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CUENTOS
DE MIQUELINA
Quién no recuerda los cuentos
oídos en la niñez? Aquellas truculentas
historias de muertos y aparecidos que hacían
poner de punta los pelos de los más valientes
y carne de gallina la piel de los demás? En
cada casa había una cocinera que se especializaba
en asustar a los niños para que no la fueran
a molestar muy de continuo con golosas peticiones.
Yo tuve una, la simpar Miquelina, mujerón que
reía con grandes risotadas, de contextura gorda
y muy experimentada en toda clase de historias de
terror que contaba con grandes aspavientos.
Por las tardes la íbamos a visitar en “su
cocina”, formando grupos de tres o cuatro primos,
para que nos asuste, luego no podíamos estar
solos y de noche nos moríamos de miedo; pero
al día siguiente ya todo estaba olvidado y
¿cómo esperábamos el nuevo cuento
de esa día, con cuanta impaciencia, para volvernos
a atemorizar?.
Miquelina era negra y cariredonda, de grandes ojotes
blancos y no menos grandes dientes, manazas de luchadora
y tremendas caderas y nalgas. Creo que la he descrito
con justicia.
Debía pesar más de 200 libras, pero
era agilísima para brincar y charlaba con fuerza
y convicción, contando los adefesios y mentiras
más absurdas corno si fueran verdades. Acostumbraba
sentarse en el suelo, nos ponía a su alrededor
y cuando era de noche hasta apagaba la luz y la historia
se contaba al resplandor de los carbones.
En otras ocasiones se metía un fósforo
encendido en su bocota que abría y cerraba
en la obscuridad, produciendo un efecto luminoso increíble.
Recuerdo de entre sus muchas historias, las siguientes:
MARÍA ANGULA ANGOLA.- Dizque vivía frente
al cementerio en un casita muy limpia y con su afectuoso
marido que la quería mucho y todos los días
le daba plata para que vaya al mercado a comprar la
comida, pero la muy avara se mandaba a cambiar al
cementerio y con un cuchillo robaba un pedazo de carne
al primer cadáver que veía, regresaba
a su casa, la cocinaba para su marido y la plata la
metía en un Banco; pero una noche despertó
al oír unos cantos y asomándose a la
ventana vio que del cementerio salía una procesión
de ánimas blancas y que a la luz de sus mortecinas
velas se dirigían a donde ella estaba. Quizo
despertar al marido, pero estaba como muerto y sintiéndose
sola se tapó la cara con una sábana
y rezó un “Salve, salve” (en esta
parte nos tapábamos y rezábamos con
Miquelina). Una ánima entró al dormitorio
y se metió debajo de la cama y desde allí
escarbó el colchón hasta llegar a la
espalda de María Angula (aquí nos rascaba
las espaldas) diciéndole “María
Angula, devuélveme el pedacito de carne que
te me robaste” y siguió escarbando hasta
que la mató. Enseguida, el ánima de
María Angula era llevada presa por las otras
ánimas, a vivir al cementerio, como justo castigo
por su avaricia. Moraleja: ¡Se la castigó
justamente!.
LA CANOITA FANTASMA.- Este cuento está relatado
por José Gabriel Pino Roca en “Leyendas
y Tradiciones de Guayaquil” pero a mí
me lo refirió Miquelina que era iletrada, así
pues, hay que aceptar que este cuento es muy antiguo
en Guayaquil, diríamos que hasta colonial.
Resulta que una madre perdió a su hijito, no
se indica si murió ahogado o por enfermedad
y decidió buscarlo de noche, en el río;
era una canoíta alumbrada con un farol en la
proa y bogando a punta de canalete. A veces Miquelina
la hacía loca, en otras era una ánima
o una bruja, que en esto Miquelina era muy imaginativa
y buscaba nuevas situaciones para aumentar la tensión.
También imitaba el bogar a uno o dos canaletes
y cantaba canciones de Esmeraldas y se le iban siquiera
15 minutos mientras su auditorio reía. También
conversaba con los peces y las flores del río,
indicando los nombres de las plantas y los árboles
de la región. Y como era media rimadora hacía
unos lindos diálogos en verso, de los que recuerdo
a los siguientes: /Dime corvinita/qué tal está
el río/limpia está el agua/como el amor
mío./Dime canarito/donde está mi amor/está
en su casita/ comiendo el arroz./Dime nubecita/cuándo
lloverá/en estos momentos/agua te caerá/y
tomaba un vaso de agua que tenía preparado
y arrojaba su contenido para arriba, de tal suerte
que nos “chispeaba” a todos, incluyéndose
ella misma y era la que más gozaba con el aguacero.
En la mitad del cuento entraba el factor miedo, porque
la canoíta fantasma se encontraba en un recodo
del río con otra donde iban dos hermanitos
que habían salido de su casa a ver a un médico
porque su mamá estaba con un fuerte cólico.
Entonces venía la persecución tremendista
pero los hermanitos siempre lograban salvarse y regresaban
a su casita donde encontraban a su mamá curada
del cólico y se metían en la cama con
ella. La muerta, loca o bruja quedaba burlada, amenazando
regresar en cualquier momento por el río, a
tomar desquite.
Miquelina estuvo con nosotros algunos años
pero su recuerdo subsiste entre los que tuvimos la
suerte de escucharla. Fue un personaje inolvidable,
recia contadora de cuentos, mitad folklóricos,
mitad imaginativos, siempre interesantísimos.
Sus cuentos eran urbanos y rurales, poéticos
e ilustrativos, nos enseñaba nombres de animales
y plantas, la utilidad de ellos, costumbres montunas
de Esmeraldas y lo que es más importante, nos
daba clases de moral, porque sus personajes eran buenos
o malos sin medias tintas ni complicaciones psicológicas,
los buenos eran premiados y los malos castigados con
una justicia que nunca se torcía, que brillaba
para todos, igualándonos ante Dios.
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