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PERVERSION
DE LOS AÑOS 15 AL 20
En el Guayaquil de los años
15 al 20, los muebles de esterilla, tan cómodos
y apropiados para nuestro caliginoso clima, daban
paso al nuevo estilo llegado de Europa con el afrancesado
nombre de "art nouveau", fuertemente influencia
por el arte japonés, estilizado en sus líneas,
repujado en los detalles, complejo, barroco, detallista.
La urbe se transportaba en carros urbanos tirados
por mula. Los automóviles no llegaban ni a
la docena y se vivía lenta y pausadamente.
El poeta Medardo Ángel Silva dirigía
la cultura citadina desde su mesa de escritorio de
El Telégrafo y en los ratos de ocio tocaba
el piano, charlaban alegremente con sus amigos y quizá
hasta fumaba opio. Esto último, con mucha discreción.
Habían dos "casas desacreditadas"
donde todos sabían que se fumaba. Las damas
evitaban pasar por esas veredas malditas y un silencio
cómplice de parte de las autoridades indicaba
que el opio era un vicio permitido.
Por coincidencia estaban muy cerca la una de la otra.
Una era de juegos y al mismo tiempo fumadero. Su dueño,
un reportero de El Telégrafo y estaba en Escobedo
entre Aguirre y Ballen frente a la fonda de Fanchong,
chifa asqueroso pero muy concurrido donde la gente
se amanecía charlando sin prisa, se servían
los mejores chaulas (arroz chaula se decía
entonces a los modernos chau-lau-fán).
En los altos se recostaban los jóvenes literatos
y no literatos en cómodos sofás, quitándose
los zapatos y las polainas y enfundando sus pies en
chinelas de raso bordadas en hilos de seda. Igualmente
se desabrochaban las americanas y los chalecos, se
aflojaban los nudos de las corbatas y hasta se quitaban
los tiesos y almidonados cuellos y puños postizos
de la camisa. Así en confianza, como en casa
adentro cubrían con largos kaflanes de seda
finísima de la China para dar mas ambiente.
Entonces sí, con deleite exquisito, aquellos
jóvenes decadentistas tomaban las largas pipas
y fumaban hasta envolverse en el humo denso y secreto
que provocaba deleitaciones. Humo sagrado de los Dioses
que podía alucinarlos hasta por seis horas.
Ellos eran conocidos en la urbe, por sus pálidas
y amarillentas caras, sus andares sosegados, sus miradas
perdidas ...
La otra casa fumadero estaba en Boyacá y Ballen
casi a la vuelta de la anterior. En su planta baja
vivían unas jovencitas coquetas, mientras arriba
se fumaba con la complicidad de una puertecita secreta
que comunicaba ambos pisos. En este ambiente decadente
soñaban y morían los degenerados, aquellos
de quienes el poeta dijo: Nosotros somos los trasumantes
—los trasumantes de la pasión—
—ved nuestras vagas huellas errantes—
-y en nuestras manos febricitantes— rojas piltrafas
de corazón (1).
A veces, pero no siempre, se sumaban otros cáfilas
de distinto género, los Pirófanos que
acostumbraban "turbarse o enervarse" bebiendo
en finísimos vasitos de cristal tallado, de
confección francesa y de la acreditada casa
de Saint Louis, una mezcla de aguardiente purísimo
de Loja con una pastilla de éter que incendiaban
con un fósforo. El residuo de esta combustión
era un brebaje casi venenoso que se tomaba a sorbitos.
Entonces componían sus versos y cánticos,
sus himnos a las Diosas, como nunca antes lo hubieran
podido hacer, aunque en verdad esas producciones eran
ininteligibles y es que estaban plutos, como ahora
se dice. En esa casa además había un
cuarto especial para los iniciados, pintado íntegramente
de negro, donde la pirofanía alcanzaba los
más altos índices de perdición
en orgiásticas sesiones.
Pero no se crea que todo era malo y perdido en ese
Guayaquil no tan lejano. Existían otros centros
igualmente de gente alegre, donde se divertía
sanamente la burguesía guayaquileña
en cortesanas reuniones del agrado de esos tiempos
Victorianos. El maestro Fermín Silva de la
Torre por ejemplo, violinista consumado que tocaba
en los cines para acompañar a las películas
menudas, era director del Centro Musical "Sucre",
ubicado en Aguirre entre Boyacá y Chanduy,
donde una orquesta de músicos criollos alegraba
el ambiente con valses y pasillos que la concurrencia
bailaba y coreaba; era de ver a Manuel Mestanza y
Alava curco y maltrecho, pero músico de alma,
cómo tocaba al piano y la gente lo alentaba
al grito de "Viva Chinchorro Mestanza".
Por entonces se comenzaron los trabajos de la plaza
del Centenario y llegó la Columna por piezas,
de España. El desembarco de los bultos fue
con grúa y su traslado un acontecimiento y
fiesta mayor. El intendente Enrique Baquerizo Moreno
hizo colocar a los caballos sujetos por hombres desnudos,
que simbolizaban la fuerza y el movimiento, justamente
del lado de la calle Santa Elena, para fregar a su
amigo don Pepe Barona, con quien tenía una
pica de antaño. Don Pepe vivía frente
a la actual zona militar, que entonces se estaba construyendo
como casa de don Rogelio Benítez Icaza, Gerente
del Banco Comercial y Agrícola y parece que
era muy pacato y no gustaba de tener hombres desnudos
frente a sus ventanas, aunque estos fueron de bronce.
Dicen que se amoscó y fue a protestar, pero
ya estaban puestos.
Muchas señoritas dejaron de pasar por el sitio
en más de cinco años, hasta que se les
fue la vergüenza de poquito a poco y ahora ya
nadie se preocupa de ellos.
(1) Porfirio Barba Jacob, colombiano.
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