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LOS TRADICIONALES BELENES
Recién por los años 45, después de la segunda Guerra Mundial, llegaron a Guayaquil los arbolitos de Navidad, antes de esta fecha sólo se conocían en las casas de las familias extranjeras, sobre todo si eran nórdicas o norteamericanas. Lo tradicional, guayaquileño y español, era el Belén o Nacimiento, que se arreglaba desde noviembre con profusión de papeles de colores, volitas, animales y personas, ambientándolo en alguna repisa, rincón o cuarto desocupado de la casa y era de ver la alegría de los niños cuando fabricaban los caminitos en arena y como arreglaban la paja de la cuna donde amanecería el niño el 25 de Diciembre y así por el estilo. Eso era lo típicamente guayaquileño. Hoy esta bella costumbre tiende a desaparecer ante el costo siempre creciente de los nacimientos y la decidía de las gentes.

Los Belenes podían ser de múltiples formas y materiales, los habían desde los pobrecitos de barro pintado de colores, hasta los costosos de terracota o porcelana que venían de Italia en finísimas figuras, tan delicadas, que había que cuidarlas para que no se rompan.

En cuanto a portes éstos eran diversos, desde los más pequeños y baratos hasta otros de tamaño natural, como el que se conserva en Quito en el interior de un Convento y ocupa todo un cuarto, como si fuera la representación viva y natural de la escena.

Tradicionalmente el Belén estaba formado por la Virgen, el Niño y San José. A sus lados el burro y la vaca, luego unos cuantos pastores, el ángel y la estrella y a veces hasta los tres reyes magos que venían del oriente, pero con el paso del tiempo los Belenes familiares se iban poblando de otras figuras accesorias que le daban mayor vivacidad y surgían los patitos, los perritos, las gallinas, los chanchos, otros burros y vacas, sin escatimar aldeanos y aldeanas que formaban un pintoresco entorno.

En cada casa y alrededor de Belén se reunían las familias durante la época de Navidad a rezarle al niño con cánticos y panderetas. Muchas de estas canciones se han conservado en el folklore de la Sierra y hasta han sido llevadas a discos.

Durante la temporada navideña los niños ocupaban el lugar más importante de la casa, pues eran mimados y consentidos por ser la época de ellos. En tales semanas se los vestía mejor que el resto del año y se les llevaba a ver las vitrinas de los almacenes del puerto, abarrotadas de juguetes de madera confeccionados en la Sierra. Los caballitos, trompos, perinolas, las muñecas de trapo y de madera con caras de porcelana con sus vestidos de fiesta y de casa eran los preferidos. Bien es cierto que por entonces no existía mucha variedad, todo se hacía a mano y con paciencia.

El 25 de Diciembre el comercio de la plaza, como entonces se decía a los comerciantes de Guayaquil, agasajaba a los niños en el Parque Seminario con una retreta interpretada por la banda de algún Batallón de la ciudad, brindando confites y caramelos. Esa costumbre se perdió bien entrado el presente siglo cuando la ciudad, por su crecimiento desenfrenado, hizo imposible un reparto equitativo entre los niños.

Recuerdo que hasta hace pocos años era costumbre que para los 25 de Diciembre se situaran vendedores ambulantes en las calles con el tradicional "pastel de Chancho", comida típica de Guayaquil en el siglo XIX y muy usual en las fiestas. Hoy los vendedores salen con otra clase de potajes; hasta en esto se ha perdido el recuerdo.

La resbaladera o chicha de arroz era lo ideal para acompañar el pastel y se vendía en baldes, conforme lo ordena la tradición del puerto, siendo éste el único sitio del mundo donde se vendía refrescos con tan absurdo recipiente.

¿Quedarán aún algunos Belenes en Guayaquil? me preguntaba la Navidad pasada una graciosa viejecita, de esas que los alcanzaron a ver por los años 20, y ella misma se respondía que aún quedaría alguno, sobre todo el de los miembros de la comunidad franciscana, famoso en la ciudad por ser el de mayor tamaño. Otro que subsistió hasta hace poco menos de 10 años era el de las Rolando, que se armaba en el almacén Cesa de Antigüedades, en Francisco P. Icaza entre Escobedo y Boyacá, dentro de una gran vitrina que le servía de urna de cristal. Este Belén tenía la particularidad de contar de más de cien figuras distintas, todas muy elegantes y multicolores y hacían de telón de fondo un cielo azul obscuro, estrellado y con el lucero que guió a los reyes magos a Belén. No había quien, al pasar por allí no detuviera su paso para admirar tal maravilla.

Ahora sólo existen figuritas sueltas en los alrededores del Mercado Sur que se venden al granel para formar Belenes, pero la Municipalidad y alguna otra institución podrían iniciar una campaña para que vuelva esta costumbre, con la grandiosidad del ayer no muy lejano, para bien de nuestros hijos y recreo de los mayores.