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NUEVAS
FRONTERAS DE NUESTRA NARRATIVA
La novela romántica se inició
en el Ecuador con Miguel Riofrío autor de "La
Emancipada" y triunfó con Juan León
Mera en "Cumandá". Mera fue polifacético
y tanteó otros caminos en "Novelitas Ecuatorianas"
para desembocar finalmente en el género costumbrista
con "Cantares del Pueblo Ecuatoriano", donde
también brillaron José Modesto Espinosa
y José Antonio Campos, a) Jack the Ripper;
Campos es el maestro insuperable del léxico
montubio y conocedor como nadie del alma de la gente
del agro, al punto que Francisco Huerta Rendón
le calificó de "Abuelo espiritual de la
novela vernácula ecuatoriana" y Hernán
Rodríguez Castelo ha señalado que los
giros y logros lingüísticos de Campos
superan siquiera diez veces en cantidad a los usados
por el grupo de Guayaquil de los años 30.
Pero el género costumbrista tenía que
hacerse más denso y profundizar en la creación
de personajes autónomos, diferentes al modelo
presentado por Campos. A esto se dedicaron José
de la Cuadra, Joaquín Gallegos Lara, Demetrio
Aguilera Malta, Enrique Gil Gilbert y Alfredo Pareja
Diez-Canseco quienes mantuvieron una línea
de alta calidad compartiéndola con Jorge Ycaza,
Pedro Jorge Vera, Adalberto Ortiz y Ángel Felicísimo
Rojas para solo citar unos cuantos nombres.
Generacionalmente junto a ellos surgió en Loja
y fructificó en Quito Pablo Palacio , que siempre
fue género aparte por su peculiarismo. El inauguró
una narrativa desconcertange, a lo Kafka, mezcla de
contradicciones y vivencias de personajes tomados
de los más bajos y torcidos ambientes, que
sienten y piensan con una absoluta mediocridad y al
final se destruyen, no sin antes hacerse simpáticos
y aceptables, a pesar de su esperpento, a fuerza de
ser conocidos hasta en sus más recónditas
intimidades. ¡Nadie como Palacio ha manejado
el absurdo y la ruindad humana con tanto acierto y
profundidad!.
Así pues, el siglo XX puede llamarse el de
los grandes narradores por Jorge Ycaza que hizo del
indio una horrible caricatura para provocar la cólera
nacional y despertar las conciencias dormidas, su
"Huasipungo" es obra maestra. Enrique Gil
presentó al montubio de los arrozales en "Nuestro
Pan". Aguilera Malta al cholo del delta del Golfo
de Guayaquil en "Don Goyo". José
de la Cuadra y Gallegos Lara se repartieron al habitante
del suburbio y escribieron cuentos perfectos como
"Washington" y la novela "Cruces sobre
el agua", respectivamente. Adalberto Ortiz incorporó
al negro esmeraldeno y adelantó en "Jugungo"
nuevos sones y ritmos de negritud a lo Sengal. El
maestro de la perfección Ángel Felicísimo
Rojas creó una obra inmortal en "El Éxodo
de Yangana". Pedro Jorge Vera intelectualizó
su novela "Los animales puros" retratando
a los universitarios tan perfectamente que cada promoción
puede verse en ella y Alfredo Pareja, se ha movido
sutil y desenfadadamente a través de su vasta
obra hasta llegar a las nuevas tendencias, es pues,
el "Matusalem de nuestras letras".
Sin embargo en la década de los años
70 y 80 la literatura perdió interés
en el hombre y su entorno y en perseguir la descripción
de la naturaleza o trazar las diferenciaciones psicológicas
de los personajes, tampoco aspiró a animar
las cosas como ambicionaban los escritores postmodemists.
Se estiló hacer literatura onírica,
relatar estados patológicos que bordeaban la
locura, escudriñar en el subconsciente, escapar
a otras dimensiones, abrir el cosmos, relatar experiencias
paranaturales hasta redundir la realidad y el misterio
en una vivencia difícil de interpretar. A esto
se ha denominado "Realismo Mágico"
y formó el boom literario hispanoamericano
que acaba de obtener su mayor éxito con el
premio Nobel de Literatura para Gabriel García
Márquez, célebre autor colombiano de
"Cien años de Soledad" y otras novelas
de no menor éxito.
Los temas tratados en el "boom" no son nuevos
ni tampoco la forma usada para referirlos. Las sagas
o gestas familiares fueron contadas desde siempre.
En el Ecuador lo hizo Aguilera Malta en "Los
Sangurimas". Este autor se adelantó en
tres años a "Cien Años de Soledad"
con su "Siete Lunas y siete serpientes"
pero como la literatura ecuatoriana es casi desconocida
fuera de nuestra Patria, no por malicia sino por la
pobreza de sus ediciones, "Siete Lunas y siete
serpientes" no ocasionó el impacto que
merecía.
Y tal es nuestra pobreza editorial que algunas obras
siguen inéditas a pesar de haberse escrito
hace mucho, otras acaban de aparecer como "Los
Guandos", que fue comenzada por Joaquín
Gallegos Lara y la terminó Nela Martínez.
Falta el Ministerio de la Cultura y dinamizar a las
imprentas de los Núcleos provinciales de la
Casa de la Cultura, que no cuentan con dinero para
publicaciones.
La cultura debe ser considerada un bien general para
todos y no sólo para una elite como sucede
ahora. Cuando esto ocurra tendremos más escritores
y constaremos en el boom literario de hispanoamérica,
que está condenado a terminar o por lo menos
a cambiar de formas de extensión y de objetivos.
Mientras tanto nuestros escritores deberán
ceñirse a sus lineamientos. Pareja y Aguilera
Malta así lo comprendieron y se ajustaron a
él. Dentro de la narrativa joven han surgido
escritores como Carlos Béjar Portilla autor
de "Simón el Mago", "Sambala",
"Osa Mayor" y "Tribu sí"
que obtuvo el segundo premio en el Concurso Mundial
organizado por la Editorial Seix Barral. Alicia Yánez
Cossío publicó "Bruna, soroche
y las tías" y Nicolás Kingman Riofrío
acaba de sorprendemos con "Dioses, superhombres
y extraterrestres". Obras escritas dentro de
un estilo nuevo y por lo tanto, fijadoras de hitos
en la novísima frontera de la narrativa ecuatoriana.
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