TOMO IV
 
 
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TOMO II
TOMO III
     


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NO LE GUSTABA MOLESTAR
Cuando llegó a Guayaquil la noticia de que el Obispo de Ibarra, monseñor César Antonio Mosquera Corral, había sido designado para ocupar esta Diócesis, muchas personas se preguntaron quién sería el nuevo Mitrado que reemplazaría al sabio sacerdote e historiador riobambeño Dr. José Félix Heredia, que acababa de fallecer.

Pronto salieron de las dudas, el nuevo Obispo más parecía un artista de Hollywood que otra cosa, pero comenzó a ganarse los corazones de los guayaquileños con su fino trato, su don de gente y un algo de santidad que emanaba de su persona, de sus gestos, de su tranquila y risueña faz; siempre servicial, bondadoso y hasta humilde, monseñor César Antonio se metió al bolsillo hasta a los más radicales y recalcitrantes alfaristas que aún quedaban en nuestro puerto como rezago de viejas épocas de pasiones anticlericales.

Y así fue siempre y pasó por entre nosotros sin despertar malicias ni comentarios, haciendo el bien a cuantos podía y sufrió al final, con una enfermedad varicosa y dolorosa que le impedía permanecer mucho tiempo sentado o de pie, con hincadas y soflamas de las rodillas para abajo.

Entonces se dijo que sufría de la misma enfermedad que había llevado a la tumba al recordado rey Jorge VI de Inglaterra, y muchas beatas lugareñas hasta se alegraron que su Arzobispo tuviera enfermedad tan distinguida, sin reparar que estaban pecando por orgullosa vanidad.

"Don Chenche", cómo fue apodado por el vulgo que también lo quería a don César Antonio Mosquera, que para nuestro cuento viene a ser lo mismo, era en su casa un verdadero padre para sus numerosos hermanos, hermanas y sobrinos, que lo respetaban a rabiar. Todos formaban una grande y virtuosa familia donde se rezaba el rosario, las novenas y no se desperdiciaba hora del día sin que un agencioso trajín doméstico los mantuviera en perpetua ocupación. ¡Visitar el Palacio era adentrarse en épocas pasadas y contemplar a una familia Patriarcal!..

El Palacio quedaba frente al Parque Seminario y a un costado de la Catedral. Antiguamente había sido el rumboso hogar de los esposos Ignacio Peña y León, del rico señorío vinceño (hermano del poeta y diplomático Lorenzo Rufo Peña que nos representó en Bolivia) y de su esposa doña Dolores Irazabal y Vivero y todavía se observan los hermosos retratos al óleo, de tres cuartos de cuerpo, donde campean las efigies de tan generosos donantes del Palacio, que para la época del arzobispo Mosquera era una casona en ruinas, sucia y destartalada, que merecía ser demolida o remozada por insegura y falta de comodidad..

Tan insegura estaba que cuando en 1963 se realizó en su interior la ceremonia de investidura del Dr. José María Ala-Vedra y Tama, como Caballero Comendador de la Orden Equestre y pontificia del Santo Sepulcro de Jerusalén, con sonados invitados, hubo que apuntalar el edificio con numerosas cañitas para evitar que se cayera con el peso de la concurrencia y eso que algunos, al ver las cañas prefirieron quedar fuera, en espera de que pudiera pasar lo peor.

Así pues, se ordenó su demolición, pero hubo que esperar que un. nuevo Palacio estuviere terminado a un costado de la Catedral, para la calle Clemente Bailen, donde actualmente se encuentra, porque el Arzobispo y su familia no podían pasar por la vergüenza de ir a habitar por allí nomás o a algún hotel. Y aquí viene mi cuento.

Cuando fue de pasar al Arzobispo, las damas de la Sociedad de Beneficencia de Señoras o de alguna otra institución, que en esto no estoy muy seguro, decidieron comprarle nuevo mobiliario y ropa blanca porque suponían que eso era necesario. Nueva casa, todo nuevo. Un Huasipichay como dicen en la Sierra cuando hacen fiesta por cambio de domicilio.

Y aquí ardió Troya, porque las buenas señoras comprobaron que el Arzobispo no tenía sábanas, porque las poquitas que encontraron tenían huecos tan grandes que el pobre había venido durmiendo directamente sobre el colchón de lana. Que el Arzobispo no tenía cubiertos, porque los poquitos que quedaban estaban rotos o en mal estado, que no tenía toallas, que no tenía ni siquiera ropa interior, porque todo era escaso y raído por el uso y surgieron las preguntas y vino la respuesta. ¡Soy pobrecito y no me gusta molestar pidiendo a la gente!.

Una dama muy moderna dizque dijo: ¡Oh este Arzobispo es un tonto o un santo! La pregunta, por supuesto, quedó en el ambiente y yo solo presento el caso para que los lectores den su opinión.