TOMO IV
 
 
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TOMO II
TOMO III
     


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MENUES ANTIGUOS
“Enantes”, como decían nuestras abuelas, se comía mejor que ahora. La gente no cuidaba sus figuras y cuando las niñas de las casas parecían que iban a explotar de gordas, entonces les decían ¡Qué hermosuras! Están rozagantes y llenas de vida!...y otras lindezas. Ahora las mirarían con horror. Habían pobres que un día comían y otros no, pero eran menos que hoy; por lo general se comía sano y bueno, comenzando por el desayuno con un sabroso bolón recién hechito, tazón de leche caliente – como de parturienta – el buen roscón briollo o gollete untado con mantequilla amarillo cremosa y su pedazo grande de quesillo o “cuajá”. ¿Qué tenía mucho colesterol?. Pues claro, pero entonces nadie conocía la existencia de esta molestosa grasa.

Se almorzaba a las once y a la usanza americana, a esto se denominaba “la refacción”, alternando platos calientes con almíbares dulces. Podía ser un encebollado o un cebiche con mucho ají, luego la sopita clara o el caldo si era espeso.

Los había muy variados. El sancocho, el de bolas de verde, el consomé, el de tucos de verde, el de pata y mote, el de morcilla, el polvo de arvejas y chorizo serrano, el locro y el de queso. El tercer plato era una empanadilla de aire con queso para quitar el sabor de la sopa, pero también podría ser una empanada de morocho, de verde, una torreja de choclo, una tortilla de huevo, etc. Algo suave. Al final o cuarto plato venía el fondo, la cazuela, el punchero, el sango y siempre en compañía de arroz blanco. Por último los almíbares de frutas. El mamey mataserrano, el de cáscara de naranja, de toronja, de sandía, de melón. También los dulces, el de babaco, la délfica de guayaba, el pechiche y el manjar blanco que siempre se tenía en las casas dentro del “guardafrío” así como abundaban las frutas silvestres de los patios tales como el mango, el mamey, el níspero, el coco, el caimito, la pomarosa, el cauje e infinidad de otras cosa más que ya han desaparecido.

Aquí me quedo dirá uno de mis lectores, saciado de tanto manjar, pero no es así, porque aún falta la merienda de las cinco, que comenzaba con ensaladita de legumbres verdes, luego el platito intermedio que podía ser una torta cualquiera, de zapallo, de mote, de choclo, de papa o de yuca y al final el consabido arroz con menestra y carne asada, llamado “sota, caballo y rey” por las barajas. Una maicenita, el vaso de chicha de jora, de quaker, de morocho o de arroz de cebada y el café, ponían el punto final y cerraban el día.

Se comía más variado pero en menor cantidad, los platos eran servidos con exquisitez, siempre en pequeñas cantidades.

María Rosa la popular maestra de la cocina de la TV hubiera hecho su agosto viendo y probando los platillos de antaño. En mi casa tenía una abuelita allá por los años 40, que de tarde se metía presurosa a “su cocina” para tenerle cada tarde un dulce diferente y frío a su marido cuando éste regresaba del trabajo. Llegaba el amo y señor de la casa, mi abuelito, y sentado a la mesa decía: ¡Alpiste para el canarito! – era rubio -. Célebre frase propia de él, pues a nadie más se le ha escuchado en la mesa y así comenzaba su merienda.