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MONEDAS,
YAPA O PEZUÑA
No llegué a conocer los panes
de a cuartillo, no fui de esa época, pero oía
referir a mis mayores que por un cuartillo, es decir,
por un centavo, daban un pan en las tiendas del Guayas
de los años 20. Luego por los 30 los panes
encarecieron un alguito y daban cuatro por medio (cinco
centavos) moneditas que ahora ya no se ven aunque
teóricamente siguen en circulación.
Estos medios equivalían a la mitad de un real,
a la cuarta parte de una peseta y a la veinteava de
un sucre, de los que salieron en 1928 durante la Presidencia
de Ayora con el nombre de Sucres o Ayoras. Las Lauritas,
costaban cincuenta centavos, esta última denominación
en popular homenaje a la primera dama de la nación.
Antes de 1.884 era común hablar de cóndores
de a cinco pesos y de pesos simples de a ocho reales.
De tal suerte que un Cóndor equivalía
a cinco veces ocho reales, es decir, a cuarenta reales.
En 1943 aparecieron los cinco sucres de plata, monedas
hermosísimas, grandes y lustrosas, tentación
para cualquier muchacho que ambicionaba tener sus
cinco sucres y exhibirlos en el barrio como símbolo
de importancia y poder. Estas monedas imitaban a los
pesos mejicanos de plata que usaban las damas para
adornar sus costosas pulseras.
Los cinco sucres solo se alcanzaban para los cumpleaños
o después de un pase de año con honores
y premio por aprovechamiento. Entonces los hacíamos
entrar en nuestras relojeras, casi a empellones, porque
eran monedas grandes. Estas relojeras eran unos espacios
disimulados en todos los pantalones y a la altura
de la cintura, donde se colocaban los relojes de bolsillo,
agarrados de su cadena. Recuerdo que algunos relojes
tenían campana y casi siempre dos y hasta tres
tapas móviles, con su respectivo monograma.
Así es que, bien apertrechados, salíamos
a pavoreamos por el barrio y a enseñar nuestro
cinco sucres, pero algunos vivos del vencindario se
aprovechaban para desafiarnos a un pepo y trulo o
a la quina con apuestas y ocurría que regresábamos
desvalijados y resignados a esperar otra ocasión
especial que nos permita una nueva moneda de cinco
sucres para alimentar nuestra natural petulancia.
En 1944 apareció una segunda emisión
de monedas de a cinco sucres que inundó el
mercado nacional. Para entonces las del año
anterior habían empezado a ser recogidas de
circulación por "personas guardosas"
que veían con esta manera fácil y sencilla
la mejor forma de ahorrar. Los joyeros las utilizaban
para sus aleaciones y amalgamas y los turistas la
sacaban del país como obsequio a parientes
y amigos, de tal suerte que las monedas originales
de cinco sucres del 43 son cinco veces más
valiosas que las del año siguiente y como esto
lo conoce cualquier numismático chambón
de nuestro país, qué decir de los avispados
que cuando ven una de ellas sufren un colapso de alegría
y hasta echan chispas por los ojos de puros golosos
y avariciosos, que de todo hay en la viña del
Señor como dice la Biblia.
Recuerdo que un caballero de la localidad llenó
unas talegas de monedas de a cinco sucres y se fue
a Cuenca donde se las entregó a un joyero para
que le confeccione varias docenas de bandejas de plata
que quedaron hermosísimas y lustrosas, que
daba gusto verlas, porque fueron mejoradas y salieron
de plata esterlina de 925 gramos. Las dichosas bandejas
aún existen a pesar de sus cuarenta años
cumplidos, iguales de bonitas que en sus años
mozos y siempre tan útiles y serviciales y
verdaderamente "primorosas, como que las martillaron
hábiles artesanos de la morlaquía.
También era costumbre por esos años
que las abuelitas reunieran los medios que recibían
de vuelto por las compras del día y el sábado
que sus nietos iban a visitarlas, se los obsequiaran
como muestra de cariño. "Un recuerdito"
—como era usual que se dijera. El regalito de
los medios no era poca cosa, con medio se podía
comprar un puño de galletas, la mitad de una
tableta de chocolate "Mazorca" de la fábrica
La Universal, un pan de dulce, un helado de palito,
de los prohibidos por contener millones de colibacilos
y otros gérmenes patógenos no menos
dañinos, pero tan sabrosos al paladar y así
por el estilo.
Y aquí entra la yapa o pezuña, costumbre
tan antigua en el Ecuador que dudo que alguien conozca
su origen que debe ser español porque ni en
Francia ni en Inglaterra se ha oído hablar
jamás de esto. Yapa es palabra quechua que
significa "lo que sobra" y pezuña
es el casco de un animal y también es término
usado en el campo para señalar lo menos valioso,
aquello que se bota porque no sirve para nada. Yapa
o pezuña era el obsequio final que el tendero
daba a sus clientes cuando se retiraban de la barraca
llevando mercancías. Era un no-me-olvides,
un cariñito para que el cliente regrese siempre
y se convierta en "casero". A veces podía
ser uno que otro caramelito, un paquete de máchica
o pinol de Latacunga (harina de cebada muy fina que
debía ser ingerida con gran cuidado para no
atorarse) de allí salió la frase famosa
de "Quien más saliva tiene traga más
máchica" para explicar cómo el
poder permite los abusos.
El inolvidable Jack the Ripper en uno de sus más
sabrosas escenas de la vida real escrita hacía
1920 menciona el caso de un montubio que llegado por
primera vez a Guayaquil compró un boleto para
entrar al cine, solicitando la pezuña del boleto,
es decir, la yapa por la compra efectuada y como no
se la quisieron dar, se puso disgustado, acusando
la rudeza de los blancos de la ciudad que no tenían
la delicadeza de regalar a los clientes como era usual
en el campo.
La yapa o pezuña subsistió mientras
se usaron las barracas y la gente se proveía
en los mercados y en las tiendas de los barrios, pero
como el progreso todo lo cambia vinieron los supermercados
y ahora a nadie se le ocurre pedir yapa en la caja,
porque lo creerían loco de manicomio y peor
la pezuña, porque sería mal interpretado
por las cajeras; pero mi amigo Aureliano que vive
en las Lomas de Santa Lucia y que de vez en cuando
me viene a visitar, me ha jurado y rejurado que aún
se da la yapa en esos pagos y que si también
piden la pezuña, con todo gusto se la entregan.
Habrá que ir a ver si esto es cierto y felicitar
a esas cristianas por su generosidad antañona
y fina cordialidad.
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