TOMO IV
 
 
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TOMO II
TOMO III
     


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LAS PLAYAS DE NUESTROS ABUELOS
Borja Lavayen en "Flores Tardías y Joyas ajenas" describió un partido de football que presenció en las "Playas de Santa Elena" -posiblemente en Salinas- en 1906, de la siguiente forma: Football.

Casi a la orilla del mar,/ allí cerca, en la llanura/ de ya agostada verdura/ al aura canicular// en la tarde, cuando el sol, vívido y rojo, desciende,/ Pinta celajes y enciende/ las nubes, en arrebol;// del esbelto pabellón/ del Cable, salen desnudos,/ doce garzones forzudos,/ imberbes, nietos de Albión,// van desnudos! grueso tul/ les envuelve las caderas,/ apretadas y ligeras,/ en rojo vivo o azul.// resuena la voz marcial;/ muévese uno y se adelanta/ y a golpe de pié levanta/ la bola; y es la señal.// A ella se lanza. ¡Oh cual!!/ es, en cogerla, el primero?/ (Allí se forma un rimero/ de hombres, en luchas feral).//

Creo que ésta es la más antigua descripción de un partido de football jugado en nuestra república, entonces cosa de ingleses, tan rara y peregrina, que merecía ser perennizada en una poesía. Por otra parte aún no se jugaba en las ciudades donde no había canchas, quedando únicamente para las playas de arena o las llanuras cercanas.

Los viajes a las playas eran por balandras ya que solo existía una trocha o camino peatonal y de acémilas para ir a la costa, que en invierno se tornaba lodazal intransitable, que por los años 20 fue ampliado para dar paso a los vehículos motorizados que empezaban a llegar y los viajeros echaban hasta ocho horas a Playas. Un ayudante iba montado en la parte delantera del vehículo abriendo con un palo largo las trancas o puertas que los dueños de las haciendas mantenían cerradas para que no se les perdiera el ganado. Así las cosas, hubo carreteros como el de Vinces, llamado el de las cien trancas y ya imaginará el lector porqué. Por eso muchos preferían seguir viajando por la vía marítima y los sábados era de ver como a eso de las doce, que cerraban los bancos y el comercio, corrían al muelle y tomaban las balandras que salieran primero. El viaje se hacía por Punta de Piedra y de allí a los bajos del Morro, también llamados "Las Correderas". Enseguida se torcía a la izquierda si se iba a Posorja, a la derecha se seguía a Puna. Aún no se acostumbraba viajar a Salinas o a Playas del Morro.

Casi siempre arribaban a las cinco de la tarde. La población se volcaba a recibir las balandras repletitas de comestibles y pasajeros y por la noche había fiesta, apagándose los kinkés bien tarde, como a las once, cuando las voces de las pianolas y vitrolas no se escuchaban en las casas vecinas.

El Domingo era baño general de toda la familia a las nueve y el almuerzo a las doce cuando muy tarde y a base de pescados y mariscos. A la una había que regresar a Guayaquil para que no cogiera la noche en el río y volvían a quedar solas las familias, gozando del sol, la sal y el yodo, los mejores remedios naturales para conservar una buena salud.

Después llegó la moda del ferrocarril a la costa que salía desde 1.922 de su estación ubicada detrás del puente cinco de Junio, justamente donde hoy se levanta la Ciudadela Ferroviaria y arribaba a Salinas después de atravesar varias estaciones, de las que recuerdo a Billingota, que aún se observa casi dormida y no muy distante al carretero. El viaje era bellísimo y por parajes agrestes y desolados, se bordeaban los esteros de Chongón y Daular, muy sugestivos, para que nuestros poetas modernistas cantaran sus encantos. Aún deben quedar muchos guayaquileños que recordarán este trencito y que al leer estas cuartillas lo añoren.

La llegada a Salinas era otro acontecimiento, los viajeros podían hospedarse en el Tívoli o en el Majestic, ambos con cuartos de baño en las piezas, a la usanza americana. Por esos días en Salinas todos se conocían y hasta eran amigos. Las villas de Luis Orrantia y de Alfonso Roggiero eran las mejores de la Ensenada de Chipipe. En la punta descollaba la gran casa de madera de Eleodora Peña, gorda dama que tenía pozos de sal, panadería y tienda de comercio y siempre se hacía acompañar de seis grandes perrazos que dormitaban a sus pies. Para la playa de Salinas estaba la fábrica de hielo "La Polar" del español Primo Díaz Quiroz. Hacia la entrada levantábase airoso el gran edificio de la Capitanía del Puerto y su muelle para embarcaciones. Después comenzaba el barrio de San Lorenzo con la loma y chalet de José Rodríguez Bonín, quien tenía la costumbre de reventar cohetes cada vez que se acercaba en carro a Salinas y se hizo popularísimo con tan escandaloso procedimiento; mas, una mañana, por enganchársele un cohete en la mano, le explotó, haciéndole perder el dedo y un valioso anillo de brillante que jamás fue encontrado en el suelo.

Los actuales cholos de Santa Rosa vivieron hasta 1940 en la Ensenada de Chipipe sin ser molestados por nadie, pero ese año el gobierno destinó 400.000 sucres para expropiarles sus hogares y sacarlos de allí con el objeto de entregar dichos terrenos a los gringos para una Base Militar. Después de la "gloriosa" hubo lío porque alguien denunció que de esos fondos solo se había invertido la mitad y que el resto estaba "celosamente depositado" en una cuenta del gobierno porque el encargado de las expropiaciones, a motus propio, había pensado que la suma asignada era muy elevada y resolvió ahorrar la mitad.

¡Pobres cholos!.