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MENUES
ANTIGUOS
“Enantes”, como decían
nuestras abuelas, se comía mejor que ahora.
La gente no cuidaba sus figuras y cuando las niñas
de las casas parecían que iban a explotar de
gordas, entonces les decían ¡Qué
hermosuras! Están rozagantes y llenas de vida!...y
otras lindezas. Ahora las mirarían con horror.
Habían pobres que un día comían
y otros no, pero eran menos que hoy; por lo general
se comía sano y bueno, comenzando por el desayuno
con un sabroso bolón recién hechito,
tazón de leche caliente – como de parturienta
– el buen roscón briollo o gollete untado
con mantequilla amarillo cremosa y su pedazo grande
de quesillo o “cuajá”. ¿Qué
tenía mucho colesterol?. Pues claro, pero entonces
nadie conocía la existencia de esta molestosa
grasa.
Se almorzaba a las once y a la usanza americana, a
esto se denominaba “la refacción”,
alternando platos calientes con almíbares dulces.
Podía ser un encebollado o un cebiche con mucho
ají, luego la sopita clara o el caldo si era
espeso.
Los había muy variados. El sancocho, el de
bolas de verde, el consomé, el de tucos de
verde, el de pata y mote, el de morcilla, el polvo
de arvejas y chorizo serrano, el locro y el de queso.
El tercer plato era una empanadilla de aire con queso
para quitar el sabor de la sopa, pero también
podría ser una empanada de morocho, de verde,
una torreja de choclo, una tortilla de huevo, etc.
Algo suave. Al final o cuarto plato venía el
fondo, la cazuela, el punchero, el sango y siempre
en compañía de arroz blanco. Por último
los almíbares de frutas. El mamey mataserrano,
el de cáscara de naranja, de toronja, de sandía,
de melón. También los dulces, el de
babaco, la délfica de guayaba, el pechiche
y el manjar blanco que siempre se tenía en
las casas dentro del “guardafrío”
así como abundaban las frutas silvestres de
los patios tales como el mango, el mamey, el níspero,
el coco, el caimito, la pomarosa, el cauje e infinidad
de otras cosa más que ya han desaparecido.
Aquí me quedo dirá uno de mis lectores,
saciado de tanto manjar, pero no es así, porque
aún falta la merienda de las cinco, que comenzaba
con ensaladita de legumbres verdes, luego el platito
intermedio que podía ser una torta cualquiera,
de zapallo, de mote, de choclo, de papa o de yuca
y al final el consabido arroz con menestra y carne
asada, llamado “sota, caballo y rey” por
las barajas. Una maicenita, el vaso de chicha de jora,
de quaker, de morocho o de arroz de cebada y el café,
ponían el punto final y cerraban el día.
Se comía más variado pero en menor cantidad,
los platos eran servidos con exquisitez, siempre en
pequeñas cantidades.
María Rosa la popular maestra de la cocina
de la TV hubiera hecho su agosto viendo y probando
los platillos de antaño. En mi casa tenía
una abuelita allá por los años 40, que
de tarde se metía presurosa a “su cocina”
para tenerle cada tarde un dulce diferente y frío
a su marido cuando éste regresaba del trabajo.
Llegaba el amo y señor de la casa, mi abuelito,
y sentado a la mesa decía: ¡Alpiste para
el canarito! – era rubio -. Célebre frase
propia de él, pues a nadie más se le
ha escuchado en la mesa y así comenzaba su
merienda.
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