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TOMO III
     


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LAS MADAMAS PARISINAS
Al terminar la primera guerra mundial en 1918 Europa se vio abocada a una situación de pobreza extrema y para superarla tuvo necesidades de recurrir a la mano de obra femenina; pero cómo hacerlo si las mujeres habían sido tradicionalmente consideradas objetos delicados y finos, suntuarios o de exhibición; además sus largos y complicados atuendos femeniles estorbaban en las fábricas y comercios y tuvieron que ser modificados.

Las faldas cortas permiten ver / hasta el tobillo de la mujer / rezaba el verso y fueron acortadas aún más, casi hasta la rodilla. El cuidado de los largos cabellos y elaborados peinados les restaba mucho tiempo al día, por ello los cortaron y surgieron las melenas rizadas que revolucionaron el rostro femenino haciéndolo moderno y más práctico y así surgieron las mujeres del siglo XX que pronto conquistaron el mundo. En Hollywood se creó las "vamp" o devoradoras de hombres que con sus femeninas sutilezas y recostadas en chaiselonges, los atrapaban y esclavizaban para satisfacción de sus extravagantes deseos y en París se impuso el tango y el "latín lover" o amante latino, especie de seductor de cabellos engominados y elegante frac que dominaba a las mujeres del gran mundo bailando un insinuante y sensual tango de salón y a las rameras vulgares y de boina con el tango apache propio del bajo mundo y estos clishés estereotipados no tardaron en llegar al Ecuador y especialmente a Guayaquil, con el cine mudo y con las familias tradicionales del "gran cacao" que regresaban de sus exilios dorados de Niza y Montecarlo en la rivera de la costa azul francesa, porque se les estaban acabando las cosechas y ya no disponían de suficientes fondos para seguir en tan costoso tren de vida.

Por eso se impusieron en Guayaquil las "Francesas" vestidas con sutiles encajes y ropa interior de seda que dibujaban sus figuras por el Boulevard 9 de Octubre causando la admiración de los gentiles caballeros del Fortich. "Cuando llegaron a Guayaquil las Orrantia vistiendo ropa interior finísima de seda traída de París, conmovieron la ciudad y no había quien no se sorprendiera. Poco después las demás guayaquileñas las imitaban y las antiguas piezas interiores de tela toldo, tan anticuada como gruesa, áspera y vulgar, fueron echadas sin gloria al cajón de los recuerdos innecesarios, me confesaba un amigo octogenario el otro día, con un aire que evocaba la nostalgia de su recuerdo.

A las mujeres de melenita corta, ropa interior suave y femenil, rostro pintado de chapa, uñas rojas, sombra en los párpados, rímel en los ojos y boquitas corazón hechas no para comer sino para dar intensos besos, se las llamó en Guayaquil "Las Madamas Parisinas" y entonces llegó el primer Concurso Nacional de Belleza celebrado con gravísimo escándalo nacional en Guayaquil y en el que intervinieron chiquillas de las principales familias del país. Desde Quito el Dr. José María Velasco Ibarra escribió en "El Comercio" que la decadencia del mundo occidental se hacía ostensible en esta clase de eventos, llamados a exhibir a la mujer libre como objeto de comercio, echando al traste sus valores eternos y tradicionales que había mantenido a la civilización occidental, cristiana y europea por veinte siglos. ¿Qué nos esperaba? Mujeres terriblemente arregladas desde muy temprana mañana, inútiles para todo trabajo doméstico Sin embargo el Concurso sirvió para imponer aún más el nuevo; tipo y salieron las mujeres a las calles vestidas con prendas finas y sutiles y muy ceñidas al cuerpo, cubierta la cabeza con coquetos sombreritos ladeados a lo "apache" y por supuesto sin en recatado velito de los sombreros anteriores a la Gran Guerra con las piernas largas y con medias blancas de seda en las que algún artista había dibujado elegantes mariposas de colores para llamar aún más la atención sobre esa parte del cuerpo, que poco antes estaba tapada, escondida.

El largo cuello femenino, digno de un beso modernista invitando a un violento encuentro romántico, era el punto final de la presencia y se acostumbró relievarlo con una cuenta de perlas que en muchos casos llegaba hasta el ombligo. El gran pintor Modigliani se hizo famoso por sus retratos de mujeres de largo cuello y una conocida marca de perfumes franceses se anunciaba con un afiche misterioso, donde aparecía un violinista melenudo dando un largo y apasionado beso a una pianista desprevenida, posiblemente su alumna de música, que vestida de gala y con un alto, blanco y erguido cuello, punto central del cartel, se dejaba besar sin oponer resistencia.

Y en Guayaquil las Madamas también tentaron la permanente con chuzos calientes que se aplicaban al pelo previamente envuelto en papel de aluminio para que no se tueste o queme y así imitaban a Shirley Temple de Hollywood, que usaba grandes bucles que le caían a los hombros. Los chorros fueron el máximo de la voluptuosidad de los años 30 y 40 pero en nuestro puerto se prolongaron hasta el 50. Eran algo así como la presentación fálica de la belleza femenina, si es que cabe la comparación y no había chiquilla que no los tuviere y hasta hubo chiquillos que también los sufrieron, porque era un martirio que la mamá los llamara para que se queden quietecitos por horas, dejándose hacer los "chorritos" tan monos y lindos que hasta al más feo muchacho podía transformarse en adonis con ellos.

Y las "Madamas Parisinas" fueron las mujeres del Guayaquil de los 30 al 40 y por eso cuando iban al mercado acompañadas de la cocinera recibían el cordial homenaje de barraqueros y barraqueras que al verlas exclamaban: "Venga por aquí Madamita". "Acérquese con confianza Madama" que hoy por hoy se ha transformado en el no menos atento elogio de "Aquí mi blanca" o en el sentido llamado, tan cariñoso y grato en el habla popular de "Caserita, le tengo sus verduras".

Eduardo Sola Franco ha pintado a las "Madamas Parisinas y ecuatorianas" en una hermosísima colección de acuarela con sus raros atuendos, sus poses fingidas y femeninas asechanzas muy de la revista "Vogué". Sola es un pintor genial digno de Manuel Pendón y tan europeo y al mismo tiempo tan americano como él, a pesar de no haber tenido una formación inicial parisina que recién la tomó a los veinte años como su lejano tío Martínez de la Paz y Franco a quien "La Ensaladilla" menciona/ afrancesado y galante/ llegó de Europa Martínez . . ./ y mucho más podría hablar de Eduardo pero eso será materia de otra crónica.