..............................................................................................................................................................................................................
|
DAVID
LEDESMA, SABIO NIÑO FUGAZ
Cuando se suicidó el Viernes
Santo 30 de Marzo de 1961 a duras penas lo había
visto dos o tres veces en la Casa de la Cultura, sin
embargo recuerdo su contagiosa alegría y febril
actividad.
Ya su nombre era familiar en las letras. León
de Greiff y Alejandro Carrión —para mencionar
sólo a dos de sus críticos— habían
alabado su fuerza metafórica y la grandeza
desolada de sus poemas, aparte que como activista
cultural hacía radioteatro. Todo augurábale
un gran porvenir y varios viajes a Venezuela y al
sur del continente en plan trashumante, errabundo
y aventurero, lo habían convertido en un ser
mundano, seguro de sí mismo.
Su atildado padre, Ministro Juez de la Corte Superior
de Justicia, le había advertido: "David,
con la vida no se juega. Deja la poesía y la
bohemia y pórtate serio. ¿Porqué
no imitas a tu hermano? (Militar que había
muerto con gloria en la invasión peruana del
41) pero David era un ser especial que no podía
ser como los demás y eso le preocupaba. "Estoy
sólo, no encuentro la pareja, soy como un unicornio",
conflicto que se agudizaría con su viaje a
La Habana invitado por Fidel Castro.
David no era comunista ni nunca fue político,
simplemente vivía los primeros tiempos de la
revolución cubana y admiraba a ese pueblo en
armas que acababa de derribar a un tirano. En Guayaquil
mantenía un programa radial denominado "Aquí
Cuba", empujado por su amigo Nazario Román.
En enero de 1961 se hospedó en la suite No
1.428 del Hotel Hilton, expropiado y rebautizado por
la revolución como "Hotel Habana Libre",
donde concedió un reportaje de prensa. La fotografía
que entonces se tomó, reproducida en 1962 en
su "Cuaderno de Orfeo", es la misma que
hoy ilumina este artículo.
En Febrero regresó a Guayaquil desilusionado
de la crudeza de la revolución. Dado su hondo
lirismo, más propenso a la contemplación
de la belleza y al humanismo que todo lo comprende
y lo perdona, odió la dura realidad de una
sociedad que comenzaba a militarse. Además,
eran los tiempos de juicios y paredones de fusilamiento.
Quizá si hubiera regresado después de
esos años habría cambiado de opinión,
pero la muerte salió a su ENCUENTRO tal como
él la había previsto en su poema "La
Risa del ahorcado o la corbata amarilla".
Han transcurrido 25 años desde ese día
y David no tiene biografía, sólo unos
cuantos versos y datos sueltos, algunas publicaciones
de prensa y un vano intento mío por comprender
su drama a medias, solo eso ofrece testimonios de
su paso por la vida. Falta la valoración total,
la Antología y la publicación de sus
Obras Completas donde sus parvos poemarios hablarán
a las nuevas generaciones, mis comprensivas y más
afectuosas que lo descubrirán. ¿Por
qué me interesan estas cosas?.
Prácticamente fuimos de la misma generación
y viví parte de los años suyo, que también
fueron míos, de diferente manera. Jamás
he viajado a Cuba. En cambio trabajé un año
en New York asistiendo a los comienzos de la era de
los Beatles, preludio de la gran revolución
blanca de la juventud mundial que aún no termina
y que lucha contra las injusticias del mundo, ya sea
que vengan disfrazadas de guerras patrióticas
como en Viet Nam o de alucinantes paraísos
de consumo donde la riqueza afrenta a los pobres del
mundo. Y si David vibró con un saxo en el funeral
de Eurídice, no tanto como toque anacrónico
de genial humorismo, sino como efecto vital para la
actualización del misterio del amor, el resto
de su generación lo hizo con la balada y el
rock de protesta. Así pues, luego de esta formal
disculpa, cabe seguir hablando de su personalidad,
enérgica y conflictiva, al punto que lo llevó
a ser un rebelde inconforme y le ocasionó profundas
angustias y ansiedades agravadas al final por una
dolorosa otitis que no lo dejaba en paz.
Tampoco está demás que indiquemos al
lector inadvertido que el suicidio de David fue quizá
lo menos importante de él, pues ya había
muerto cuando comenzó a interrogarse sin encontrar
la solución posible. Por eso a sus veintiséis
años escasos fue calificado por su amiga Ileana
Espinel, como "sabio niño fugaz"
en inolvidable poema: //Solo podremos olvidarte el
día / que perezca la raza del lamento, /que
se hiele la faz del sentimiento,/ que se agoste la
flor de la poesía. //Sólo podremos olvidarte
el día / que se acabe la magia del tormento
/ inconmovible de tu amor sediento / y de tu voz anclada
en la elegía. //Sólo podremos olvidarte
el día / que la muerte nos traiga la alegría
/ de columpiar tu vértigo dorado . . . / El
día puro, inmarcesible y alto / que el destino
construya nuestro salto / a la orilla inmortal que
te has ganado//.
|
| |
|