TOMO IV
 
 
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TOMO II
TOMO III
     


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EL GUAYAQUIL DE LOS CINCO ESTILOS
Dicen que nuestra urbe es una de las más feas del mundo y así parece, pero la culpa no la tiene nadie en particular, ni siquiera el estado, que a fuerza de preterirnos ha convertido a la Perla del Pacífico en sitio de pobreza y desempleo; sin embargo, esa aparente fealdad tiene su razón de ser y vale la pena escudriñar.

Guayaquil se quemó en su mejor parte, en su centro comercial y arquitectónico, entre el 5 y 6 de Octubre de 1896; pero meses antes, el 12 de Febrero de ese año había sufrido la pérdida de varias manzanas, así es que entre ambos fuegos grandes las dejaron reducida a una mínima expresión, a solamente los barrios del Astillero y del Conchero, y como el primero de éstos también se quemó para el incendio del Carmen de 1902, sólo quedó el Conchero, que nunca fue gran cosa porque estaba en su periferia. El Conchero subsistió hasta los años 30, cuando Roura Oxandaberro plasmó esas últimas casitas coloniales en sus geniales plumillas.

Así pues, a raíz de 1896, Guayaquil comenzó a levantarse de los escombros con las maderas de la península de Santa Elena, y de allí arranca su actual aridez, porque a nadie se le ocurrió resembrar los árboles y poco a poco dejó de llover y avanzó el desierto cubriendo toda la península.

LOS CINCO ESTILOS
El primer estilo de casas construidas a raíz del Incendio Grande fue de madera de 1 y 2 pisos, con fachadas decoradas con motivos clásicos, columnatas y profusión de pechinas y medias naranjas talladas, grandes chozas de madera que complementaban el conjunto. Estas casas eran hermosísimas y muy frescas, pero ahora son verdaderas ratoneras por su avanzado estado de vetustez..

Desde 1910 en cambio, muchísimos vecinos del gran cacao, venidos de Europa, iniciaron la construcción de residencias fastuosas con cemento Portiand, que traían en barricas de Inglaterra. Estas casas fueron afectadas por el estilo entonces reinante llamado arte nuevo o (art nouveau) en sus interiores y exteriores. Columnas estriadas, decorados florales, animales mitológicos, líneas curvadas, detalles exóticos y actitudes fingidas. Eso era el art nouveau, pero cuando en 1916 empezó a declinar la producción cacaotera, por la monilla y la escoba de la bruja y el dinero comenzó a escasear, este segundo estilo no perduró mucho, languideciendo hacia 1925 y muriendo definitivamente con la quiebra de Wall Street y la recesión mundial de los 30, pero aún se puede admirar estos soberbios palacetes como el de la Zona Militar, que fuera residencia de Rogelio Benítez Ycaza; el antiguo Max Muller en Elizalde y Malecón; la casa de María Teresa Aspiazu en 9 de Octubre y Boyacá, hoy de Eljurí; la Municipalidad con sus cúpulas escamadas de plata, aunque tiene mucho de renacentista y así por el estilo, sería largo seguir enumerando edificios (art nouveau) en Guayaquil.

Con la recesión de los 30 se inició un tercer estilo, pobrísimo y enclenque, propio solamente de esta urbe, llamado el de las casas mixtas, sin fachada, todas ellas de madera menos las paredes perimetrales de ladrillos y la fachada que se revestía de hormigón para que enlucida y pintada, parezca aceptable. Por ventanas unos simples huecos y nada más. Este deplorable estilo subsistió hasta el auge del banano en 1948 y dio paso al siguiente.

El cuarto estilo podría llamarse del Banano y existió entre 1948 y 1974 que se inició el auge del petróleo y consistía en la liberación de las líneas para que se diluyan en el horizonte, a lo Lloyd Wright o a lo Le Curvoisier, arquitectos que planificaron en Estados Unidos y Francia la prolongación de los planos rectos y la funcionalidad y habilitabilidad de los interiores de las moradas y crearon modas y estilos paralelos al art. nouveau, que a su vez degeneró en el art Deco. Como ejemplo de este cuarto estilo tenemos la Villa denominada La Araña, ubicada detrás de la Iglesia de Urdesa; la villa que fue de Rodrigo Ycaza Cornejo en el barrio del Centenario y otras más. Son amplias, sólidas, tienen figuras oblongas en sus fachadas, a semejanza de riñones; usan colores fuertes y disonantes, contienen madera en sus interiores, pero solo como elemento decoratico, así también ventanas de hierro y columnas metálicas negras como sostenes de escaleras o dividiendo ambientes. En fin de cuenta, numerosos pormenores que las singularizan.

El último estilo, el quinto, el petrolero, está representado por enormes edificios de vidrio, mármol y aluminio. El Filanbanco, el Banco Central, el Banco del Pacífico y otras más podrían encajar en este último estilo, que por costoso ha sido poco utilizado en edificaciones particulares o en viviendas. Con todo, diariamente se ve alguna nueva casa petrolera cuyos interiores son preferentemente alfombrados de pared a pared, con aire acondicionado central y puertas de vidrio, incinerador, calentador, triturador y todo lo demás.

Para el año 2.000 el primero y tercer estilo, de casas de madera y mixtas habrán desaparecido. Quedará Guayaquil mejorada aunque aún no será bella como lo fue a principios del siglo XX, cuando era una ciudad uniforme, bajita, nueva, que brillaba y acogía por su sencilla pero señera arquitectura.