TOMO IV
 
 
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TOMO II
TOMO III
     


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LAS NUEVAS FEMINISTAS
Una agraciada lectora me ha solicitado que trate sobre el bello sexo y no puedo dejar de complacerla. Cada época tiene sus normas y exigencias; antaño, como decían nuestros mayores, las mujeres eran guardadas hasta de las miradas más discretas, siendo consideradas como simples objetos frágiles que podrían romperse al menor tropiezo y por ello pasaban de las manos del padre a las del esposo, como si fueran simples trastos y solo adquirían su independencia cuando morían sus dueños y quedaban viudas. Entonces nunca faltaba un nuevo representante, la mayor parte de las veces el hijo primogénito. Eran seres desvalidos, mortecinos sería el término, mitad vivos y mitad muertos, porque había una extensa gama de asuntos que le estaban vedados.

Si para bajar la vereda o pasar la calle, una mano amiga que las ayude, que las guíe. Si concurrían a un baile o a una velada informal, con sus maridos. No podían sentarse solas en buses o tranvías, ni concurrir a salones ni sitios públicos porque atraían las miradas pecaminosas de los hombres y podían ser consideradas “mujeres malas” callejeras. Nada de fumar en público, peor beber licor o comer cosas en la calle; las pobrecillas vivían picadas de la curiosidad, delante de ellas los caballeros callaban las cosas picarescas y hasta las nimiedades más simples se decían en forma especial, si delante estaba una dama.

Luego vinieron nuevos moldes o patrones de conducta y entonces las mujeres se empezaron a rebelar, a vivir diríase mejor. De Hollywood llegaron modas raras, las vampiresas o engullidoras de hombres, mujeres refinadas que vivían a plenitud aunque después pagaran las consecuencias. En 1929 alcanzaron en el Ecuador el voto femenino. En 1930 concursaron por el cetro de la belleza ecuatoriana y las cuatro finalistas, señoritas Guayas, pasearon con piernas y brazos desnudos por los bordes de la antigua piscina municipal ante el asombro de las beatas y el desaliento de los moralistas.

El Concurso fue un éxito nacional. Triunfaba Hollywood en Guayaquil con los nuevos rostros femeninos, chicas pintadas con boquitas corazón y los decimonónicos y anticuados sufrían en Quito sin comprender que los tiempos cambiaban y el progreso llegaba para bien y para mal.

Por entonces se aceptaba que las mujeres aspiraran a ciertas ocupaciones honrosas fuera del hogar, pero a nada más. Se las perdonaba como parteras y preceptoras, mucamas, ayas y nodrizas. Algunas liberadas arrastraban los prejuicios desde colegios, periódicos y revistas y lanzaban mensajes de gran altura intelectual y espiritual. Hipatia Cárdenas de Bustamante, Victoria Vásconez Cuvi, María Angélica Idrovo, Rosaura Emelia y Celina María Galarza, Teresa Ala Vedra y Tama, Morayma Ofir Carvajal, Mercedes Martínez Acosta, Rosa Saá de Yépez, María Esther Martínez de Pazmiño, Blanca Martínez de Tinajero, Laura Carrera y Esperanza Caputti Olvera así lo hicieron y han pasado a la historia del feminismo en el Ecuador.

Otras tentaron las glorias del parnaso poético y así, las mujeres, de tumbo en tumbo y conquistando pequeñas posiciones, luchando contra la postergación a la que eran sometidas por los hombres, llegaron a la década de los años 80 considerándose perfectamente iguales a ellos y hasta con las mismas opciones, para lo cual tuvieron que alejarse del Marianismo católico que las mantenía en el ámbito del hogar y hoy caminan por las calles del mundo, hombro a hombro, sin temor a la compañía masculina.

Producto de estos cambios de la era actual es la presencia de la mujer en todas las ocupaciones y lugares y no es que hayan dejado sus casas o no frecuenten las iglesias, como se temía, sino que se han dado tiempo para todo.

Cuando se escriba la historia del Ecuador en los últimos tres siglos que separan a Mariana de Jesús de Cecilia Calderón de Castro, deberá considerarse la callada pero efectiva labor de nuestras mujeres en el engrandecimiento del país. Entonces se levantarán monumentos, no a la madre que sólo reproduce y cuida, sino a la “mujer trabajadora” que además de eso, forja su destino y el de la humanidad.

Madres conformistas de antaño, completas para la casa pero inútiles para la calle, asustadizas y noveleras (porque no se pierden las novelas de la TV) a Uds. les digo que están pasadas de moda, “passé” como dicen los inn y que tienen que cambiar para bien de los esposos y los hijos; ahora se espera mucho más de Uds. Y que sigan siendo buenas y afectuosas por que nadie tiene nada contra eso, pero que al mismo tiempo sean útiles para Uds. Mismas y para los demás, que conozcan los problemas para que aconsejen bien, que no teman al mundo, que se conserven jóvenes de cuerpo y espíritu y sean amigas de sus hijos, no madres regañadoras ni anticuadas y hasta amantes y amigas de sus esposos, cuando no socias y consejeras. ¿Qué es difícil ser así? Claro que lo es, pero hay que aceptar el reto del cambio, ahora se vive en la onda y las ondas cambian con los años como cambian las hojas en cada estación.