TOMO IV
 
 
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TOMO II
TOMO III
     


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EL SANTO DE UNA PARIENTITA
Apúrate niño que ya son las diez, apura de bañarte, nos vamos a visitar a tu tía abuela, nos ha invitado a su santo. Entonces se bañaba la gente en tina, primero con mate, después escasearon y se pusieron de moda los tarros para recoger el agua, al final todo esto pasó a la historia y ahora la gente se baña con ducha. No había agua caliente ni en la casa de los ricos, ahora sí hay en casi todas las casas, esto es progreso (1).

A las once de la mañana salíamos de prisa porque íbamos con retraso. En Rocafuerte tomábamos el tranvía, chirriante y eléctrico, con asientos siempre vacíos y de esterilla, que se salían de sus sitios de tan viejos que estaban. Entonces acostumbraban los chicos jugar con billusos de papel que simulaban billetes y que los imprimía la fábrica de cigarrillos El Progreso en los talleres de la Filantrópica. Yo tenía casi doscientos sucres en esos billusos de papel y era muy afortunado con ello. Los billusos servían para jugar a las bolas, en espacios de cemento y de tierra. Pepo pagaba dos, trulo tres y quina uno. Hacer pepo y trulo era difícilísimo, más sencillo era pepo y quina. Jugar sobre tierra era tontería porque no rodaban las bolitas de cristal que vendía "Carlín" en lindas cajitas de cartón que hacían pareja con las de los soldaditos de plomo. Jugar sobre cemento era difícil y más emocionante.

(1).- Cuentan que la gente pobre no podía comprar vacenillas y hacían sus necesidades en mate. De allí surgió la famosa frase de "Bermeo, pásame el mate que me meo" dizque pronunciada por un Ministro de la Corte Superior de Justicia que sufría del mal de orina como entonces se llamaba a la sístitis y tenía un secretario de ese apellido que le pasaba a cada rato dicho utensilio.

Todo chico de barrio andaba con sus billusos y sus bolitas y en los tranvías se podía canjear billusos con otros chicos. Toda oportunidad era buena para este tipo de negocios. También habían las tapas de cola que se ponían sobre los rieles de los tranvías para que quedaran aplastadas, entonces se les hacía un huequito en el centro con clavo y martillo y por allí se pasaba una piola debidamente trenzada y salían los llamados platillos que vibraban al desenrollarse.

Al llegar a la casa de madera de mi tía abuela, conforme lo había previsto mi abuelita, ya era tarde. Eran las once y media y por los años 46 era la hora propicia para el almuerzo. Ya viste, por tu culpa vamos a llegar justo para el almuerzo. ¡Qué dirán!

Saludos van y saludos vienen, interminables fórmulas sociales y preguntas sobre toda la parentela, no menos largas explicaciones sobre las enfermedades reales e imaginarias y comenzaban los copetines. Treinta señora viejas y quince chicos. Los chicos afuera, a corretear a las gallinas de la azotea, a elevar papalotes —pero no se vayan a caer, nos gritaban desde la sala- a jugar las infaltables bolas o a los soldaditos, juego muy salado y guayaquileño que consistía en poner diez soldados en cada extremo del cuarto y matarlos a punta de bolazos. El que primero terminaba con el enemigo era quien jugaba con el siguiente contrincante. Otro jueguito entañón era "La guerra de hamacas", mejor sin habían dos. Se subían a dos hamacas entre seis y ocho jugadores y dábanse grandes vuelos, sin zapatos para no hacerse daño; las hamacas se topaban y se alejaban. En cada topetón llovían los trompones, patadas y escupidas. Si habían almohadas era mejor que mejor, almohadazos tremendos.

Al final, nos agarrábamos de las camisas y tratábamos de abordar a la hamaca contraria, con los consabidos costalazos que son de esperar en esta clase de combates. Si sólo había una hamaca la cosa era más sangrienta, porque dos contra dos, nos tirábamos unos encima de otros hasta botarnos al suelo. El que salía llorando era un mariquita y si daba las quejas no lo aceptábamos nuevamente al juego. Recuerdo que un primo medio lerdo y recién llegado de Quito, que nunca había estado en hamaca, se mareó al primer vuelo y arrojó en medio de nuestra sorpresa y risa. En otra ocasión un vecino se fue de boca al piso de madera y se rompió un diente. Todavía lo veo en la calle y cada vez que nos encontramos le pregunto por el diente.

Cuando crecimos dejaron de gustarnos las bolitas y entonces nos pusimos belicosos por las chicas. Surgieron otros juegos menos inocentes. El de la botella, por ejemplo, que aún se practica, para darle besos a las chicas que se dejaban, porque habían otras que corrían asustadísimas ante la sola perspectiva del juego. También solíamos jugar a la soga colocando una bien gruesa, amarrada al barrote de un balcón del primer piso y desde allí nos deslizábamos hacia la planta baja. Un vecino muy servicial hizo colocar una camionada de arena para prevenir cualquier accidente y el juego se hizo inofensivo y de lo más gracioso. Sólo uno o dos de nosotros podía subirse a la soga, bajar era facilísimo.

También acostumbrábamos trepar por una escalera a lo alto de una claraboya y por allí echarnos sobre una cama con sommier que estaba al otro lado del cuarto. A esto le llamaban "Salto sin paracaídas" y nunca nos pasó nada.

