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EL DOCTOR
MODESTITO
En su auto viejecito y asmático
color café, de cuatro puertas y andar rencleante,
el doctor Modesto Carbo Noboa paseaba orondamente
por las calles de nuestro Guayaquil de no hace muchos
años, siempre en pos de algún enfermo
que visitar, para llevarle el consuelo de su presencia
y hasta algún remedio gratis, de los muchos
que repartía entre su clientela pobre, entre
personas "vergonzantes", que es como antaño
se denominaba a los que siendo pobres no podían
darse el lujo de pedir caridad por tener nexos sociales
con el señorío guayaquileño.
El doctor Carbo Noboa era muy querido y respetado
y nunca vi a nadie que se le burlara de su "carcacha"
que, como no tenía vidrios de seguridad, podía
haber sido robada o destruida por manos enemigas,
pero como él tampoco tenía malquerientes,
el carrito jamás perdió ni un solo tornillo
de su carrocería.
Entonces se decía que el doctor Carbo Noboa
había sido uno de los mejores discípulos
del genial Julián Coronel y que hasta tuvo
la oportunidad de viajar a Europa en goce de una beca
amiga, pero que no lo hizo porque prefirió
acompañar a su mamá Tomasita Noboa y
a sus numerosísimos hermanos y hermanas que
siempre —de alguna manera— dependieron
de él. Tan generoso sacrificio le dio desde
joven una aura de santidad laica y le granjeó
el respeto de los demás
Cuando el Dr. Julián Coronel estuvo en su lecho
de moribundo, Carbo Noboa lo fue a visitar y se le
sentó al lado de la cama; el maestro al verlo
le dijo: ¡Ya sabía Modestito, que no
podías faltar a mi rendes vouz! (despedida,
en francés, para los lectores que no lo sepan).
Años después le dio al Dr. Modesto Carbo
Noboa por meterse de narices en la investigación
del cáncer y sus terribles consecuencias y
para el efecto consiguió que María Luisa
Luque de Sotomayor le comprara algunos caballos con
los que comenzó a experimentar en un laboratorio
que la sanidad le había prestado y con el tiempo
se llenó de caballos y otros animales y poco
a poco se fue absorbiendo en el problema al punto
que por años, casi no lo veían salir
de su cueva misteriosa y en eso llegó a ocupar
el decanato de la Facultad de Ciencias Médicas
de nuestra Universidad.
Y estando en ambas posiciones publicó un largo
artículo de una página en el diario
El Telégrafo que hizo furor en la urbe y por
qué no decirlo en el resto del país;
había descubierto el germen específico
del cáncer y hasta lo había bautizado
con un nombre muy nuestro. El Dr. Carbo Noboa cayó
en boca de todos los médicos y profanos, unos
lo alababan y otros lo atacaban. El asunto pasó
como noticia al exterior, pero nadie contestó
a nuestro científico llamado; los laboratorios
enmudecieron, se dijo entonces que estaban experimentando
con los descubrimientos de Carbo Noboa y que había
que esperar. Hasta allí llegó la cosa,
nunca se supo nada más. (1).
Sin embargo los médicos tomaron su desquite
un sí es no egoísta y el Dr. Carbo Noboa
renunció su Decanato y regresó a la
tranquilidad de su hogar donde vivió muchos
años más entre sus hermanas y hermanos,
porque su madre lo abandonó de este mundo,
cargada de años y bondades.
Y siguió investigando y recibiendo el parabién
de una sociedad que reconocía en él
a uno de los últimos exponentes de la medicina
tradicional, que curaba con la sola presencia y con
la confianza que infundía el médico
viejo de familia, bueno para todo tratamiento, medio
compadre y muy amigo del vecindario y así siguieron
corriendo sus años viejos, al compás
del reloj del tiempo que para él andaba lentamente.
(1) El microscopio electrónico, con el cual
hubiera podido observar los virus que provocan el
cáncer, llegó al país muchos
años después que el Dr. Carbo Noboa
publicara su investigaciones.
Un día la Municipalidad de Guayaquil lo nombró
"Mejor ciudadano" y hasta lo condecoraron
con medalla de oro, a él que nunca tuvo dinero
ni metales de sobra, sino la modestia de su nombre
y el cariño de su pueblo. Otro día un
grupo de choferes de taxis formaron una Cooperativa
y no tuvieron mejor homenaje que hacerle que poner
su nombre a la Cooperativa y por allí andan
dichos choferes con sus taxis amarillos en los que
campea el nombre del abnegado médico.
Al final de sus días se vio atormentado por
una hernia inguinal o algo por el estilo, que llegó
a ser tan grande que hasta se le observaba a simple
vista y a través del pantalón. Muchos
médicos quisieron operarle pero él se
resistía, como presintiendo que su fin se acercaba
con o sin operación y al final murió
en su ley, tranquilamente, y como su maestro también
gozó en su "rendes vouz" de la afectuosa
compañía que brindan los pueblos a sus
guías, sobre todo si son espirituales.
Hoy su nombre y su figura aún son recordados
y su carrito viejo se encuentra en el patio del Museo
Municipal, mudo testigo de su fama y de su vivencia
interior y comunitaria y si algún turista averigua
el por qué de ese carro en sitio tan distinguido,
recibe como única respuesta que es el "carrito
del doctor Carbo Noboa", médico que fuera
muy querido, y nada más.
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