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TOMO III
     


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EL DOCTOR MODESTITO
En su auto viejecito y asmático color café, de cuatro puertas y andar rencleante, el doctor Modesto Carbo Noboa paseaba orondamente por las calles de nuestro Guayaquil de no hace muchos años, siempre en pos de algún enfermo que visitar, para llevarle el consuelo de su presencia y hasta algún remedio gratis, de los muchos que repartía entre su clientela pobre, entre personas "vergonzantes", que es como antaño se denominaba a los que siendo pobres no podían darse el lujo de pedir caridad por tener nexos sociales con el señorío guayaquileño.

El doctor Carbo Noboa era muy querido y respetado y nunca vi a nadie que se le burlara de su "carcacha" que, como no tenía vidrios de seguridad, podía haber sido robada o destruida por manos enemigas, pero como él tampoco tenía malquerientes, el carrito jamás perdió ni un solo tornillo de su carrocería.

Entonces se decía que el doctor Carbo Noboa había sido uno de los mejores discípulos del genial Julián Coronel y que hasta tuvo la oportunidad de viajar a Europa en goce de una beca amiga, pero que no lo hizo porque prefirió acompañar a su mamá Tomasita Noboa y a sus numerosísimos hermanos y hermanas que siempre —de alguna manera— dependieron de él. Tan generoso sacrificio le dio desde joven una aura de santidad laica y le granjeó el respeto de los demás

Cuando el Dr. Julián Coronel estuvo en su lecho de moribundo, Carbo Noboa lo fue a visitar y se le sentó al lado de la cama; el maestro al verlo le dijo: ¡Ya sabía Modestito, que no podías faltar a mi rendes vouz! (despedida, en francés, para los lectores que no lo sepan).

Años después le dio al Dr. Modesto Carbo Noboa por meterse de narices en la investigación del cáncer y sus terribles consecuencias y para el efecto consiguió que María Luisa Luque de Sotomayor le comprara algunos caballos con los que comenzó a experimentar en un laboratorio que la sanidad le había prestado y con el tiempo se llenó de caballos y otros animales y poco a poco se fue absorbiendo en el problema al punto que por años, casi no lo veían salir de su cueva misteriosa y en eso llegó a ocupar el decanato de la Facultad de Ciencias Médicas de nuestra Universidad.

Y estando en ambas posiciones publicó un largo artículo de una página en el diario El Telégrafo que hizo furor en la urbe y por qué no decirlo en el resto del país; había descubierto el germen específico del cáncer y hasta lo había bautizado con un nombre muy nuestro. El Dr. Carbo Noboa cayó en boca de todos los médicos y profanos, unos lo alababan y otros lo atacaban. El asunto pasó como noticia al exterior, pero nadie contestó a nuestro científico llamado; los laboratorios enmudecieron, se dijo entonces que estaban experimentando con los descubrimientos de Carbo Noboa y que había que esperar. Hasta allí llegó la cosa, nunca se supo nada más. (1).

Sin embargo los médicos tomaron su desquite un sí es no egoísta y el Dr. Carbo Noboa renunció su Decanato y regresó a la tranquilidad de su hogar donde vivió muchos años más entre sus hermanas y hermanos, porque su madre lo abandonó de este mundo, cargada de años y bondades.

Y siguió investigando y recibiendo el parabién de una sociedad que reconocía en él a uno de los últimos exponentes de la medicina tradicional, que curaba con la sola presencia y con la confianza que infundía el médico viejo de familia, bueno para todo tratamiento, medio compadre y muy amigo del vecindario y así siguieron corriendo sus años viejos, al compás del reloj del tiempo que para él andaba lentamente.

(1) El microscopio electrónico, con el cual hubiera podido observar los virus que provocan el cáncer, llegó al país muchos años después que el Dr. Carbo Noboa publicara su investigaciones.
Un día la Municipalidad de Guayaquil lo nombró "Mejor ciudadano" y hasta lo condecoraron con medalla de oro, a él que nunca tuvo dinero ni metales de sobra, sino la modestia de su nombre y el cariño de su pueblo. Otro día un grupo de choferes de taxis formaron una Cooperativa y no tuvieron mejor homenaje que hacerle que poner su nombre a la Cooperativa y por allí andan dichos choferes con sus taxis amarillos en los que campea el nombre del abnegado médico.

Al final de sus días se vio atormentado por una hernia inguinal o algo por el estilo, que llegó a ser tan grande que hasta se le observaba a simple vista y a través del pantalón. Muchos médicos quisieron operarle pero él se resistía, como presintiendo que su fin se acercaba con o sin operación y al final murió en su ley, tranquilamente, y como su maestro también gozó en su "rendes vouz" de la afectuosa compañía que brindan los pueblos a sus guías, sobre todo si son espirituales.

Hoy su nombre y su figura aún son recordados y su carrito viejo se encuentra en el patio del Museo Municipal, mudo testigo de su fama y de su vivencia interior y comunitaria y si algún turista averigua el por qué de ese carro en sitio tan distinguido, recibe como única respuesta que es el "carrito del doctor Carbo Noboa", médico que fuera muy querido, y nada más.