TOMO IV
 
 
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TOMO II
TOMO III
     


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EL HIJO DEL RECTOR Y LA CASA EMBRUJADA
Recordando mis tiempos de estudiante viene a la memoria un raro y peregrino incidente ocurrido en la inauguración del curso lectivo de 1952-53, del que muchísimo de mis compañeros vicentinos aún guardan memoria.

Eramos casi un millar de muchachos ávidos da aprender y el primer día de clase los repetidores de año nos llevaron a visitar el Museo del Colegio, que poseía varios ejemplares de animales disecados y entre todos sobresalía un tremendo león, con garras, colmillos y enorme rabo terminado en forma de pompón, que era preciso observar.

El Museo funcionaba en un salón bastante obscuro y por demás misterioso, donde embelesados contemplamos al león y a otras piezas menores; había culebras, perros y gatos, colecciones de plantas y de mariposas, de piedras semipreciosas y de minerales comunes y que se yo que otras cosas más que ya no recuerdo por los años transcurridos.

Al siguiente recreo regresamos al Museo a seguir mirando al león y fue entonces que uno de nosotros se fijó en un enorme frasco tapado, en cuyo interior flotaba un niñito en alcohol. Gran susto para todos, pero como no sabíamos de qué se trataba, alguien trajo a uno de los grandulones del cuarto curso para que nos explique y allí nos desayunamos con exóticos conocimientos de antropología, medicina y educación sexual. Nuestro maestro de mentirijillas hizo su parte y nos señaló todos los pormenores del caso. Demás está decir que el feto fue punto central de nuestras conversaciones durante los siguientes siete días, algunos hasta regresaron a verlo con mayor detenimiento y como todas las cosas de este mundo, terminó por cansarnos.

Y pasaron varias semanas hasta que un día alguien de mi curso, que no quiero decir su nombre, tuvo una brillantísima idea. Quería jugarle una pasada a Lolita la bibliotecaria, monísima muchacha de no más de 18 años, que de tanto oír que era bella se había vuelto insoportable y ya ni el saludo contestaba. Era la única mujer entre mil hombres y los respetuosos piropos que recibía siquiera ascendían a cien por día, así es que cortó con todos sus admiradores y se portaba muy seria.

Para el efecto mi compañero llevó un tremendo esparadrapo donde había dibujado con su letra patuleca, grande y de imprenta, el siguiente rótulo: “Hijo del rector y de Lolita” y sin que nadie lo viera lo pegó en el frasco del Museo, que ese día volvió a llenarse de gente y qué de carcajadas y de chácharas se oía y qué de gritos y todo lo demás, al punto que el rector mandó al Inspector general Blas Toribio Torres a investigar lo que pasaba y al saberlo, cometió el error de ir personalmente y abriéndose paso entre los estudiantes tomó el frasco, llevándolo al rectorado. La procesión fúnebre fue grandiosa y mientras el pobre Rector subía las escaleras centrales que conducían a su despacho, algunos cómicos, aprovechando que no podía voltearse, llegaron a silvar la “Marcha Fúnebre” de Chopín, que aprendían en el Conservatorio. Ese día no pasó nada más, pero al siguiente nos pusieron en confesión y con gran alharaca se hizo saber que habíamos faltado al respeto en forma inusitada, que el rector estaba avergonzado y la bibliotecaria había recibido diez días de licencia con sueldo para irse a curar un resfrío al vecino balneario de San Vicente, de donde quedó el sonsonete de decirnos “Ándate a San Vicente” cuando alguien estaba agripado, costumbre que aún tenemos entre nosotros a pesar de los años transcurridos.

Entonces se puso de moda jugar la siguiente broma pesada, que a mi también me la hicieron y aún la recuerdo con disgusto.

Se corrió la voz que detras del Estadio del Colegio, atravezaba una callecita polvosa y desolada, donde había una “casa de citas”, tan misteriosa, que todos evitaban pasar por su puerta debido a que dentro existían unas mujeres malas que no sé que cosas le hacían a los chicos. Solamente algunos de sexto curso se habían atrevido a ir por allí, pero ni siquiera entraban, porque el asunto era perverso y extremadamente peligroso. También se contaba que a un chico, las tales mujeres malas lo habían tomado desprevenido” lo habían matado asfixiándolo con almohadas. Demás está decir que todos creíamos el cuento y jamás se nos hubiera ocurrido visitar ese sector, también es cierto que no teníamos necesidad de hacerlo porque se encontraba alejado de todo recorrido.

“La broma consistía en salir un grupo de estudiantes del plantel” y dar la vuelta por Lizardo García, como quién iba al Mercado Oeste a comprar unas hermosas naranjas dauleñas que allí vendían y al llegar a la entrada de esa callecita, tomar a uno de los menores del primer curso y llevarlo prácticamente en guando en dirección a la casa embrujada, con gritos y demás demostraciones propias de la muchachada. El pobre embromado, más sorprendido que asustado, al principio creía que la cosa no era en serio y hasta seguía la corriente y se reía del asunto, pero viendo que su situación iba haciéndose seria, empezaba a rogar y hasta hubo alguno que lloró y pidió disculpas, pero el grupo era inflexible y el asunto continuaba. Llegados a la puerta, se tocaba, salía una mujer fea y pintorrajeada a la ventana y decía: “Que entre el niñito”, todo esto con risas y a gritos. Entonces “el niñito” comprendía que estaba perdido y se defendía con puños y pies, algunos pudimos escapar, pero otros fueron aventados al interior, donde tres o cuatro mesalinas completaban la broma con gestos inmorales y luego le perdonaban la vida mandándolo a sus casas con cajas destempladas.

Así nos enteramos de ciertas cositas que de otra manera nunca las hubiéramos sabido en nuestras casas, que aunque la educación sexual fue solicitada por Alfredo Espinoza Tamayo para escuelas y colegios, allá por 1920, nunca se aplicó en Guayaquil.