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TOMO III
     


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CABALLEROS DECIMONONICOS
Cuando alboreó el presente siglo nuestros abuelos vestían a la francesa con calzoncillo y camisetas largos, camisas de pechera almidonada y cuellos duros y de pajarita que se abotonaban hacia atrás y adelante, saco de casimir negro o azul marino y pantalón de igual color y material o con rayas si era de fantasía. Una hermosa corbata de seda, el bombín de fieltro, un bastón duro que a veces contenía un estoque defensivo, medias de seda cogidas con ligeros y zapatos de charol con polainas, completaban el atuendo.

Con la primera guerra mundial llegó del Canal de Panamá y traída por los gringos que nos visitaban en los vapores de la Pacific Steam Co. la moda americana, que consistía en saco y pantalón blancos, zapatos negros de cuero, medias blancas de seda y camisa de cuello normal. Un sombrerito circular confeccionado con paja tostada completando la tenida y hacía de estos caballeros unos dandies impecables que vivían pendientes de no ensuciar sus ternos, porque la lavada y planchada no era barata.

Esta moda subsistió junto a la anterior hasta 1950 cuando comenzaron a usarse ternos de telas más suaves y apropiadas para nuestro clima y de colores claros y menos calientes. Los ligeros y los tirantes fueron a parar a los tachos de basura y hoy no se encuentran ni para las fiestas de disfraces.

Por 1960 arribaron del Caribe las populares guayaberas, mitad ternos y mitad camisas, que se están imponiendo en todas partes menos en los Estados Unidos, donde se prestan a ridículas confusiones con la Cuba comunista de Fidel Castro.

Yo conocí a los caballeros decimonónicos de este siglo y puedo asegurar que era difícil salir a la calle con ellos, porque de tanto saludar con sus sombreros y de tantas paradas para conversar con sus amigos y conocidos, demoraban casi media hora en transitar por el boulevard hasta sus oficinas. Y es que Guayaquil era una ciudad chiquita donde todos se conocían por lo menos de vista.

Los decimonónicos aborrecían el deporte como algo vulgar y hasta evitaban parar en las esquinas, pero en cambio leían todos los diarios de la ciudad y hasta se suscribían a numerosas publicaciones extranjeras, sobretodo a las revistas de la vieja Europa que tanto admiraban. Eran circunspectos y estilizaban sus movimientos con garbo y apostura. Si parecía que jamás tenían prisa para nada, todo en ellos era apolíneo, digno y severo y hablaban francés y conocían el plano de París aunque algunos jamás habían tenido la oportunidad de salir de Guayaquil.

Mas entrando en polémicas políticas perdían sus composturas y entonces había que verlos cómo despotricaban de sus enemigos y contrarios, con qué denuestos criticaban sus errores y cuanta pasión encerraban detrás de sus lamidas fachadas, porque eran lampiños y engominaban sus cabellos.

Cuando en 1910 comenzaron a aparecer los pertimetres del modernismo con sus grandes lazos y melenas, el poeta Juan Eusebio Molestina les dedicó los siguientes versos: —Brochazos.— / Ciertos zambos jactanciosos / malcriados y pesimistas / cual los condes son prositas / y en extremo fastidiosos. // Y aquel que mira / tan noble andar / gracioso dice / ¡La mar! ¡La mar! / pues estos mozos / en Guayaquil / son tan esbeltos / cual flor gentil. // ¡Qué sin vergüenzas! ¡Qué majaderos / son estos zambos tan caballeros // en la iglesia, en los hoteles / en las plazas, en las calles / demuestran meneones talles / estos míseros donceles. //—Y aquel que mira / tan noble andar / sonriente dice/ ¡La mar! ¡La mar! / pues estos mozos / de Guayaquil / son tan erguidos / cual flor de Abril. // ¡Qué sinvergüenzas! ¡Qué majaderos! / son estos zambos tan caballeros // Se hacen graciosos peinados / con crespitos en la frente / leontina llevan pendiente / de sus relojes dañados // — Y aquel que escucha / tan noble andar / gracioso dice / ¡La mar! ¡La mar! / pues estos mozos/ de Guayaquil / son tan lozanos / cual flor de Abril. ¡Qué sinvergüenzas! ¡Qué majaderos! / Son estos zambos tan caballeros.//

Sin embargo siguieron saliendo e imponiendo rumbos. Uno de ellos fue Medardo Ángel Silva a quien le mandaron en el Vicente a cortarse la melena y por eso no regresó jamás a clases perdiendo la oportunidad de graduarse de bachiller, aunque otros opinan que no regresó porque era tal su pobreza, que debió trabajar de corrector de pruebas en una imprenta para poder subsistir con su madre.

Los decimonónicos eran liberales radicales y alfaristas a ultranza, que tenían a orgullo no entrar a las iglesias y era común encontrarlos fuera de San Francisco, en calidad de acompañantes de sus medias naranjas, en la misa de doce de esa Iglesia. Entonces mostraban respetuoso silencio pero no participaban de la ceremonia. En alguna ocasión que Nereo Cabezas asistió a una misa de difunto, comenzó a hablar con su vecino y una beata, volviéndose enfurecida, le hizo callar con la siguiente pregunta: ¿Qué le pasa? ¿Acaso es Ud. Fariseo? y él, alegremente respondió: ¡No señora, soy Nereo!.

En otra ocasión Vicente Cabezas por hacer lo mismo —conversar— el sacerdote le mandó abandonar el templo. Cabezas era ocurrido, se paró con mucha ceremonia y preguntó: ¿Y si me voy, me devuelve la plata? refiriéndose a la limosna que acababan de recoger y volvió a sentarse.

Algunos decimonónicos también eran hermanos masones y les llamaban los "tripunteados" por la costumbre de firmar y poner tres puntos, que simbolizan la trinidad. Otros menos elevados se dedicaban a piropear cerca del correo a todas las señoritas solteras que allí laboraban, endilgándoles los más absurdos adjetivos. Por ejemplo: ¡Caramelito dulce! a la cajera señorita soltera de más de 30 años. ¡Qué ojazos! me pierdo en ellos, a una buena señorita de cuarenta años, veinte de trabajar en esas dependencias y a punto de jubilarse. ¡Bebita tierna, Pichoncito adobado! a una Jefe de Sección bizca y fea. Esta costumbre del piropo esquinero estuvo en boga hasta hace muy pocos años entre los decimonónicos que aún quedaban, pero hasta eso se ha ido con el progreso y el cemento armado y hoy por hoy, las niñas del correo, ya no tienen quien las piropee.