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En 1948 perdió a su esposa
y comenzó a sufrir del corazón. Entonces
dijo: "Moriré con el auxilio de mi propia
conciencia", pues sinceramente creía que
el espíritu era una derivación de la
materia. En 1951 recibió achacoso la "Estrella
de Octubre de Primera Clase" que le otorgó
el Cuerpo de Bomberos en agradecimiento a su Historia
y habiéndose agravado su condición,
falleció tranquilamente, como había
sido la mayor parte de su vida y casi de 80 años,
el 14 de mayo de 1952, siendo su sepelio concurridísimo
pues se realizó con Capilla Ardiente y en el
salón de la ciudad. El Concejo pagó
todos los gastos pues ésa ha sido la costumbre
de nuestra Municipalidad cuando mueren sus cronistas.
Pocos meses después salió su obra sobre
el Cuerpo de Bomberos.
De joven había escrito versos decadentes de
tinte social y por ello se le considera uno de los
precursores del modernismo en el Ecuador, antes se
había metido en líos políticos
contra el progresismo sufriendo una corta deportación
al Perú. Gracioso, alto, larguísimo
y flaquísimo, ojos hundidos, amplia frente,
gran inteligencia, estilo hermoso y nunca repetido,
también dejó una "Gramática
sin Maestros", texto» de enseñanza
que no se ha publicado.
III. PEDRO JOSE HUERTA
Al morir en 1952 el Dr. Modesto Chávez
Franco se produjo nuevamente un vacío en la
ciudad que se había quedado sin Cronista. Muchos
nombres se dieron entonces. Aún vivían
personas ilustradas y de méritos para ocupar
esa plaza que por solamente ser honorífica
a nadie le interesa.
Poco después fue designado otra vez Alcalde
el Dr. Rafael Mendoza Aviles quien llamó a
los dos hijos más versados en Historia, de
don Modesto: Rodrigo y Raúl Chávez González
y les consultó si no se opondrían a
la elección de un nuevo cronista y como es
de suponer, no solamente que no se opusieron sino
que hasta se prestaron para solicitar su aceptación
al Dr. Pedro José Huerta y Gómez de
Urrea, a quien las consultas habían favorecido
amplísimamente. Por eso el Alcalde les pidió
de favor que lo visitaran y le propusieran en su nombre
tal designación, haciendo que los acompañara
un antiguo funcionario municipal y escogió
a don Alberto Gómez Granja, que siempre ha
sido lo más representativo que ha podido lucir
nuestra burocracia en la comuna. Así es que
los tres se encaminaron al pequeño departamento
bajo de la calle Chimborazo entre 9 de Octubre y P.
Ycaza, donde por décadas habitaba el ilustre
maestro vicentino, que estaba tan aventajado y enfermo
de insuficiencia pulmonar (enfisema se dice ahora)
que casi no podía moverse ni hablar.
Con todo, los recibió con aquella cortesanía
tan propia de los hombres del siglo XIX y que se ha
ido perdiendo en homenaje a la velocidad de las transacciones
modernas. Ceremonioso, culto, paternal, escuchó
el discurso inicial y se les nublaron los ojos, era
un espíritu selecto y elevado, más de
cuarenta años profesor secundario y había
visto envejecer a sus alumnos, pero al final, mirando
a sus interlocutores, sólo pudo decirles tan
bajito que casi no se percibieron sus frases: "Ilustres
amigos míos. Vienen tarde, ya no soy lo que
antes fui cuando podía caminar, leer y estudiar,
escribir hasta altas horas de la noche y pensar. Ahora
ya ni fumo mis cigarrillos de tabaco negro ni los
rubios de envolver. Eso parece que ha afectado mi
condición. Estoy anciano, solo y solterón;
mi vista se nubla y mi voluntad no responde. ¿Cómo
podría trasladarme al Concejo a recibir el
diploma?. Tampoco aceptaría que la ilustre
Corporación me venga a ver en esta ruina, en
tanta pobreza, desorden y quizá hasta en suciedad
por el polvo de mis libros; solo atino a salir a mi
balcón y saludar a la gente que bondadosamente
me pasa saludando. No señores, ya no soy de
este mundo".
Y la comisión no insistió porque el
viejecito estaba tan cansado que amenazaba desplomarse.
Por ello la Municipalidad mandó a guardar su
diploma de Cronista Vitalicio, pero yo, que no soy
olvidadizo, doy esta anécdota para conocimiento
de los lectores y estando vivo aún el tercero
de la Comisión, creo que lo hago a tiempo para
que nadie piense que he podido inventarla.
El Dr. Pedro José Huerta, fue autor de una
historia del Hospital, de una crónica pormenorizada
y anecdótico de Preceptores de la Provincia
del Guayas y de dos libros de textos sobre Historia
Antigua, Media y Moderna para uso de sus alumnos en
el Vicente Rocafuerte; en 1942 salió su "Rocafuerte
y la fiebre amarilla en Guayaquil" y es fama
que casi diariamente consultaba las Actas del Cabildo
y se las sabía al dedillo. Sus más importantes
producciones aparecían en los Boletines del
Centro de Investigaciones Históricas y en los
Cuadernos de Historia y Arqueología de la Casa
de la Cultura Núcleo del Guayas y dejaron de
salir a su muerte, cuando los papeles y demás
pertenencias fueron a manos de su ilustre sobrino
el también Prof. Francisco Huerta Renden, quien
no tuvo la oportunidad de publicarlas y hoy deben
estar en poder de sus herederos.
