TOMO IV
 
 
 TOMO I
TOMO II
TOMO III
     


..............................................................................................................................................................................................................

LA LOJA QUE RECUERDO
La geografía ha condenado a Loja a ser centro de su propio mundo perdido y olvidado en medio de la meseta andina. Por el Norte un nudo alto y pedregoso la separa del Azuay, por el Sur el desierto de Suyana y el de Sechura la desligan del Perú, por el Este se abre hacia el pongo de Manseriche y las selvas del Marañón que no llevan a nada y por el Oeste un maciso rocoso le imposibilita mirar el mar. El aislamiento constituido en tragedia.

Sin embargo los lejanos son animosos por naturaleza y no se dan por vencidos. Primero intentaron la conquista del Oriente y tuvieron garra para ello; numerosas fundaciones con nombres bellamente surgidos de la jungla, hablan de esos afanes. Luego en la colonia durmieron por tres siglos la pasividad de una monotonía sin fin, pero en la república las cosas comenzaron a variar gracias a Miguel Riofrío que llevó a Loja a tres pedagogos colombianos y a Manuel Carrión Pinzano que quizo el progreso a base del federalismo.

En este siglo Pío Jaramillo y Benjamín Carrión han dado a conocer a la provincia y a sus hombres valiosos y así han surgido los Pablo Palacio, Ángel Felicísimo Rojas, Alejandro Carrión, los Mora, los Jaramillo, los Rengel, los Cueva y tantos otros talentosos y patriotas defensores de nuestra cultura en el Sur, pero aún falta mucho por hacer, sino que lo diga Jorge Vivanco, que siempre que puede se acuerda de sus paisanos y añora sus sombras amistosas. Y yo también, que desde 1958 que estuve en Loja recuerdo a esa provincia como se recuerda algo hermoso, perdida entre la bruma del pasado y condenada a su propio destino.

Entonces era estudiante universitario del primer curso y un compañero nos invitó a varios, a que lo acompañemos a cobrar unas letras de cambio que le había dado su papá; así es que nos embarcamos a las 8 de la noche en una de las motonaves que salían para Puerto Bolívar, donde estuvimos a eso de las 5 de la mañana y allí comenzó lo serio, porque el camión que nos llevaba tuvo que. trepar y trepar por espacio de horas, con precipicios que daban que pensar y caminos tan estrechos que solo permitían el paso de un vehículo a la vez.

Al final bajamos un poco y estuvimos en las cercanías de Portovelo que era un simple campamento con un río de aguas parduscas por los residuos metálicos mal disueltos y a lo lejos, encima de un monte altísimo, entre nieve y entre vientos, apareció la Villa del Cerro rico de Santa Ana de Zaruma, que no pudimos visitar porque seguimos directamente a Loja y medios molidos y maltrechos llegamos a la una de la tarde a la población de San Pedro La Bendita, donde almorzamos unos sabrosos dulces de harina de maíz que son famosos hasta en la frontera; cerca estaba el nuevo campo de aviación y todo fue jolgorio, porque a sólo media hora quedaba Loja y para colmos era la fiesta de la Virgen del Cisne, famosa patrona de la comarca, la carretera estaba llena de gente que venía de todas partes, unos cansados y otros chumados por las botellas de licor que sostenían, avanzaban como podían y al fin llegaban y nosotros también y nos alojamos en el único hotel de la ciudad llamado la Residencial Europa.

Ya peripuestos y ligeros, nos fuimos a pasear por la ciudad, que era encantadora y muy parejita, con sus casas de adobe pintadas de blanco, sus puertas grandes de madera, sus techos de tejas coloradas y el piso empedrado. Daban gusto por su limpieza y candor y por alguna razón que aún ignoro el Presidente del Núcleo de Loja Dr. Rengel, se enteró de nuestra llegada y nos mandó muy amablemente a invitar a su casa, donde conversó patriarcalmente con nosotros y sobre tópicos guayaquileños.

Durante la plática no escasearon los tragos de un finísimo puro que nos calentó y animó hasta las dos de la mañana y así, bien agasajados, regresamos a nuestro Hotel y no se me pregunte qué pasó por la mañana, porque me desperté tarde y algo chuchaque, pero después de un tazón de café con leche y varios panes, salimos a eso de las dos a caminar y a cobrar; que no habíamos viajado tanto solo para matar moscas.

El cobro se hizo dificultoso porque el deudor no tuvo la plata completa, pero nos dio algo en efectivo y el resto en cheques a fecha que fueron cubiertos con mucha puntualidad.

Así era la Loja de hace 26 años, eglógica y cordial, donde todos eran amigos y conocidos y los automóviles pocos, porque más se utilizaban las bestias de carga. ¿Regresaré algún día y la encontraré cambiada?.