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MANUEL
Y PAULETTE
A fuerza que se diga que gusto recordar,
yo que jamás asisto a duelos o sepelios porque
me entristece la muerte y me cansan los asistentes
de compromiso, voy presentando en esta columna a los
hombres y mujeres que han dado lustre a mi Patria
y que ya no están. Hace poco fue Henry Michaux,
belga-francés que nos visitó al finalizar
los años 20 y autor de "Diario de Viaje,
Ecuador" y hoy le toca a Paulette Everard Kiefer,
la popular "Polet", mujer de Manuel Rendón
Seminario, el sencillo pintor de San Pablo, amigo
de todos los cholos y blancos que lo íbamos
a visitar.
Paulette y Manuel, Manuel y Paulette, que de ambas
maneras la unidad era indivisible, formaban una de
las más unidas parejas matrimoniales que he
conocido en mi vida; siempre juntos, "la mano
sobre la mano, los vi perderse, alejarse, en la bruma
de la tarde", como hubiera dicho el poeta británico
que me acompañó a visitarlos, hace ya
muchos años, cuando por primera vez los conocí.
Recuerdo de ella una bella historia, contada con aquel
talento ingenuo y poético que tanto la distinguía
y hacíale hablar de todo, desde los horrores
de una próxima guerra nuclear a la que temía,
hasta de historias nimias y minitrágicas como
la pobreza de un vecino de los contornos de San Pablo,
que ella ayudaba diariamente a sostener a los suyos,
con pequeñeces salidas de su gran corazón.
Va la historia: Paulette nació pobre en una
región del Norte de Francia, muy cerca de la
frontera con Bélgica, donde su familia poesía
una granja y vivían felices; pero vino la Gran
Guerra del 14 y los ejércitos comenzaron a
desfilar por los contornos, primero fueron los de
la Francia inmortal, pero retrocedieron al empuje
enemigo y les tocó pasar a los alemanes, con
sus gestos marciales, sus altas botas de cuero, el
ruido que ellas producían en las marchas y
así durante muchos meses y tantos, que se transformaron
en años.
Mientras esto ocurría Paulette vivía
en paroxismos de terror en el sótano de la
granja, donde su previsiva madre la tenía escondida
para evitar una violación o cualquier otro
abuso. Se trataba de una inocente niña de no
más de 14 años pero ya desarrollada.
De allí el temor de Paulette a todo lo que
fuera guerra, violencia, injusticia y su amor a los
desprotegidos, llámense pobres, perseguidos,
presos o gente sencilla del campo y el mar.
Terminada la guerra Paulette fue a París como
tantas otras jóvenes de su tiempo con un joven
francés, fue madre soltera y abandonada, modeló
en una Escuela de Pintura y conoció a Manuel,
que quedó prendado de su belleza escultural
y de su bondadoso corazón y se casaron. Primero
fueron meses apacibles en una barcaza haciendo vida
de pescadores en el mar y por los ríos de Francia,
luego las exposiciones de Manuel en la Galería
de Leonce Rosemberg en París, finalmente un
viaje medio aventurero al Guayaquil de sus suegros,
que Paulette describía con tanta poesía.
¡Oh! esta ciudad era hermosa entonces, con sus
casitas de madera, frondosos árboles, calles
empedradas, todo se veía más limpio,
más nuevo, sin prisa; la gente contestaba las
preguntas, se saludaban, se conocían y eran
amigos. En fin, había menos gente pero de mayor
calidad humana. Luego anduvieron por las islas Galápagos.
De esa etapa quedan muchas pinturas y un libro hermosísimo
"Galápagos. Las Islas Encantadas"
escrito por Paulette con la sinceridad de una maestra
de escuela y el afecto de una madre de familia, en
un estilo tan descriptivo y con una poesía
tan propia, que Carlos Manuel Larrea, un día
que lo visitaba en su castillito de la 12 de Diciembre
en Quito, sonreído, me dijo: "¿Sabe
Ud. Rodolfo cuál es mi libro preferido de Galápagos?.
El de nuestra amiga Paulette y eso qué he leído
casi toda la bibliografía de esas islas malditas
hasta que Paulette las bendijo con su amor".
Y es que las Galápagos arrastraban la negra
fama de los crímenes que allí se habían
cometido, sobre todo el de 1934, de una Baronesa y
su amante que aparecieron en una playa lejana muertos
de sed.
Después viajaron a Cuenca y vivieron por años
en una casita que construyeron con sus propias manos,
donde tenían una vaca, un perro y varias gallinas.
Manuel pintaba sin cesar y Paulette era feliz gozando
del suave clima del Azuay, sus flores y su cielo.
¡Qué felices éramos!. ¿Verdad
Manolo? cuando caminábamos por esos caminitos
cercanos a Cuenca, con el cielo azul, el aire puro
y frío de la mañana y entre la flor
de la retama, que con su amarillo suave y el vaivén
del viento se movían como pequeñas gentecitas
y casi nos hablaban. Y el olor ¡Oh ese olor
de la retama!. . . Manuel asentía gustoso,
saboreando el recuerdo de esos tiempos de libertad
pero de guerra, porque entonces se sucedían
las mayores atrocidades en la vieja Europa que ellos
habían dejado para venir a estar entre nosotros.
Terminada la guerra Manuel y Paulette regresaron a
Francia pero todo había cambiado. Ella no encontró
a su gente que se había dispersado y vivían
en diferentes regiones. Manuel no quizo observar las
ruinas de esa gran nación ni del resto de Europa.
Montecasino había sido demolido a punta de
cañonazos y escribió una sentida poesía
en francés, lamentando tan bárbaro hecho;
prefirieron trasladarse a Portugal y a España
y recorrieron pequeñas poblaciones del Sur.
En Chiclana de la frontera Manuel prosiguió
sus investigaciones genealógicas comenzadas
en Guayaquil y Loja sobre los descendientes del caballero
Gil Vela Rendón de Aragón, origen de
su progenie; fruto de estos esfuerzos son tres tomos
que se guardan en el archivo del Instituto de Genealogía
y Heráldica de Guayaquil y en Vilavicosa, dentro
de los Algarves, compraron un departamento y alternaron
con la gente de mar.
Para 1956 regresaron al Ecuador y adquirieron unas
tierras cercanas a San Pablo, propiamente en el sitio
Cangrejo Viejo, casi a un kilómetro del estero,
que cuando es verano duerme sin aguas pero en invierno
fluye estrepitosamente y con gran fuerza, henchido
por las lluvias, hasta transformarse en torrente que
muere en el mar. Allí construyeron una chocita
de caña y vivieron felices, pintando y mirando
la arena, el cielo y las olas. También alquilaban
un departamentito en Las Peñas, limpio de muebles
y otros artefactos innecesarios, pero frente al río
que llevaba y traía los Jacintos flotantes
que tanto llegaron a amar.
Mucho más podría contar de ambos, mis
amigos de siempre, ahora perdidos en la nebulosa del
profundo misterio de la muerte de donde no se regresa
sino en fracciones de recuerdos y en brazos de la
magia divina de la mente y del dolor ardiente de nuestro
corazón, pero no lo haré, por lo menos
no por ahora.
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