Porfirio Barba Jacob, colombiano.