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NIÑAS
MALAS
Esto de la prostitución que
dicen que es el oficio más antiguo del mundo
podría ser tratado en una crónica muy
extensa del Guayaquil del ayer, pero como la ética
periodística vela ciertos detalles, daremos
solamente una idea como quien dice a vuelo de pájaro,
bien entendido que el tema forma parte de nuestra
historia lugareña y no debe ser pasado por
alto.
Miguel Valverde cuenta en sus "Anécdotas
de mi vida" que cuando él era joven (1875)
habían señoritas del bajo pueblo que
se dedicaban a ese oficio. Una de ellas fue contagiada
con el treponema pálido y a su vez lo pasó
a numerosos caballeros de la localidad, que por eso
eran conocidos con el remoquete de "Los Caballeros
Cruzados". Todos tuvieron mal fin, unos antes
y otros después, locos o paralíticos.
Triste historia ésta, pero verdadera.
Entonces no se acostumbraban en las casas de citas
como hubo después, que cada quien ejercía
su oficio como podía, ni habían barrios
de tolerancia. Esta costumbre recién llegó
con los años 30 cuando un Intendente colocó
a las "niñas malas" en la calle Machala
y allí se estuvieron por muchos años,
creo que hasta el 60, cuando las trasladaron a la
Calle Dieciocho.
Hacia el 40 un Intendente Rendón les fue a
quemar los colchones con grandes aspavientos y haciendo
gala de un despliegue de fuerzas porque había
podido comprobar que estaban infectados de bichos
tales como chinches, pulgas y ladillas. No había
otra medida higiénica; que la sanidad aún
andaba en soletas y no realizaba el control periódico
que se hizo rutinario años después.
La medicina también estaba comenzando y las
enfermedades venéreas eran consideradas vergonzosas,
de allí es que numerosos pacientes se aguantaban
hasta el final y otros concurrían a tratarse
en horas convenientes, para que nadie los viera entrar
o salir de tal o cual consultorio.
Los tratamientos eran diabólicos. Las blenorragias
se mejoraban y con suerte hasta se extinguían
después de más de un mes de lavados
uretrales con sustancias ácidas que producían
ardores y quemaduras y a veces hasta daño permanente
en la vejiga.
Las enfermedades prostáticas tuvieron tres
etapas de curaciones. A fines del siglo pasado se
quemaba la próstata con ácidos hasta
volverla inocua. Luego hacía 1920 se las empezó
a extirpar mediante complicadas operaciones que dejaban
grandes cicatrices, ahora todo se ha simplificado
con ganchos quirúrgicos, que sirven para extraerlas
por la uretra sin necesidad de abrir al paciente.
La sífilis fue desde los comienzos de la conquista
un azote en América, no porque tuviese la intensidad
que cobró en la Europa renacentista sino porque
era incurable a pesar de las medicinas milagrosas
que se administraban. Los Cronistas de Indias la confundieron
con otras dolencias por sus parecidas características
y decían sifilíticos a cualquier leproso,
elefanciaco, buboso o enfermo de la piel.
Guayaquil gozó en este sentido de gran fama
como sitio de reposo y curaciones, puesto que en las
peñas de su río crecía en forma
silvestre la zarzaparrilla, que cocida en agua producía
un líquido rojo y amargo, excelente como depurativo
de la sangre. Tomar zarzaparrilla era bueno antes
y ahora para curar granos y acné, para tonificar
el organismo, lavarlo y quitarle sus impurezas pero
nada más. Entonces se creía que la zarzaparrilla
curaba todo.
En las Cartas de García Moreno publicadas hace
algunos años hay muchos pedidos de zarzaparrilla
que le hacían parientes y amigas de Quito para
mejorar la piel y se nota que su comercio era intenso
dada la gran demanda que tenía el producto
en el país.
En la antigua Villa del Villar don Pardo (Riobamba)
ocurrió el hecho de que un holandés,
a quien le achacaban estar sifilítico, se vino
a Guayaquil y curó de sus dolencias, regresando
después a la sierra donde vivió en paz
y por muchos años. Y es que algunos tipos de
Beriberi, graves en los climas fríos, se mejoran
en los cálidos y húmedos, como le sucedió
al extranjero del cuento.
En nuestra urbe casi siempre la prostitución
estuvo unida a la pobreza y se practicaba por simple
necesidad, nunca hubo vicio de por medio, nuestras
mujeres sólo eran víctimas de las circunstancias.
Fue con este siglo que algunas se liberaron de la
conciencia social haciendo su regalada gana como mujeres
libertinas y para ello se unieron y establecieron
sitios de distracción ubicados en la periferia
de la urbe, casi siempre cercanos a la Plaza de la
Victoria. Para 1939 eso era un hervidero de Casas
de Citas y lupanares que poco a poco ha ido desapareciendo
para mejor suerte del barrio.
Entonces fue que aparecieron las salas de baile a
la usanza de las de Panamá donde los gringos
las habían establecido cuando construían
el Canal y hasta hubo algunas muy rumbosas como la
del español Generoso Martínez que hacía
honor a su nombre cobrando lo debido y sin estafar
y hasta concediendo ciertos créditos cuando
la ocasión era propicia.
En cuanto a la prostitución clandestina, la
más peligrosa por cierto, no cabe duda que
siempre se la practicó y a veces hasta sin
mayores recatos. Esas "niñas o señoritas
malas" como el vulgo les decía, vivían
casi siempre en departamentos bajos cuyas ventanas
de ordinario permanecían cerradas y solamente
les entraba luz y aire por el patio posterior. Tenían
sus empleados de confianza que iban por calles y oficinas
proponiendo reuniones y era de ver la cantidad de
clientela que obtenían.
Unas hubo que se daban el lujo de escoger y otras
hasta circunscribían su radio de acción
entre ciertos profesionales y propietarios, pero esto
es cosa del pasado porque las mujeres actuales se
han liberado y en uso y abuso de la igualdad tan cacareada,
ahora hacen lo que les viene en gana y no necesitan
andar de picos pardos y a escondidas, a la chita callando,
como las antiguas niñas malas que dieron tanta
candela; por eso el folklore hizo que en cierto juego
de cartas, se colocara una, adornada con una calavera
y cuando salía destapada había que cantarle
la siguiente coplilla populachera y picaresca, pero
no exenta de sabiduría: "La Calavera de
tu abuela, que en su tiempo dio candela".
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