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CONVERSACIONES
ENTRE MAYORES
Los padres de antaño no permitían
a sus hijos intervenir en la conversación de
los mayores, por eso eran sacados de las piezas donde
se reunían los viejos a charlar. Como anécdota
contaré que cierto caballero que caminaba por
el boulevard se resbaló y rompió la
clavícula. Llevado a la clínica Edmundo
Vera fue operado y diariamente le lavaban la herida
con agua de permanganato. Semanas después asistió
a una fiesta y delante de varias damas refirió
los lavados en la clavícula; pero una de ellas,
por tonta no por inteligente confundió la clavícula
con otro órgano menos inconsciente hizo retirar
a sus niñas creyendo que el señor había
tenido una enfermedad venérea, que entonces
también se curaba con tales lavados y dizque
dijo asustada; ¡Chicas, váyanse a otro
lugar ¿no ven que el caballero está
relatando una enfermedad secreta en su clavícula?.
En otra ocasión una señorita de más
o menos treinta y cinco años fue retirada con
mucha delicadeza, para que no escuchara chistes verdes.
Su padre le dijo: "Luisita, anda al comedor y
trae la bombonera, pero antes, prepáranos un
jugo de naranjas en la cocina. Así se desprendía
de su incómoda compañía y podía
contar lo que quería. Y me salió en
verso sin mayor esfuerzo.
También era costumbre prohibir a los chicos
que salgan a la sala cuando habían visitas.
Mi abuelo estudiaba abogacía en la Universidad
de Cuenca cuando ocurrió el fusilamiento del
héroe liberal Luis Vargas Torres. Terminadas
las clases regresó a Guayaquil y fue a visitar
a su amigo Carlos Concha Torres para darle el pésame
por la muerte de su medio hermano. Llegado a la casa,
fue introducido a la sala y comenzó a relatar
los pormenores de tan doloroso suceso, así
es que en contra de la costumbre, mi bisabuela hizo
venir a todas sus hijas para que escucharan y al llegar
la conversación al punto culminante, cuando
los soldados de la escolta dispararon al cuerpo y
el héroe cayó herido de muerte para
ser rematado con un tiro de gracia en la cabeza, doña
Delfina sufrió un vahído y sus hijas
la llevaron al dormitorio donde la acostaron; mientras
tanto y sólo por educación, mi abuela
Teresa debió permanecer en la sala haciéndole
compañía al visitante y surgió
un romance que siete años después terminó
en el altar; pero esto era la excepción, porque
siempre que había visitas se obligaba a las
jóvenes a encerrarse en sus dormitorios. Al
respecto González Suárez contaba que
en los años que tenía visitando la casa
de su amigo el Dr. Leonidas Batallas, sólo
había visto y saludado dos o tres veces a las
hermanas solteras de él, puesto que ellas se
encerraban cada vez que había alguien extraño
en su domicilio. Demás está decir que
dichas señoritas murieron solteras y gozando
de una merecida fama de santidad, porque el día
entero pasaban rezando.
De todo esto se concluye que antes las jovencitas
se criaban tímidas y retraídas, alejadas
del mundo, creyendo que por su sexo estaban incapacitadas
para las grandes empresas de la vida. El lugar de
toda mujer cristiana era su hogar y de él no
podía salir, solo de pena de alterar las normas
egoístas de una sociedad dominada por los machos,
únicos capaces de pavonearse por calles y plazas
sin perder el honor. A esta situación social
se ha dado en llamar la etapa mariana de la mujer
en el Ecuador, porque su ideal fue la Virgen María,
modelo de esposa y madre. Luego vendrían los
días de la liberación que estamos viviendo,
donde la mujer se siente capaz de competir exitosamente
con los varones, en igualdad de condiciones y aún
superarlo en muchos casos. Ya no se las esconde cuando
hay visitas ni se las retira de las conversaciones,
ahora participan de ella.
En otras casas se les prohibía hasta el uso
de las ventanas que siempre se mantenían cerradas
porque ¿para qué abrirlas?. Esta costumbre
venía de Andalucía en España,
donde las ventanas se cierran durante los meses del
caluroso verano para impedir que el viento que sopla
desde el Sahara, entre a las casas y las convierta
en hornos. Aquí en la costa hubo pueblos como
Riochico en Manabí, donde las mujeres jamás
se asomaban y los matrimonios se concertaban entre
los padres, a veces sin que los novios se conocieran.
En Guayaquil la mujer solía asistir a misa
casi de madrugada para estar de regreso al hogar antes
que la gente transitara por las calles, evitando el
contacto personal con el mundo exterior, en lo posible.
Y hasta existían misas especiales a las cinco
de la mañana para las personas que mantenían
uniones libres y que no deseaban que las observen.
En los cines había los palcos de duelo, ubicados
en ambos costados del escenario y con venecianas que
podían subirse y bajar. A esos palcos llegaban
las personas que habían perdido a algún
ser querido dos o tres meses antes y que deseaban
distraerse sanamente, sin provocar el escándalo
social al romper un duelo que según las normas
establecidas por el "Manual de urbanidad y buenas
maneras" de Carreño, debían durar
cuando menos un año o algo más.
Las viudas sobre todo, eran muy cautelosas al respecto,
para no dar qué hablar de su dolor, el mayor
de todos los dolores sociales; por eso cuando se casó
la Marquesa de Solanda con el General Isidoro Barriga,
pocos meses después de haber enviudado del
Mariscal Sucre, fue tal el escándalo, que la
partida matrimonial se anotó en forma por demás
escueta, como significando que el acto era poco menos
que vergonzoso. Sin embargo la Marquesa dijo después:
"Con Sucre me casaron, con Barriga me casé"
y fue feliz en su matrimonio por amor, que duró
hasta la muerte de Barriga.
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