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TOMO III
     


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CUENTOS DE MIQUELINA
Quién no recuerda los cuentos oídos en la niñez? Aquellas truculentas historias de muertos y aparecidos que hacían poner de punta los pelos de los más valientes y carne de gallina la piel de los demás? En cada casa había una cocinera que se especializaba en asustar a los niños para que no la fueran a molestar muy de continuo con golosas peticiones. Yo tuve una, la simpar Miquelina, mujerón que reía con grandes risotadas, de contextura gorda y muy experimentada en toda clase de historias de terror que contaba con grandes aspavientos.

Por las tardes la íbamos a visitar en “su cocina”, formando grupos de tres o cuatro primos, para que nos asuste, luego no podíamos estar solos y de noche nos moríamos de miedo; pero al día siguiente ya todo estaba olvidado y ¿cómo esperábamos el nuevo cuento de esa día, con cuanta impaciencia, para volvernos a atemorizar?.

Miquelina era negra y cariredonda, de grandes ojotes blancos y no menos grandes dientes, manazas de luchadora y tremendas caderas y nalgas. Creo que la he descrito con justicia.

Debía pesar más de 200 libras, pero era agilísima para brincar y charlaba con fuerza y convicción, contando los adefesios y mentiras más absurdas corno si fueran verdades. Acostumbraba sentarse en el suelo, nos ponía a su alrededor y cuando era de noche hasta apagaba la luz y la historia se contaba al resplandor de los carbones.

En otras ocasiones se metía un fósforo encendido en su bocota que abría y cerraba en la obscuridad, produciendo un efecto luminoso increíble. Recuerdo de entre sus muchas historias, las siguientes:

MARÍA ANGULA ANGOLA.- Dizque vivía frente al cementerio en un casita muy limpia y con su afectuoso marido que la quería mucho y todos los días le daba plata para que vaya al mercado a comprar la comida, pero la muy avara se mandaba a cambiar al cementerio y con un cuchillo robaba un pedazo de carne al primer cadáver que veía, regresaba a su casa, la cocinaba para su marido y la plata la metía en un Banco; pero una noche despertó al oír unos cantos y asomándose a la ventana vio que del cementerio salía una procesión de ánimas blancas y que a la luz de sus mortecinas velas se dirigían a donde ella estaba. Quizo despertar al marido, pero estaba como muerto y sintiéndose sola se tapó la cara con una sábana y rezó un “Salve, salve” (en esta parte nos tapábamos y rezábamos con Miquelina). Una ánima entró al dormitorio y se metió debajo de la cama y desde allí escarbó el colchón hasta llegar a la espalda de María Angula (aquí nos rascaba las espaldas) diciéndole “María Angula, devuélveme el pedacito de carne que te me robaste” y siguió escarbando hasta que la mató. Enseguida, el ánima de María Angula era llevada presa por las otras ánimas, a vivir al cementerio, como justo castigo por su avaricia. Moraleja: ¡Se la castigó justamente!.

LA CANOITA FANTASMA.- Este cuento está relatado por José Gabriel Pino Roca en “Leyendas y Tradiciones de Guayaquil” pero a mí me lo refirió Miquelina que era iletrada, así pues, hay que aceptar que este cuento es muy antiguo en Guayaquil, diríamos que hasta colonial.

Resulta que una madre perdió a su hijito, no se indica si murió ahogado o por enfermedad y decidió buscarlo de noche, en el río; era una canoíta alumbrada con un farol en la proa y bogando a punta de canalete. A veces Miquelina la hacía loca, en otras era una ánima o una bruja, que en esto Miquelina era muy imaginativa y buscaba nuevas situaciones para aumentar la tensión. También imitaba el bogar a uno o dos canaletes y cantaba canciones de Esmeraldas y se le iban siquiera 15 minutos mientras su auditorio reía. También conversaba con los peces y las flores del río, indicando los nombres de las plantas y los árboles de la región. Y como era media rimadora hacía unos lindos diálogos en verso, de los que recuerdo a los siguientes: /Dime corvinita/qué tal está el río/limpia está el agua/como el amor mío./Dime canarito/donde está mi amor/está en su casita/ comiendo el arroz./Dime nubecita/cuándo lloverá/en estos momentos/agua te caerá/y tomaba un vaso de agua que tenía preparado y arrojaba su contenido para arriba, de tal suerte que nos “chispeaba” a todos, incluyéndose ella misma y era la que más gozaba con el aguacero.

En la mitad del cuento entraba el factor miedo, porque la canoíta fantasma se encontraba en un recodo del río con otra donde iban dos hermanitos que habían salido de su casa a ver a un médico porque su mamá estaba con un fuerte cólico. Entonces venía la persecución tremendista pero los hermanitos siempre lograban salvarse y regresaban a su casita donde encontraban a su mamá curada del cólico y se metían en la cama con ella. La muerta, loca o bruja quedaba burlada, amenazando regresar en cualquier momento por el río, a tomar desquite.

Miquelina estuvo con nosotros algunos años pero su recuerdo subsiste entre los que tuvimos la suerte de escucharla. Fue un personaje inolvidable, recia contadora de cuentos, mitad folklóricos, mitad imaginativos, siempre interesantísimos. Sus cuentos eran urbanos y rurales, poéticos e ilustrativos, nos enseñaba nombres de animales y plantas, la utilidad de ellos, costumbres montunas de Esmeraldas y lo que es más importante, nos daba clases de moral, porque sus personajes eran buenos o malos sin medias tintas ni complicaciones psicológicas, los buenos eran premiados y los malos castigados con una justicia que nunca se torcía, que brillaba para todos, igualándonos ante Dios.