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TOMO III
     


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LAS COVACHAS
No hace mucho, quizá ni siquiera la mitad de un siglo, todavía existían las famosas covachas de antaño con su gran puerta de fierro, su cerca de caña o de madera media destruida y su patio central donde se levantaba la pileta de agua o simplemente el grifo. Un apartado cuarto de baño con retrete o escusado era suficiente para toda esa muchedumbre de gentes que vivían apiñadas en la covacha o conventillo. Pasemos la lista.

En el primer cuarto vivía una cocinera puertas afuera, de casa de rico, casi siempre negra, regordeta y gritona, de grandes y bamboleantes nalgas y amplios escotes, que con su risa y sus palabrotas servía de gritona oficial. Uno o dos negritos muy traviesos la esperaban por las noches para probar la comida, que ella traía escondidita en algunas fundas.

Al lado vivía una modestilla que cosía por paga vestidos de percal. Lánguida y delgadita, siempre muy aseada, viendo pasar las horas a través de sus costuras y esperando la llegada de su príncipe azul, que corría pareja con la tisis galopante que ya amenazaba sus grandes ojeras. Entonces cualquiera era tuberculoso y por las noches se oían sonados conciertos de toses.

En el siguiente cuarto una pareja de recién casaditos, ella esperando un bebé y él trabajando en lo que se presentare. Todavía no era borracho, vivían la Luna de Miel.

Más aya un jornalero rudo y alcohólico, con su mujer y varios críos, casi siempre desarrapados y sucios, ladroncitos del barrio, temidos por sus maldades y por sus bocas sucias y así por el estilo.

No faltaban tampoco los cogidos de la mano, venidos del campo para abrirse un futuro en la ciudad. Delgados, amarillentos, llenos de parásitos y sin embargo felices, ansiosos por alcanzar la superación económica que se habían fijado como meta. Casi siempre triunfaban a fuerza de trabajos, en otras ocasiones, morían como chinches, tragados por la ciudad.

Pero no se crea que todo era miseria, sinsabores y desgracias. Las covachas se alegraban de vez en cuando al son de una banda de pueblo, de esas que todavía se observan en los desfiles del niño, el 25 de Diciembre y el miércoles de ceniza, atravezando las calles para dirigirse a una Iglesia. El día del santo o del niño Dios de la covacha, todo era gritos y alegría. Se mataba un chancho en el patio, colocaban faroles de papeles de colores, prendían focos y guirnaldas o banderitas y el baile era sostenido. En una que otra ocasión ocurría una riña, pero todo se olvidaba enseguida en honor a la prioste que corría con los gastos y que muy oronda y sentadota, presidía el festín.

Una gran olla de arroz amarillo y otra no menor de seco de chivo, hervían sobre leños de madera, en espera del momento propicio para ser servidas. Este era un tentempié, porque el plato final que se daba en la madrugada era el sabroso "caldo de tucos de gallina", preparado con pedazos de verde hervido en consomé y que se servía con ají picante y rosquitas recién sacadas del horno. Los chiquillos del vecindario velaban las viandas.

De tragos, ni hablar, existían las famosas mistelas de colores y distintos sabores. El fino "Mallorca" bien destilado, el dulce arguardiente "anisado" y el rompope de huevos. La "Caspiroleta" con vino y huevos y el "Cardenal" o sangría con jugo de pina, eran bebidas exquisitas que también se servían y la chicha de jora sacada de pondos de serranos no era de despreciar.

Cuando la chicha estaba burbujeando era su mejor momento. Después de dos vasos entraba una modorra que nadie podía resistir, a menos que bailara. Cuando la chicha estaba así, a punto, se la mezclaba con alcohol de caña, para servirla más cogedora a los hombres. A eso se llamaba Chicha con cohete.

Los bailes más codiciados eran la mazurca, el rigodó, la polka y el vals. Con el siglo vinieron las habaneras que precedieron en los ritmos tropicales que llegaron después, la conga, la rumba, la guaracha, el cha cha cha, el merengue y la salsa que tanto se han aclimatado, que ahora hasta pasan por nuestros.

Cuando la banda dejaba de tocar, comenzaba el rasgueo de las guitarras y hasta una asmática pianola de algún vecino ponía la nota de distinción a la fiesta.

Bien entrada la madrugada todo volvía a su tos inicial, se apagaban las luces y el barrio recobraba la calma de siempre. Entonces los cuerpos cansados y sudorosos buscaban reposo. De estas fiestas salían romances a porrillos y discusiones sin fin. La chica más bonita de la covacha era electa reina y los caballeros se disputaban el derecho de bailar con ella una piecita.

Las covachas fueron muriendo de a poquito y ahora no queda ni una; quizá alguna quedará, me decía un amigo, allí por Piedrahita y Riobamba, pero habría que ir a buscarla, a ver si la encuentra.