TOMO IV
 
 
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TOMO II
TOMO III
     


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EL GRAND HOTEL
Conocí el Grand Hotel allá por los años 46 cuando me llevaban a visitar a una prima hermana de mi padre que había arrendado una suite del segundo piso para vivir con su hija que la cuidaba.(1) Aun eran los tiempos de oro del Hotel, estaba en toda la moda y lo habitaban señoras de gran copete venidas en su mayor parte de París, después de haber vivido por largos años en la Europa de la postguerra, gozando de los restos de la bonanza del "gran cacao". Familias que conservaban la decorosa pobreza de los que habiendo tenido mucho habían perdido alguito.

Lo primero que se notaba en el amplio hall de entrada era una profusión de mesitas redondas y metálicas con lucientes planchas de mármol blanco importado directamente de Carrara y sillas de fuete y esterilla lustrosamente inmaculada, así como un ambiente afrancesado y exótico de perfumes fuertes y calor sofocante.

A eso de las cinco de la tarde comenzaba el desfilar de señoras y caballeros que bajaban de los pisos altos del hotel a sentarse a tomar el té con bizcotelas o lenguas de gato, porque entonces no se estilaban los sándwich que ahora son tan de moda, las colas o aguas gaseosas.

El té se servía con parsimonia, sin apuro, dando a las damas la oportunidad de admirar los vestidos y sombreros y hasta una que otra mano enguantada y enjoyada en exceso. Abanicos y plumas lloronas o paradas complementaban tan curioso cuadro. Al fondo y en el sitio de honor se divisaba un majestuoso retrato al óleo, de tres cuartos de cuerpo, del General Juan José Flores, primer presidente del Ecuador y antepasado de los Stagg Arrarte propietarios del Hotel.

(1) María Valdes Concha de Dillon y María Luisa Dillon de Arrarte.

En las principales mesas Angelina Marcos que reinaba en la sociedad de Guayaquil por su alegría, vitalidad e inteligencia; Delia Aguirre de Guzmán, Lola Aspiazu de Rosales, María Avilés de Aguirre, la Baronesa Garbe de Duroy de Bruignacq y su hija la elegante Carmencita, las Rodríguez de Ribas y Garbe, las Morla, las Puga, las Seminario, las Arrarte, las Aspiazu y tantas otras más que no recuerdo, llenaban el salón.

Se hablaba bajito en francés. Rosita de Ycaza Venegas conversaba con Clemente Manzano-Torres de Piedrahita y Pérez del Pulgar, un elegante y simpatiquísimo viejito que firmaba con todos esos rimbombantes apellidos, como aún recordarán los viejos de hoy. Se vestía a la francesa con profusión de finísimos encajes blancos de Alenson, heredados de madres a hijas y sedas y randas que llegaban hasta bien abajo de la rodilla. Los cuellos altos, el fino abanico de nácar, encaje, concha de perla o pintado al óleo, las gargantillas de perlas, los sombreritos con medio velo y los emplumados; tacones bajos, medias de seda blancas con mariposas de colores pintadas al óleo y hasta una que otra media de nylon que recién estaban llegando y eran muy caras por la guerra que acababa de pasar. Zapatos de dos colores, café con blanco para las damas y negro con blanco para los caballeros, a la moda de cocó Chanel.

Anillos y aretes de brillantes aparecían desde las siete de la noche como es de ley tratándose de esta piedra que sólo brilla como la Luna, cuando hay luz prestada, no natural; pero antes, a la hora del té, relucían las marquesas de esmeraldas verdes y zafiros azules y hasta uno que otro rubí rojo profundo corazón de pichón, de los que ya no existen en las legendarias minas de la India, porque se agotaron en el siglo XIX. ¡Tales las joyas!

Alguna señora bajaba apoyada en su dama de compañía, casi siempre europea y tan señora como su patrona. Otras se defendían sin necesidad de ayudantes. Teresita y Pepita Mendoza, sobrinas del legendario Conde Felipe Mendoza; Emilia Sániter de Ycaza, distinguida dama chilena de pelo plateado y piel sonrosada, gorda y buena como un bollo de pan. Carmen Baille Durán-Ballén, Frida Durkof de Stagg, las dos Norman de la Fosse, las dos Rendón Izquieta.

Hoy ya nada queda del gran cacao ni de esa sociedad afrancesada y sedeña de mis años mozos, el Hotel terminó por decaer y fue reemplazado por otros modernos y mejores. Su antigua sede está ocupada por las oficinas de la Empresa Municipal de Agua Potable y sus corredores, otrora profusamente adornados e iluminados, no son ni la sombra de lo que fueron porque todo "tiempo pasado” fue mejor, pero vive en el recuerdo de quienes lo conocimos y añoramos en esta evocación del Guayaquil que se fue.