TOMO IV
 
 
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TOMO II
TOMO III
     


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EL CONDE MENDOZA
Era Felipe Mendoza Coello uno de los más rumbosos caballeros del gran cacao guayaquileño de los años 20. Alto, gordo, trigueño, de mediana edad e imponente en toda su figura, que paseaba por las mejores playas y balnearios de Europa gastando dinero y asombrando con su generosidad. Una noche, en el Hotel Negresco de Niza, hubo un fastuoso baile de disfraces en celebración del Carnaval y de premio dieron al ganador el título de Conde por un día con gastos pagados y todo lo demás. ¿Quién creen Uds. que se sacó el premio? Don Felipe, por supuesto, que se disfrazó de Luis XVI y hasta se echó unas cuantas joyas encima para hacer más magnificente su atuendo y ganó por aclamación. Al día siguiente disfrutó muchísimo del título y como era propinador, los empleados del Hotel, mas por servrlísmo y adulo que por otras razones, le siguieron llamando "Señor Conde" y se quedó con ese apodo, que le venía de perillas para alargar su vanidacita, que no era poca.

De regreso a sus haciendas en Vinces, sobre todo en “Cañafístula” que era un imperio por la grandeza de su extensión, don Felipe siguió siendo “el patrón” o el “señor Conde” y cuando venía a Guayaquil muchas gentes se lo decían, hasta que el apodo se hizo carne de su carne y parte de su personalidad y después nadie se lo quitó. Aún hoy, hay personas que aseguran que efectivamente era Conde. La magia se ha hecho realidad!.

Don Felipe tenía costumbres principescas. Una Limousine café grande, impoluta y brillosa lo seguía despacito cuando él paseaba a pie por el boulevard, a eso de las 5 de la tarde para que todo el mundo lo viera. La Limousine era manejada por un chofer negro, medio guardaespaldas porque el Conde tenía pleitos con algunos vecinos y uniformado de verde, con botas de cuero negro y hasta gorra de capitán. Todo un espectáculo.

Don Felipe se había traído de Francia a Madama Rachelita Jantet Guillemont, hermosísima francesa, rubia y olorosa a esencias de Balmain, que lo acompañaba a todas partes. Unos decían que eran casados, pero a nadie constaba nada. Después se supo que sí lo eran.

“El Conde y la Condesa” daban hermosas fiestas en sus haciendas y la maldad de algunos envidiosos sacó la conseja que después de esas veladas, la Condesa arrojaba a alguno que otro invitado a la lagartera que se había hecho construir por allí cerca, donde los numerosos lagartos daban buena cuenta de ese amante. Todo esto, por supuesto, eran puras mentiras, pero habían tontos que se lo creían y aún se repite a pesar de los años transcurridos.

Semanalmente le llegaba al Conde, de su hermosa hacienda en Vinces, un lanchón cargadito de sacos de cacao, que él vendía en Aspiazu State Limited o en L. Guzman e hijos, o en cualquier otra casa de productos agrícolas y así, su cuenta corriente nunca decaía en los bancos y había dinero para todo, hasta para pagar el mejor palco en el antiguo teatro Olmedo cuando llegaban las compañías de operetas y zarzuelas, se quitaban las bancas de la platea y quedaba convertida en pista de baile durante el Domingo de Carnaval.

Entonces el Conde y la Condesa concurrían con Germán Lince Sotomayor (su grande, afectuoso y amigo, tan simpático como ocurrido), y con su hermana Alicia Mendoza, que estaba soltera. En uno de esos bailes Germán le presentó a Alicia a su primo Carlitos de Sucre y Sotomayor, surgió el romance y hubo matrimonio.

La pareja se fue a vivir en París donde Carlitos fue designado Cónsul General del Ecuador y allí estuvieron muchos años, sin tener hijos, hasta que el cónsul murió y Alicia regresó al país.

Germán era reputado el mejor bailarín de tangos en la ciudad y con permiso del Conde sacaba a la Condesa y daba verdaderas demostraciones en el arte de Tepsícore, ganándose los aplausos de la concurrencia, que no sabía qué admirar más, si la belleza de la Condesa o su agilidad de experimentada bailarina.

Pero como toda felicidad toca a su fin, el Conde se vio envuelto en el asesinato de su sobrino Enrique Mendoza Lassavaujeaux, con quién mantenía inquinas de fronteras familiares y hasta fue a dar a la cárcel, de donde salió muy maltratado y murió en breve. Ya comenzaban a declinar sus haciendas, que quedaron en poder de doña Rachelita, que por bella nunca fue enhacendada y concedió su poder General a Rodrigo Icaza Cornejo, que tampoco lo era, quien contrató de administrador a Anacleto Macías. Ahora nada queda de todo eso porque el IERAC se comió lo que dejaron los años y sólo nos queda la gloria y el recuerdo del Señor Conde don Felipe, que todo tiempo pasado fue mejor.