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PERROS YUCHOS O CHINOS
A comienzos de los años 40 yo era un curioso muchacho que gustaba asomarse a las ventanas y claramente recuerdo a los "perros yuchos", famosos por ser de raza lampiña sin un solo pelo en el cuerpo y no es que adolecieran de sama o de otra enfermedad a la piel, sino que nacían sin ellos. ¿Qué se habrán hecho estos perros tan criollos, únicos autóctonos del Ecuador y de color gris? Ya no se los ve "ni en pelea de perros", modismo con el que se mencionaban las reuniones de canes, que trenzados en peleas a dentelladas, alborotaban el cotarro citadino con sus ladridos y aullidos (1)

(l)Esta crónica fue publicada en Expreso el lunes 23 de noviembre de 1983 y desde entonces comencé a buscarlos en los campos de la sierra, tratando de encontrar siquiera un perro jucho y tanto me dediqué a ello que en mi viaje al Perú en Abril de 1987 también busqué y al fin hallé un ejemplar en el balneario de PUCUSANA.

Era una hembrita Yucha legítima y finísima pues tenía doble copete, uno en la cabeza y otro en el rabito. Lindísima para mi gusto, aunque toda ella pelada y de piel color gris con pequeñas manchas rosáceas que le daban la desagradable apariencia de sarnosa.

Estudiada con mucho detenimiento y durante más de una hora, comprobé que estaba sanísima aunque no tenía dueño, pues dormía en la iglesia y comía lo que le daban en un kiosko, que era muy popular por su mansedumbre habitual (un perro jucho jamás ladra, simplemente no puede hacerlo) y reconocía cuando le gritaban o decían: "China".

Su estatura como la de un Chihuagua o algo mayor y muy parecida a un Chihuagua de cara y cuerpo. Delgadita y con sus orejitas en punta. Hocico alargado y grandes ojos negros de expresión habitualmente triste. [Un encanto de perrita! ¿Qué hacer?. Me la ofrecieron en venta en 30 intis o sea en la insignificancia de un dólar y me

Entonces habían más gatos que ahora y tenían la particularidad de ser anaranjados con listas cafés y blancas; si hasta parecían pequeños tigres esos "gatos romanos", que preferían los alfeizares de las ventanas de los departamentos bajos, que no tenían rejas y solo se protegían con persianas de madera y pequeños pestillos. Molestar a esos señorones gatos era la mayor gracia de los chicuelos de entonces, que los sobaban, tiraban de sus rabos y hasta les doblaban las orejas hacia adelante —cosa que siempre les ha causado grave disgusto porque parece que las tienen muy delicadas. Otros muchachos, los más malos, saliendo del colegio San José de los Hermanos Cristianos, a los gatos que pillaban dormidos los despertaban con un reglazo en el lomo, sobresaltándose los regalones con el golpe. Ellos, que vivían dormitando, entre mimos y atenciones de sus dueñas, volvían del sueño con dolor y susto.

Dijeron que antiguamente se tenía la creencia que su carne era buena para curar el reumatismo. Yo ya lo sabía y el origen de este absurdo radica en que los perros no tienen poros en la piel, transpiran por la lengua y se acondicionan al frío o al calor naturalmente; y como el reumatismo se agrava con el frío, a alguien se le debió ocurrir el absurdo de que comiendo perros se podría adquirir esa virtud – de calentarse- y dominar el reumatismo.

Al final me hice querer de "China" que era una cachorrita juguetona y mucha pena me dio alejarme de ella pues no la podía traer en avión al Ecuador. Hoy que escribo esta nota copio lo siguiente, estractado de los procesos de beatificación de Mariana de Jesús: "Dos perrillos sin pelo como estos de China, ladrando y jugando y que Mariana los cogía y ataba a un madero, sin miedo".

Concluyo que los perros yuchos o sin pelo, que esto significa en quechua, también eran llamados Perros de China, de donde debió originarse el nombre de la perrita peruana.

Estos perros son de la China pensaron los conquistadores españoles cuando los encontraron en América sin imaginarse que eran oriundos de aquí.

Hoy los gatos romanos y perros yuchos están en vías de extinción, si hasta casi han desaparecido. Ahora se ven perros lobos, pekineses, coker y otras razas nuevas, a la cual más rara y antojadiza, pero todas de pedigree. También están desapareciendo los "perros cholos o de la Península", grandes, flacos y costilludos, de color crema o amarillo claro, de patas largas y prolongados hocicos, finos en sus lejanos orígenes por descender de los "Galgos" y "Podencos" que llegaron de España con los conquistadores como perros de pelea, para que muerdan y despedacen a los indios, de donde se originó el término de "indio aperreado" y la voz "aperréalo", orden que les daba para atacar.

En ese Guayaquil también había numerosas "Refresquerías" casi una en cada esquina, que vendían raspados de hielo en vasos de cristal llenos de esencias de muchísimos sabores y colores. Las había de crema de leche, de coco, de menta, de piña, de tamarindo, de rosa, de naranja y muchas más. También vendían hielo prensado y coloreado. El prensado más conocido era de dos colores, amarillo arriba y rojo abajo, de piña o rosa, bautizados "pus con sangre" nombre que aún se repite en los pueblos: ¡Déme un pus con sangre!

Años después las refresquerías dieron paso en el centro de la urbe a las "Resbaladeras", una de las cuales subsistió hasta hace poco al pie de la bomba "Salamandra", vendiendo jugos y ensaladas de frutas, la popular "chi cha de morocho" y la "resbaladera o fresco de badea" que se preparaba con una badea madurita, sacada del patio trasero de cualquier casa guayaquileña, donde crecían silvestres y formando enredaderas. Se pelaba la pulpa y cortaba en trocitos y con las pepas, que tenían un cierto bagazo, se mezclaban jugos y frutas. La combinación no podía ser más excelente: gustaba, refrescaba, llenaba y no costaba mucho. ¡Todo en uno!.

"Tirar pescuezo en la esquina", era otra costumbre que se ha perdido desde la popularización de los teléfonos. El muchacho se paraba detrás de un estante o en el zaguán del frente de la casa donde vivía la chica de su preferencia. En este deporte gastaba horas y hasta semanas, hasta que ella se percataba del pescuezudo que la miraba con insistencia. Si el galán era de su agrado se quedaba en la ventana, caso contrario, se perdía por algún tiempo, para que él comprenda.

Luego el joven se atrevía a pasar por el portal y muy ceremoniosamente se sacaba el sombrero en señal de salud. Estas pasadas se repetían otras dos semanas, a la misma hora, casi siempre entre las cinco y seis de la tarde, la más propicia para el romance criollo. En una de ellas, se detenía el caminante a preguntar por la salud de la mamacita de la niña a la que suponía enferma- roto el hielo, comenzaban las conversaciones y hasta un respetuoso sereno con guitarras y valsecitos criollos y con tal motivo hablaban bobería y media.

Al llegar el santo de ella, claro está, invitaban al galán. ¡En fin de cuentas, ya eran amigos! ¡El asistía perfumado y engominado, con ramo de flores y un regalo, saludaba a los padres, era presentado a los parientes y trataba de hacerse simpático a como diera lugar —ahora o nunca— y si causaba buena impresión, hasta pedía autorización para regresar como amigo nomás, para conocerse mejor y así con lentitud y parsimonia salían magníficos romances, matrimonios largos y felices familias, que comenzaban con un inocentísimo "tirar pescuezo en la esquina".