TOMO IV
 
 
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TOMO II
TOMO III
     


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CASAS FAMOSAS
No voy a tratar de la Casa de las Cien ventanas del antiguo barrio Villamil que no logré conocer porque la demolieron años antes de que yo naciera, sino de otras más próximas en el recuerdo de un Guayaquil que fue mío y ya no lo es.

En la calle Colón habían dos casas célebres, la una de chinos y servía para local de la fábrica de colas, sus dueños se hicieron famosos por los años 30 vendiendo a domicilio. Al frente estaba el antiguo cine Colón, cuya galería se vino abajo durante la función de un sábado, mientras en la pantalla aparecía Cantinflas haciendo equilibrios en la cuerda floja de un circo. Entonces se produjo la tragedia que felizmente solo dejó numerosos contusos, aunque algunos de bastante cuidado y gravedad, pero no hubo muertos. El cine no volvió a abrir sus puertas y a poco la casa se demolió.

En Junín y Baquerizo Moreno existe todavía el edificio Dassum que para el terremoto de 1.942 se inclinó peligrosamente y así permaneció años, como atractivo turístico, hasta que algunos ingenieros lograron volverlo a su posición original.

En Vélez entre Chimborazo y Chile estaba la famosa portaviandas de propiedad del Dr. Alfredo Cevallos Carrión, donde funcionaba su consultorio, casa de madera de una sola lumbre pero muy alta, tenía tres pisos y planta baja y con el paso de los años se había ladeado. Era la más conocida de la ciudad y su cómico nombre ha pasado a los anales de nuestra historia chica.

Al sur se erguía la fabulosa mansión de Pepe Rodríguez Bonín levantada sobre un enorme terreno empedrado al estilo japonés, con puentecitos, lagunas y fuentes de agua, a la par que por atrás daba al río. Era un conjunto maciso e imponente, contaba con jardín zoológico y los animales estaban en sus jaulas muy bien cuidados. El mono Pirulo era cómico, el venado arisco, el pavo real increíble porque era macho y tenía una cola hermosísima. Desde el portón de entrada, de hierro contrachapado, la casa parecía un castillito, con sus tres pisos altos y su fachada cubierta de hojas de zinc traídas de Inglaterra. Por dentro los muebles eran de estilo y existían muchos salones de recibos. El Gran salón Luis XVI, la sala China con unas sillas pesadas y de madera negra, con figuras de ratoncitos, gajos de uvas y motivos florales. El salón amarillo con su gran araña, el comedor inglés y la despensa fabulosa de vinos, chocolates y quesos complementaban el encanto y el misterio de esa mansión y estimo que pasará mucho tiempo para que se construya otra igual; que digo, siquiera parecida. Un buen día, los nuevos dueños la botaron y dejaron libre el terreno para bodega de tanques metálicos porque no hubo un Municipio que la declarara parte de la ciudad, sitio de descanso y paseo, como lo había sido por tantos años a costa de la proverbial generosidad de don Pepe.

Hacia la plaza de la Victoria se levantaba la casa del tortillero, así llamada en honor a un serrano que amasó una sólida fortuna con tal oficio y como era frugal invirtió sus ahorros en construirla; pero el pueblo, que no perdona el éxito, tomó desquite, bautizando con tan feo nombre al edificio.

En Boyacá entre Junín y Urdaneta aún está la casa más larga de la ciudad porque da para tres calles y desde que yo recuerdo ha sido de Zoilita Aspiazu Peralta. Casa cómoda y bien ventilada. con amplio patio y jardín como eran las casas de antaño, ha resistido el embate del tiempo y hoy aparece como en sus mejores años, pintada con un elegante color rosado al igual que las casas de Niza en la costa azul. (1).

(1) esto fue escrito en 1.985. Hay está en ruina y deshabitada.

Saliendo por el carretero existían tres construcciones especiales. A la altura de la actual Universidad Católica habían las ruinas del seminario que quiso fundar el Obispo José Félix Heredia antes del 44, pero el proyecto no puedo concluirse y quedaron las piedras venerables. Luego a la altura de Los Ceibos estaba la villita de Jorge Baquerizo Avellán, la más apartada construcción por esa zona; y frente a la actual fábrica Durex, en el camino que va a Pascuales, había una casa grande y fuerte, de cemento armado, conocida "La Fortaleza Alemana" en razón de que su dueño tenía esa nacionalidad y estaba abandonada porque él había tenido que salir del país con motivo de la Segunda Guerra Mundial y no regresó jamás. Ese bunker tenía su historia, se decía que en su interior había funcionado una célula de espías nazis, lo que todos creían sin haberlo comprobado. Ignoro cuando la tumbaron, pero hoy no existe.

En Eloy Alfaro y Venezuela todavía se levanta el castillo de José Martínez de Espronceda, un español que hizo mucho dinero con la cola Fox. Su casa tenía dos escudos nobiliarios que se pueden apreciar en la fechada, por lo demás, estaba dividida en departamentos muy confortables ocupados por conocidas familias de Guayaquil.

La villa María Piedad aún está en pie, pero ya no es la hermosa casa solariega que fuera un día, cuando la construyó Alejo Madinyá Lascano o cuando se la vendió al Dr. Roberto Leví Hoffman. Allí cantó con sin igual belleza la poetisa de alma buena y hogareña, María Piedad Castillo, al esposo y a sus hijos, su amor tranquilo. Hoy ya no existe tampoco esa casa.

Y en las Peñas estuvo la casa de las Ycacitas, dos señoritas solteras y afrancesadas que por los años 30 la vendieron a su prima Rosita de Ycaza Venegas. En un hermoso corredor frente al río recibía tan excelente anfitriona, vestida a la francesa y con muchos vuelos y encajes, siempre menudita pero erguida, hablando una rara mezcla de francés y español que había que adivinar y vivió muchos años una vida sencilla y digna, muy guayaquileña, pues era de las principales matronas de nuestra ciudad. Hoy esa casa se alquila y nada dice de su pasado esplendor, cuando a la hora del té se daba cita lo más granado del señorío.

Y muy cerca, como quien dice a la vuelta de la esquina y en la misma calle, está la casa de cemento de los Henríques donde alquiló tantos años Manuel Rendón un departamento casi desnudo, como correspondía a un artista dado al misticismo, lleno de espiritualidad y del austero goce interior que proporciona una conciencia tranquila. A una de sus ventanas se asomaban Manuel y Paulette a ver el lento paso de los jacintos del río y las canoas y lanchas que iban a Duran. Y es que las casas cobran vida con sus habitantes y se las recuerda por ellos.