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EL JARDIN
DE LOS BONIN
No era como el jardín de los
Finzi-Contini de la famosa novela italiana que fuera
tan magistralmente llevada a la pantalla hace pocos
años; era algo modesto, más nuestro
si se quiere, pero no por eso dejaba de tener su belleza.
Estaba situado en una de las esquinas de la calle
Julián Coronel, frente a la antigua Cárcel
Pública Municipal que fue de los primeros edificios
que se construyeron con cemento a fines del siglo
pasado y tan fuerte, que sus paredes estaban cruzadas
por varillas de hierro.
El Jardín era de una manzana de extensión,
debidamente cercado de caña y para su construcción
se había gastado buen dinero en ponerle tierra
de sembrado sobre la cual crecieron inmejorables rosales,
con tallos especialmente traídos de la sierra
a lomo de mula. Habían flores de todos los
colores y olores y también numerosos árboles
frutales, colocados discretamente a la vera de varios
caminitos empedrados y sinuosos, llenos de bancos
de hierro y madera para solaz y descanso de los caminantes.
El conjunto era modesto si se quiere, pero todo en
él llamaba a la tranquilidad y a la belleza.
La ciudad y sobre todo el vecindario, estaba poblado
de gente sin prisa y aun no se conocían edificios
altos, la entrada costaba veinte centavos por familia
y daba a sus propietarios la oportunidad de servir
y ser útiles y hasta un pequeño aliciente
económico. ¿Por qué no?
Su dueño era Luis Bonin Cuadrado del que desciende
la familia Bonín Córdova y sus alianzas.
Este era hijo de Juan Bautista Bonino Sanguinetti,
inmigrante de (Cueva de Pizarra) Cava Di Lovagno (pequeña
villa montañosa cercana a Rapalo y a Chiavari),
en la liguria (Italia) venido a Guayaquil a mitad
del siglo XIX y aquí casado Teresa Cuadrado
Yanez, de Sibambe, en La provincia de El Chimborazo.
Don Juan Bautista puso ferretería, le fue bien,
hizo fortuna, de viudo se dedicó a viajar con
sus numerosos hijos y después murió;
dejando el jardín a Luis, que amaba la belleza
y las flores y era casado con una señora Córdova,
oriunda del Callao. Así pues, cuando decidió
inaugurar su jardín al público, ya era
algo entradito en años y se había retirado
de los negocios. Entonces anunció en los periódicos
que estaba a la disposición de las familias
honorables de la ciudad que quisieran pasar gratos
momentos de alegría en sano esparcimiento y
en contacto directo con la naturaleza, admirando sus
rosales y otras clases de Plantas exóticas,
muchas de ellas traídas del Perú y Colombia;
así como sus cargados frutales, que también
podían aprovechar sin costo adicional alguno.
Demás está decir que el Jardín
fue sitio de moda y las familias lo visitaron por
muchos años, llevando sus canastas de comida
para almorzar en él. Otros iban con guitarras,
violines y mandolinas y hasta formaban "bandas
de señoritas decentes" que después
tocaban en las sabatinas colegiales. Todo esto sucedió
entre 1880 y el 96, porque entonces ocurrió
el famoso "incendio Grande" que quemó
la parte norte de la ciudad y arrasó con las
instalaciones del Jardín. En un abrir y cerrar
de ojos perecieron los rosales y los árboles
quedaron reducidos a cenizas. Bonín no resistió
muchos meses su tragedia y murió.
Personas que lo llegaron a conocer contaban y yo repito,
que era un experto cultivador de rosas. Las tenía
de todos los tamaños y colores, desde la "espléndida",
rosada y gigantesca, hasta la Rosa Perpetua traída
de Francia, que nunca muere.
También había la rosa Negra que de tan
púrpura pasa por ser de ese color y es muy
difícil y cara de conseguir. También
las había moteadas, pintadas, manchadas, según
como iban progresando sus injertos de unas variedades
con otras. Entre los árboles no faltaba el
Bálsamo traído del Perú cuya
resina cura, refresca y agrada a los sentidos. La
Jontaun, fruta china llamada entonces Chirimoya china,
el níspero frondoso y corpulento, la fragante
pomarosa, el cauje, el caimito, la granada espléndida
y tan medicinal por sus cualidades astringentes, el
mamey colorado y hasta habían las frutas silvestres
vulgares de Guayaquil que ahora ya no lo son tanto,
la ciruela de Castilla, la chirimoya y la guaba. Ya
podrá imaginar el lector los atracones de frutas
que se habrán pegado los chicuelos durante
sus paseos matinales por el Jardín de los Bonín
y como habrán regresado a sus casas, sucios
y cansados, pero ahitos de aventuras, de polvo y tierra.
Y pasaron los años y sobre el terreno donde
antes hubo tan magnífico jardín se comenzaron
a levantar unas cuantas covachitas para viviendas
de gente pobre. Sólo el recuerdo del sitio
seguía en la mente de nuestros mayores. Los
Bonín Córdova, empobrecidos con el Incendio,
habían cambiado de domicilio y vivían
por el centro; hoy sobre tan dilatado solar se levantan
casas de cemento que nada dicen al recuerdo, a no
ser que se consulten apolillados libros del siglo
pasado. Esta Historia solo es la memoria de lo que
fue o pudo ser, nada más.
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