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TOMO II
TOMO III
     


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DE VIAJE CON MI ABUELITO
Entre los cuentos que me acuerdo haberle escuchado a mi abuelito Juan Luis, (1) uno de los más hermosos y al mismo tiempo didáctico y moralista es el del viaje imaginario al huerto de frutas. Cuento que embelesaba sin asustar, fiel reflejo del carácter de mi abuelito, sencillo y apacible como sus azules ojos, tan límpidos y de mirar tan suave, que aun me parece estarlos viendo después de 36 años de haber ocurrido su muerte. (2).

El cuento era bellísimo y encantador, incitaba a la generosidad y a compartir los bienes de la tierra sin egoísmos ni pendencias. Era más o menos así: Un sábado, día de la virgen María, un abuelito invitaba a sus numerosos nietos a visitar una granja donde había un enorme huerto de frutas. El paseo se hacía por la mañana, siguiendo una caminito estrecho y florido, que también llevaba a una gruta donde los romeriantes depositaban una ofrenda a la imagen de la Virgen. Todos del brazo y en formación, comenzaba la marcha. El abuelito delante con su bastón y los nietos atrás brincando y saltando de contento. De trecho en trecho el abuelito arrancaba frutas y las distribuía por igual. Primero las naranjas frescas y sabrosas, amarillas y anaranjadas, porque las había de esas dos clases (mi abuelito aprovechaba para dar un discurso sobre la bondad de esa fruta, indicando que las había grandes y pequeñas, dulces y ácidas con pepas y sin ellas; la importancia de las hojas, etc.) luego venían las chirimoyas (aquí hablaba de sus viajes a Puna antigua y del paso del Golfo en Balandra, con un recuento pormenorizado de alguna que otra aventura de juvenilia), en seguida pasábamos a la pomarosa, el cauje, el caminito, el mamey, el níspero, la guayaba (nos explicaba cómo se hacía el dulce y su diferencia con la Delfica, hasta nos daba la receta de esta última ) al fin se llegaba a la gruta, allí los cristianos caminantes rezaban a la Virgen y le solicitaban protección y gracias. (El abuelo nos enseñaba unas cuantas canciones religiosas escuchadas en su niñez en Quito y otras oídas en Europa). Entonces venía lo mejor. Porque todos nos sentábamos a comer las frutas que habíamos guardado ea nuestros imaginarios canastos.

Repuestas las fuerzas, exaltados los sabores, en contactos con las flores y el paisaje. Llegábamos a la granja, donde nos recibían muy bien, con dulces de diferentes sabores (otro discurso sobre los dulces más buenos y un sermón sobre lo malo que es comer y no lavarse los dientes). Al fin emprendíamos el retorno portando siempre nuestras canastas y entonces era de ver lo que traíamos, desde una sandia, melones, cocos, papayas, uvas de tres colores porque las habían rosadas, negras y verdes (todo es posible en un cuento) hasta una deliciosa torta de chocolate con que nos había agasajado el dueño de la granja amigo del abuelo. Para colmo de felicidad encontrábamos a numerosos amigos y parientes y compartíamos con ellos nuestros alimentos. La historia terminaba donde la abuelita que aceptaba los presentes y premiaba con caricias, antes de acostarnos.

Este cuento era perfecto para la mentalidad de un niño de menos de seis años, presentaba un mundo amable, donde todo se obsequiaba; la generosidad hacía que compartiéramos las frutas y nuestra canasta permanecía llena de cosas apetitosas. Felices tiempos aquellos, se leía el "Kempis", el Catecismo Explicado y la Historia Sagrada, no se conocía la TV y la radio era artículo de lujo, sólo reservado para unas cuantas mansiones del centro de la urbe. Las gentes disponían del tiempo necesario para conversar, se gustaba de la sobremesa y los cuentos eran parcela destinada al uso de la niñez.

Así crecí en el Guayaquil de los años 40, amablemente sin apuros ni forzadas contorsiones como ahora ocurre al ritmo del rock.

(1) Juan Luis Pimentel Tinajero, nació en Quito, en 1870 y falleció en Guayaquil en 1947 de 77 años de edad, a consecuencia de un segundo derrame cerebral. Nunca fue político. Toda su vida fue contador y apoderado de firmas comerciales alemanas. Sus últimos años fueron amargados por la II guerra mundial. Entró en la lista negra y era obligado a concurrir al consulado americano de Guayaquil a responder absurdas preguntas que le hacían los cónsules. Sus pocos bienes fueron “congelados” y pasó duras pruebas. Antes de morir le devolvieron sus cosas y "le pidieron disculpas por haberlo molestado 4 años".

(2) Este relato se escribió en 1.983.