TOMO IV
 
 
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TOMO II
TOMO III
     


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ERA UN MUCHACHO PALIDO, MEDITADOR Y TRISTE
El hogar de Joaquín Gallegos Naranjo allá por 1895 era un centro de cultura donde ciencias, letras y bellas artes uníanse en fraternal abrazo. Allí se daban cita los cultivadores de la poesía atraídos por la sinceridad y el cariño de la familia Gallegos, aunque faltaba la estrella del hogar pues don Joaquín había perdido a su esposa «la españolísima» Pepita del Campo y Burgaleta con quién había casado en Madrid en 1870, pero en su reemplazo habían quedado sus inteligentes hijas Josefina y Lola que hablaban francés y cultivaban las letras.

La casa era de un solo piso, de ricas maderas incorruptibles y estaba ubicada en el popular barrio de las cinco esquinas, justamente donde ahora se levanta el «Castillo Ala-Vedra». Allí Josefina o Pepita, como le decían en confianza, reunía una o dos veces a la semana a los jóvenes del puerto con el fin de brindarles una sabrosa mistela hecha en casa y oír sus recitaciones. Se firmaban abanicos, hacíanse acrósticos y las veladas morían a las ocho y media de la noche con un sabroso chocolate de Soconusco, batido con café y canela y acompañado de quesos y panecillos calientes de sal y dulce.

«De aquellas reuniones surgió la bohemia alegre y soñadora que más tarde había de llevar a la práctica algunos de sus proyectos como la fundación de las revistas «Guayaquil pintoresco», «América Modernista» y «El Crepúsculo» y de su seno también nació la idea generadora del «Círculo Literario Juan Montalvo” y la revista que había de servirle de órgano; pero como nada es eterno en este mundo, la singular Pepita murió hacia 1900 víctima de una dolencia con complicaciones renales y las tertulias de su hogar terminaron, quedando únicamente en el recuerdo de los poetas y literatos de esa generación, que jamás la olvidaron.

Su hermano Joaquín Gallegos del Campo casó poco tiempo después con Enma Lara Calderón y tuvo que dedicarse por entero a mantener el hogar y servir de contador en varias casas comerciales de Guayaquil, pero ; le repugnaba la aridez de los números y muy a su pesar se daba a ellos por pura necesidad; por eso al nacer su primogénito Joaquín Gallegos Lara, le compuso dos poesías describiendo sus primeras gracias y la salida de un dientecito de leche y hasta reunió su producción y quizo darlas a la imprenta, mas en eso le ofrecieron la Secretaría de la Gobernación en El Oro y hasta allá se fue, muriendo el 20 de noviembre de 1910 en Machala, de una bala desperdigada durante una asonada revolucionaria y cuando había salido a la ventana del edificio de la Gobernación para ver qué pasaba.

En 1912 la viuda editó su libro titulado "Mis recuerdos" en 135 páginas, con poesías líricas y cuentos en prosa y por él sabemos que fue un poeta romántico "tierno, sensible e ingenuo" y bohemio incorregible, actor principalísimo de aquella fina bohemia de antaño que hilvanaba sueños en las tertulias literarias. Y en eso, junto a la orfandad, a la pobreza, vino la enfermedad del niño Joaquín, causada por una tuberculosis a la espina dorsal (Mal de Pott) quien nunca pudo caminar porque no movió las piernas trapajosas, condenado a arrastrarse por el suelo hasta la muerte, que entonces no se acostumbraban las sillas de ruedas y no podía sostenerse con muletas, sin embargo creció leyendo mucho, abundantemente y no tuvo una niñez ni una juventud triste porque siempre se acompañó de buenos libros y como había heredado la vena poética de sus mayores, pronto compuso poemas y su fama nació entre los suyos, al punto que una primita llamada Matilde Gallegos Ortis (que aún vive en Guayaquil) fue a visitarlo llevándole un álbum para que le escribiera algo y Joaquín le puso lo siguiente:

A MATILDE (Hoja de Álbum) Guayaquil, Octubre 4 de 1926.

Era un muchacho pálido, meditador y triste,/ que pasaba la vida aburrido tal vez;/ ¿No le recuerdas prima? Acaso tú lo viste .../ Acaso lo conoces .... el que esto escribe es.// Yo he sentido una suave y aburrida tristeza,/ hay que desengañarse, todo es dolor, dolor . . .// Hoy por eso, en tu libro, no estampo la alegría/ que merece la España de donde vienes tú;/ Yo solo puedo darte mucha melancolía/ y la suave tristeza que hay en mi juventud// Y yo hubiera querido dejar aquí las glorias/ de mis sueños de oro, de perfume y de sol,/ arrancar de mi mente las lejanas memorias/ de esa raza que es mía, pues soy casi español.// Pues tú mereces eso, donaires y majezas,/ rejas floridas, cantos de sonido andaluz;/ ya que tus ojos tienen las moriscas tristezas/ de esa tierra de ensueño, de color y de luz.// Yo no puedo, no puedo, aquí dejar escrita/ toda mi soñadora y fugaz ilusión;/ sólo dejo el reflejo de mi vida marchita/ en esta melancólica y fraternal canción.// Sólo puedo decirte que mi verso es sincero,/ que en él pongo las notas de un remoto ideal;/ y quisiera ser poeta .. . porque mucho te quiero/ cual si fueras mi hermana, cariñosa y leal//.

De esta primera etapa sentimental y lírica casi no queda nada, quizá solo este verso, porque enseguida Joaquín torció rumbos y enfrentándose a la dura realidad inició su lucha para obtener reinvindicaciones sociales. En 1930 y pese a su juventud, ya era jefe de una generación que revolucionaría las letras patrias. Ese año escribió en "Los que se van, cuentos del cholo y del montubio".

"Este libro no es un haz de egoísmos. Tiene tres autores (Gallegos Lara, Aguilera Malta y Gil Gilbert) no tiene tres partes. Es una sola cosa. Pretende que unida sea la obra como unido fue el ensueño que la creó. Ha nacido en la marcha fraterna de nuestros tres espíritus" y a continuación estampó la introducción que por su contenido histórico fue profética y señaló el principio verdadero del siglo XX en Guayaquil. "Los que se van" Por qué se va el montubio/ los hombres ya no son los mismos/ Ha cambiado el viejo corazón de la raza morena enemiga del blanco./ La vitrola en el monte apaga el amorfino./ Tal un aguaje largo los arrastra el destino/ los montubios se van abajo del barranco".