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EJERCICIOS
DE AGUA
Entre las costumbres típicas
de nuestra urbe que hoy se han perdido casi por completo,
están los famosos ejercicios de agua del Cuerpo
de Bomberos que se realizaban a lo largo del Malecón
preferentemente, aunque a veces se hacían en
el Boulevard o en un sitio abierto cualquiera.
Estos ejercicios eran la delicia de la muchachada;
nos poníamos trajes especiales, que entonces
no se estilaban los pantalones de baño ni las
pantalonetas deportivas de hogaño y salíamos
de nuestras casas dispuestos a todo.
Se sabía que iba a realizarse el Ejercicio
porque publicaban la noticia por los periódicos
con varios días de anticipación para
cosechar mayor concurrencia de público y así
las cosas, un domingo cualquiera del año, las
motobombas del Cuerpo de Bomberos, con sus escaleras,
tanqueros, mangueras y pitones se estacionaban cerca
de los hidrantes y comenzaba el espectáculo
a las diez de la mañana, con un formar de las
Brigadas en perfecto orden militar y el desfile de
coroneles jefes con sus casacas rojas de combate,
que las azules de fantasía reservaban para
los desfiles y ceremonias de gran solemnidad.
Cada Bombero vestía su pantalón de dril
blanco con raya a los lados, su casco alero y alto
donde constaban el glorioso nombre de su Bomba y el
número que tenía asignado, cinturón
negro y ancho de cuero y botas de hule.
Al fondo se alineaba el público y en medio
los muchachos que nos prestábamos para ayudar,
es decir, para importunar con necedades; pero ellos,
comprendiendo nuestra innata vocación bomberil,
nos permitían todo. Entonces el Cuerpo tenía
varios bomberos con fama de locos por su arrojo en
el ataque al fuego, el desprendimiento que hacían
de sus vidas, por su heroísmo demostrado en
numerosas ocasiones y en fin, porque eran líderes
de sus compañías. Recuerdo a un negro
venerable y gigantesco que murió de diabetes
a consecuencia de una herida ligera provocada en un
incendio, se llamaba el Coronel Álava y cuando
desfilaba por 9 de Octubre no había nadie más
aplaudido ni más condecorado, cada una de sus
medallas había sido ganada en dura lid contra
el enemigo común. Otro Jefe famoso era Aurelio
Carrera, igualmente alto y fornido, amigo de las chanzas
y por ende muy popular entre los bomberos, a quienes
conocía por sus nombres y apellidos, amén
de sus respectivos apodos.
Al darse la voz de ataque las mangueras conectadas
empezaban a lanzar agua que daba miedo, los pitones
eran pesados y los chorros fuertes, se necesitaban
brazos hercúleos para dirigirlos. Otros armaban
las escaleras para subir a las ventanas, los menos
las escalaban y hasta los hacheros rompían
uno que otro madero colocado exprofeso. Las columnas
de hacheros eran las mejores porque allí estaban
los bomberos más ágiles para subir y
más fuertes para demoler y de allí salían
las víctimas a la hora de morir en defensa
de la propiedad ajena. A la media hora de ejercicio
no quedaba bombero seco ni entre los jefes ni entre
los subalternos, el gusto era mojarse, salir empapado
y pavonearse destilando. El público gustaba
moverse y gritar para evitar los pitonazos que de
vez en cuando el Benemérito Cuerpo les dirigía
para salar la reunión. Entonces corrían
los vendedores con sus charoles, las damas abrían
sus paraguas que no eran tan tontas como para presenciar
un ejercicio al descubierto, los caballeros cubrían
con sus cuerpos a las señoritas y éstas
se agarraban y empezaba el sobajeo. Los muchachos
se encargaban unos a otros los zapatos y gozaban pata
al suelo con el resultado de que en muchas ocasiones
regresábamos a la casa con zapatos cambiados
o sin ellos y allí venía el reto y al
día siguiente la compra de un nuevo par en
la zapatería de Evangelista Calero, porque
era raro que tuviéramos más de dos pares,
a duras penas teníamos uno para el colegio
y otro para visitar. No había zapatos de caucho
como ahora y los primeros que salieron eran tan apestosos
que ningún muchacho quería usarlos por
más de una semana.
Las chicuelas también tomaban parte en el saínete
desde las ventanas de las casas del malecón,
que se atestaban con rostro juveniles del bello sexo.
Ellas para aplaudir un ataque, para invitar a algún
fornido legionario a que arme su escalera hasta el
balcón y trepe, para que les dirija un chorrito
pero no muy fuerte, algo así como un rocío
y no a la cara sino al alero de la cornisa para que
las empape ligeramente.
Si el bombero obtenía el permiso de su jefe
para subir, entonces lo agasajaban con un vasito de
jugo servido en fino vaso de cristal europeo y con
su respectiva servilletota de olan, que entonces las
servilletas medían casi 40 centímetros
por lado y algunas conocí que eran hasta más
grandes y desflecadas por añadidura. El pobre
bombero bebía su jugo, pedía disculpas
por mojar el piso de madera con sus botas y se secaba
los labios con la servilleta, lo que era una tontería
porque todo él estaba mojado, pero así
era la costumbre de los años 45 al 50 y había
que cumplir ese precepto.
A eso de las once el Ejercicio decaía en intensidad
por cansancio de los legionarios o simplemente porque
el agua empezaba a escasear, entonces entraban los
vendedores ambulantes a hacer su agosto y salían
las empanadas de verde y de morocho, los vasos de
chicha de jora y de arroz, los sabrosos come y bebe
de badea o las ensaladas de fruta en jugo de naranja.
Una banda de música de alguna institución
militar, que los bomberos nunca tuvieron banda, alegraba
la reunión y luego se comenzaba de nuevo, pero
a la inversa, enrollando las mangueras, secando los
utensilios de trabajo, guardándolo todo en
las motobombas y a eso de las once y media se volvían
a formar, saludaban a la concurrencia y marchaban
militarmente a sus Compañías, radiantes
de júbilo y bien fresquitos a pesar del solazo
y del calor reinante en el ambiente, que se había
vuelto húmedo en extremo.
Nunca faltaban los chambones que sufrían contusiones,
resbalones y hasta caídas; en alguna ocasión
hubo uno que otro hueso roto, sobre todo costillas,
que eran las más proclives a sufrir en esta
clase de acontecimientos, pero todo se sufría
por el espectáculo y llegando a los locales
cada bombero se cambiaba de ropa y menudeaban los
tragos de licor fuerte para el frío, que ponían
de sus bolsillos los comandantes y los padrinos, luego
se servían un ágape de compañerismo
consistente en el rico seco de chivo, la guatita y
hasta un tallarín de gallina, que era el plato
de ley cada domingo en el Guayaquil de esos tiempos.
A las dos regresaban los sobrios a sus casas a dormir
el cansancio de tanto corre corre, pero los jumos
quedaban en el local, libando y cantando hasta bien
entrada la madrugada del lunes, con el resultado de
que no iban a trabajar ese día.
Ignoro si ahora seguirán los ejercicios de
agua, creo que no serán como antes porque existen
pocas casitas de madera y sobran las de cemento y
con ellas no va el líquido elemento. ¡No
señor, con ella no va"!.
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