TOMO IV
 
 
 TOMO I
TOMO II
TOMO III
     


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CONVERSACIONES ENTRE MAYORES
Los padres de antaño no permitían a sus hijos intervenir en la conversación de los mayores, por eso eran sacados de las piezas donde se reunían los viejos a charlar. Como anécdota contaré que cierto caballero que caminaba por el boulevard se resbaló y rompió la clavícula. Llevado a la clínica Edmundo Vera fue operado y diariamente le lavaban la herida con agua de permanganato. Semanas después asistió a una fiesta y delante de varias damas refirió los lavados en la clavícula; pero una de ellas, por tonta no por inteligente confundió la clavícula con otro órgano menos inconsciente hizo retirar a sus niñas creyendo que el señor había tenido una enfermedad venérea, que entonces también se curaba con tales lavados y dizque dijo asustada; ¡Chicas, váyanse a otro lugar ¿no ven que el caballero está relatando una enfermedad secreta en su clavícula?.

En otra ocasión una señorita de más o menos treinta y cinco años fue retirada con mucha delicadeza, para que no escuchara chistes verdes. Su padre le dijo: "Luisita, anda al comedor y trae la bombonera, pero antes, prepáranos un jugo de naranjas en la cocina. Así se desprendía de su incómoda compañía y podía contar lo que quería. Y me salió en verso sin mayor esfuerzo.

También era costumbre prohibir a los chicos que salgan a la sala cuando habían visitas. Mi abuelo estudiaba abogacía en la Universidad de Cuenca cuando ocurrió el fusilamiento del héroe liberal Luis Vargas Torres. Terminadas las clases regresó a Guayaquil y fue a visitar a su amigo Carlos Concha Torres para darle el pésame por la muerte de su medio hermano. Llegado a la casa, fue introducido a la sala y comenzó a relatar los pormenores de tan doloroso suceso, así es que en contra de la costumbre, mi bisabuela hizo venir a todas sus hijas para que escucharan y al llegar la conversación al punto culminante, cuando los soldados de la escolta dispararon al cuerpo y el héroe cayó herido de muerte para ser rematado con un tiro de gracia en la cabeza, doña Delfina sufrió un vahído y sus hijas la llevaron al dormitorio donde la acostaron; mientras tanto y sólo por educación, mi abuela Teresa debió permanecer en la sala haciéndole compañía al visitante y surgió un romance que siete años después terminó en el altar; pero esto era la excepción, porque siempre que había visitas se obligaba a las jóvenes a encerrarse en sus dormitorios. Al respecto González Suárez contaba que en los años que tenía visitando la casa de su amigo el Dr. Leonidas Batallas, sólo había visto y saludado dos o tres veces a las hermanas solteras de él, puesto que ellas se encerraban cada vez que había alguien extraño en su domicilio. Demás está decir que dichas señoritas murieron solteras y gozando de una merecida fama de santidad, porque el día entero pasaban rezando.

De todo esto se concluye que antes las jovencitas se criaban tímidas y retraídas, alejadas del mundo, creyendo que por su sexo estaban incapacitadas para las grandes empresas de la vida. El lugar de toda mujer cristiana era su hogar y de él no podía salir, solo de pena de alterar las normas egoístas de una sociedad dominada por los machos, únicos capaces de pavonearse por calles y plazas sin perder el honor. A esta situación social se ha dado en llamar la etapa mariana de la mujer en el Ecuador, porque su ideal fue la Virgen María, modelo de esposa y madre. Luego vendrían los días de la liberación que estamos viviendo, donde la mujer se siente capaz de competir exitosamente con los varones, en igualdad de condiciones y aún superarlo en muchos casos. Ya no se las esconde cuando hay visitas ni se las retira de las conversaciones, ahora participan de ella.

En otras casas se les prohibía hasta el uso de las ventanas que siempre se mantenían cerradas porque ¿para qué abrirlas?. Esta costumbre venía de Andalucía en España, donde las ventanas se cierran durante los meses del caluroso verano para impedir que el viento que sopla desde el Sahara, entre a las casas y las convierta en hornos. Aquí en la costa hubo pueblos como Riochico en Manabí, donde las mujeres jamás se asomaban y los matrimonios se concertaban entre los padres, a veces sin que los novios se conocieran. En Guayaquil la mujer solía asistir a misa casi de madrugada para estar de regreso al hogar antes que la gente transitara por las calles, evitando el contacto personal con el mundo exterior, en lo posible. Y hasta existían misas especiales a las cinco de la mañana para las personas que mantenían uniones libres y que no deseaban que las observen.

En los cines había los palcos de duelo, ubicados en ambos costados del escenario y con venecianas que podían subirse y bajar. A esos palcos llegaban las personas que habían perdido a algún ser querido dos o tres meses antes y que deseaban distraerse sanamente, sin provocar el escándalo social al romper un duelo que según las normas establecidas por el "Manual de urbanidad y buenas maneras" de Carreño, debían durar cuando menos un año o algo más.

Las viudas sobre todo, eran muy cautelosas al respecto, para no dar qué hablar de su dolor, el mayor de todos los dolores sociales; por eso cuando se casó la Marquesa de Solanda con el General Isidoro Barriga, pocos meses después de haber enviudado del Mariscal Sucre, fue tal el escándalo, que la partida matrimonial se anotó en forma por demás escueta, como significando que el acto era poco menos que vergonzoso. Sin embargo la Marquesa dijo después: "Con Sucre me casaron, con Barriga me casé" y fue feliz en su matrimonio por amor, que duró hasta la muerte de Barriga.