Robar la torta de maduro era más arriesgado. Casi siempre las cocineras preparaban torta de maduro por las tardes y cualquiera se servía un pedazo a las cinco o seis, para aguantar hasta las 7 y medía que se pasaba a la mesa. Bueno, la torta olía a esencia de vainilla desde las 4, que comenzaba a cocinarse tapada con una lata y carbones encendidos, para que le saliera la costra. Cuando ya estaba, quedaba oreándose en el guardafrío y de allí salíamos corriendo con sartén y todo, para comerla a escondidas en la escalera del patio. A esto se llamaba "zamparse la torta" y era penado con castigos muy severos, como por ejemplo, quedarse sin cena, pero ¿quién quería comer después de "zamparse la torta"?

Después del juego de los muchachos, que se hacía lejos de la sala donde estaban las mamas y las abuelitas, pasábamos a servirnos el almuerzo en una mesa aparte a la de los mayores. Allí nos hacían sentar bien peinados y lavadas caras y manos y amarrados los pasadores de los zapatos y comenzaban a llegar los potajes.

Una ensalada de cangrejos preparada desde tempranito por varias personas; grandes peladoras de cangrejo eran antaño, ahora a nadie se le ocurre practicar este deporte.

Enseguida una empanada o la sopa, luego el arroz con huevo frito, maduro y gallina, infaltable en todo santo respetable. Los dulces eran la sensación porque en eso se esmeraban las señoras y cada una preparaba algo especial. Toda esta cantidad de comida, en pequeñísimas porciones, era ingerida por la muchachada. Al final nos soltaban a la carrera para continuar los juegos, mientras las señoras tomaban mistelas y algunas viejas fumaban cigarro. Nunca vi fumar cigarro a las jovencitas. ¿Por qué sería?

Las más liberadas hacían brindis con mucho gracejo, otras vivaban a la santa y hacían promesas para el futuro, de enseñarle a bordar pañuelos o servilletas o cualquier otra granjeria antañona, que así llamaban a esas artes menores.

Al regresar a la sala se tocaba el piano, a las tres de la tarde se servían conchas de helados y el queso de piña, leche o coco. Un jugo de frutas sin azúcar, un vaso de agua con hielo (no había refrigeradoras o si las habían era simple hieleras o costaban muy caro) o una colada de quaker o de morocho, completaban la tarde y a eso de las 4 todo era despedidas con las tres estaciones de ley. En la sala, donde se anunciaba que por lo tarde de la hora había que regresar. En la escalera, donde se daban los últimos recados para los que no habían podido ir a la fiesta y en el rellano, el adiós final.

De estas fiestas femeninas y familiares quedaban el recuerdo de varias horas pasadas en tertulias, e intercambio de ideas y experiencias, donde se reverenciaba a los mayores dándoles hasta los puestos de honor, sin escatimar la atención que merecían por sus años y sus canas. Eran sociedades patriarcales las de nuestros mayores, donde los chicos no teníamos cabida en conversaciones de adultos, ni en tópicos tan inocentes como la política.

En casi toda familia había la poetisa timorata que por vergüenza no recitaba ni publicaba sus poemas. Casi siempre eran décimas de compadrazgos, montubias a carta cabal, pero rimaban fácilmente y hasta tenían la fuerza poderosa del ingenio vernáculo o sabiduría popular que siempre ha existido entre las gentes de nuestro agro. Estas poesías eran copiadas en cuadernos que se amarillaban en cajones olvidados y terminaban por ser botados a la basura. ¿Cuántas producciones se habrán perdido con este sistema?. ¿Cuántas buenas producciones?

Tampoco faltaban las feotas o santurronas, aunque en menor número que en la Sierra. Ellas para llevar las cuentas de novenarios y rosarios, para aprovechar cualquier momento y dar noticias sobre el padre tal o la madre cual, para rezar antes y después de la mesa y en fin, para regalarnos escapularios y hasta bellísimas estampas a colores que debíamos coleccionar en nuestro Libro de Misa de Primera Comunión, de nácar blanco, con broche de oro y páginas con filos dorados.

Mi libro se desfondó un día que lo cerré a las bravas porque tenía tantas estampas en su interior que había engordado casi al doble de su volumen inicial. Entonces mi abuelito que era muy fijón, me regaló un cuaderno de páginas en blanco y juntos pegamos las estampas por orden de colores, para que yo me distrajera más con el asunto. Luego me fue refiriendo las historias de cada santo, cada una más truculenta que la otra; al uno lo habían "despescuezado" a punta de cimitarrazos, al otro le sacaron la lengua, los ojos y por último el corazón y para colmos, lo cortaron en pedacitos. En fin, cada historia tenía su parte terrorífica y su premio final en el cielo, donde gozaban las glorias de las bienaventuranzas. Una vez pregunté por qué unas santas eran vírgenes y mártires y otras no, se me aseguró que eso era de cajón, que la que era virgen era mártir y las otras no, porque se habían casado. Esta fue mi primera lección sobre educación sexual, aunque un poco incompleta, porque no entramos al meollo del asunto.

En las fiestas también se acostumbraba que la dueña de casa regalara algún "obsequio insignificante" como recuerdo. A veces eran tapetitos de piola, en otras cajitas pintadas a mano, en fin, el gusto estaba en dar algo de sí. Muchas damas "guardosas" tenían verdaderas colecciones de estas chucherías, almacenadas en vitrinas y en sus salas, que servían para que los chicos se quedaran en babia siquiera una hora, tratando de verlo todo en el menor tiempo posible. Poseo una cajita de madera laqueada con pintura en la tapa, que obsequiaron mis choznos Baquerizo Noboa en el bautizo de mi tatarabuelo Sebastian.

Así se pasaba el tiempo en esas fiestas familiares!!.