TOMO IV
 
 
 TOMO I
TOMO II
TOMO III
     


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EL ENCANTO DE PLAYAS DEL MORRO
Hacia 1950 hacía furor el balneario de Playas debido a las obras que se estaban realizando para mejorarlo. La carretera era estable en invierno y verano y una ciudadela de hermosas villas de cemento construida por el Banco La Previsora y su activo Gerente Víctor Emilio Estrada, motivaban a los guayaquileños a trasladarse a esas playas y gozar de su mar.

“La Argentina” era la mejor camioneta de pasajeros que existía por entonces, manejada por el hábil volante Alberto Harb, fogueado en numerosas competencias automovilísticas, que terminó por instalarse a vivir en Playas donde puso una gasolinera que aún existe. El viaje duraba dos horas porque se corría a sesenta y solo los locos imprimían más velocidad. Se salía temprano a las nueve para llegar a las once; enseguida un largo baño y almuerzo a las dos de la tarde. Playas tenía aquellas épocas el ensueño propio de los pueblitos de nuestro Litoral que todavía no han conocido el progreso, era algo así corno un remanso de pescadores, una caleta dormida que sólo despertaba a medias y al conjuro de la presencia de los turistas. Sus callecitas interiores curvas y sinuosas, el parquecito cercado con una verja francesa muy de fines del siglo pasado, su iglesita y las casas viejas le daban un tono característico muy de acuerdo con los planes de descanso que todos llevábamos.

Recuerdo que por esos años aún existía la casita de caña donde murió mi abuelo Federico en abril de 1919, a consecuencia de un fulminante derrame cerebral. Acababan de arribar de Guayaquil y almorzó frugalmente, luego fue a dormir la siesta y como comenzara a roncar, costumbre que no tenía, lo fueron a ver y ya estaba agonizando. El traslado del cadáver fue todo un aparato porque la balandra encalló dos veces en los bajos del golfo y para aligerarla tuvieron que sacar el ataúd a un playón, donde permaneció mucho rato hasta que nuevamente fue embarcado con marea alta. El viaje duró un día por tantos incidentes penosos que no vienen al caso recordar.

Playas era famoso por su Hotel Humboldt, el mejor del país según decían y no sin razón, construcción ciclópea que aún es hermosa y le sirve de adecuado marco. También tenía otros hoteles de postín como el Playas donde había la rara costumbre de preparar paellas al aire libre los días domingos, delante de numeroso publico y golosos invernantes. El asunto tenía sus bemoles porque el cocinero español sacaba todos los ingredientes y los ponían en diferentes mesas. Una rima de leñas servía de fogón y allí la gran paella. De entrada refreía los aliños y condimentos en aceite de oliva, sofritaba el pollo y las otras carnes, luego ponía el agua y el arroz, dejaba cocinar, revolvía y al final iban los mariscos, verdadera corona gastronómica para cualquier paladar y todo esto en mitad del patio y con chiquillos traviesos que gritaban y corrían sin cesar. A solo S/.20 el plato de exquisita paella, que con un plato cualquiera se quedaba lleno hasta el día siguiente. Así era el Hotel Playas.

La pensión Mayer también tenía su atractivo pues era famosa por sus desayunos europeos, dignos del mejor gaznate. Resulta que servían numerosos panes, blancos y negros, suaves y duros, con platos de quesos y carnes, desde el jamón, la mortadela, el lomo y todo cortado finito a máquina para ayudar su ingestión. Mantequilla, mermelada y un tazón de café con leche, complementaban tan deliciosos desayunos que no los he vuelto a probar.

Su Gerente era el popular “gringo Mayer”, llegado a nuestras tierras muy a tiempo escapado de las persecuciones nazis. Tenía un si es no de mal genio, pero era bueno como el pan de dulce y a veces hasta pasaba por cándido. A él le sacaron el siguiente cacho que lo cuento por gracioso más que por verdadero. La pensión cerraba a eso de las once de la noche y después de esa hora cayó por allí el Dr. José María Ala-Vedra y Tama, que gustaba de usar todos sus apellidos, así es que tocó la puerta y se asomó el gringo a la ventana, pero como en Playas la luz se iba a las nueve y estaba muy oscuro, preguntó: ¿Quién ser? y el aludido Doctor le espetó: José María Ala-Vedra y Tama Figuerola de Colomina Moreyra de Vergara Ponce de León Santa -Coloma y Delgado, a lo que el asustado gringo solo atinó a responder: “Siento mucho, pero no haber camas para tanta gente” y cerró la ventana, dejando a su noble huésped con un palmo de narices.

También contaban los antiguos que un señor que no quiero mencionar porque el asunto es algo así como ridículo y jocoso, dizque un día se le ocurrió matar una tremenda chancha de su propiedad y con un chiquillo de servicio mandó a regalar varios paquetes de carne, manteca y tripas por el vecindario. “Mira quién llama, Juana” Es a Ud. señor, que lo buscan de parte de ... A ver, que deseas hijito I -Aquí le manda don ... estas libritas de carne de puerco, estas lonjas de manteca y unas cuantas tripitas para que haga caldo de manguera! “Ay que bien, dile de mi parte a tu patrono que le quedo muy agradecido y que por qué se ha molestado tanto acordándose de nosotros, que uno de estos días lo iremos a visitar para agradecerle personalmente”.

Y la escena se repitió como una docena de veces y ese día todos almorzaron riquísimo, la buena fritada, el crujiente chicharrón, el espeso caldo de manguera y hasta sobró para guardar para la noche un exquisito hornado.

Pero lo bueno llegó al día siguiente cuando el mismo muchacho volvió a visitar portando las cuentas, porque la carne de puerco no había sido regalada sino vendida y había que pagarla y allí surgieron las discusiones pero todos abonaron, quedando burlados con tamaña forma de vender y hasta en algunos ocurrió que de la furia por la tomadura de pelo, el chancho les pataleó; pero la venganza colectiva no se hizo esperar y de allí en adelante el bueno de don ... pasó a ser conocido con el apodo de “Carne Puerco” en nuestra historia chica.