Era alto, blanco, quemado por el sol, de mostachos,
muy delgados y tanto que su figura era proverbial
en el Vicente y entre sus alumnos y conocidos por
lo elegantemente señorial. Afectadísimo
en el vestir, usaba invariablemente chaqueta, chaleco
y leontina. La chaqueta de casimir cambiaba en su
casa por un saco de fino dril blanco con el que se
asomaba al balcón. Sus cuellos y puños
eran invariablemente duros y almidonados.
Yo tuve la oportunidad de conocerlo y tratarlo bastante.
Chicuelo aún y de no más de 13 años
mi papá me llevó un día a visitarlo;
en su departamento se reunían algunos de sus
antiguos alumnos los sábados por las tardes,
a conversar, aprender y a hacerle compañía.
Eran sus más habituales visitantes mi padre,
Pancho Huerta, y Carlos Estarellas Aviles, quien tuvo
la deferencia de llevarlo a distraer a su colegio,
donde don Pedro pasaba ya jubilado, algunas mañanas
con los pequeñuelos, en útiles y prácticas
conversaciones.
El maestro era misántropo por estudioso y solterón
debido a que su novia se había casado con otro,
como el Quijote vivía recluido entre libros,
cacharros arqueológicos, monedas antiguas y
viejos infolios. A mi me obsequió una rara
y antigua moneda árabe, muy pequeñita
y de oro, con un hueco en el centro y allí
su detalle diferencial. Esto sucedió cuando
lo visité como ya dije, pero diariamente nos
veíamos cuando iba a las siete de la mañana
al Colegio San José y pasaba regla en mano
saludándolo. Entonces me contestaba sonreído
y muy deferente, como solían ser los antiguos
con los muchachos y hasta me hacia conversaciones
de no más de cinco minutos para que pudiera
llegar a tiempo a mis clases. Era un viejecito enjuto,
debió haber sido rectísimo y hasta algo
duro en sus mejores tiempos, porque en los míos
era de notable adustez, aunque decían los que
le habían tratado que por fuera era seco, cortés
y educado y por dentro la bondad personificada..
Me olvidaba contar lo más importante. Un día
que pasé por su balcón me llamó
y entregándome un ejemplar original de la Descripción
del Partido de Guayaquil, de Alcedo y Herrera, que
lo había firmado, me dijo: "Te regalo
este libro por valioso y raro. Cuídalo, no
lo pierdas, tiene el mapa y es del siglo XVIII. Algún
día lo leerás y creo que tu destino
es ser historiador porque tu tío Jorge lo es
y tu padre sabe mucho.." Aún conservo
su libro y el Mapa y lo que es más, el recuerdo
de su feliz memoria.
NUEVOS CRONISTAS VITALICIOS
A la muerte de don Pedro José
Huerta solo quedaba con conocimientos de cronista
Pepe Pino, autor de "Rostros Antiguos y Papeles
Viejos" y Carlos Saona Acebo, Presidente de la
Sociedad Filantrópica del Guayas, quien en
1956 había publicado "Rielando en un mar
de recuerdos" y en 1961 su hermosísimo
libro "Recogiendo mis pasos" del que existen
dos ediciones, siendo la segunda la más importante
pues fue corregida y notoriamente aumentada por su
autor. En este par de obras del viejo Saona, como
le decían sus amigos y conocidos en la Filantrópica,
abrió su corazón de misántropo
solterón y se explayó sobre sus años
de infancia y juventud, anteriores al Incendio Grande
y llenos de anécdotas del Guayaquil del siglo
XIX. Otro Cronista de entonces era el sordo Rubén
Rites Mariscal, que aún: vive pero muy afectado
de arterioesclerosis. Rubén era excelentísima
persona, de trato sencillo, campechano y muy educado
y escribía biografías en la revista
de la Universidad. Como funcionario de nuestra Alma
Mater había permanecido casi cincuenta años
en la Vieja Casona y era testigo presencial del paso
de numerosas generaciones. En tiempo de servicio creo
que solamente le ganaba Pepito Venegas (José
de Venegas Ramos) bibliotecario de la Facultad de
Medicina y el hombre que más sabía de
Guayaquil en su tiempo, lástima grande que
no le gustaba escribir y que se fue al otro mundo
como Genaro Cucalón Jiménez, sabiendo
maravillas que se perdieron con ellos.
También vivía pero ya completamente
chocho el Dr. Carlos A. Rolando Lobatón, príncipe
de los bibliógrafos ecuatorianos como bien
le designó el profesor americano Richard Pattee
cuando nos visitara en la década de los años
40. Rolando había logrado reunir la mayor parte
de las publicaciones guayaquileñas del siglo
XIX en su Bibliografía Nacional, que puso al
servicio del público por los años 20
y luego cedió en donación a la Munipalidad
para que se formara la actual Biblioteca de Autores
Nacionales que lleva su nombre. También había
fundado el Centro de Investigación Histórica
y era una enciclopedia viviente; pero sus muchos años
le tenían con el oído perdido y ya desvariaba.
Esto lo pudimos constatar en 1962 con motivo de la
Sesión Solemne que le dedicó el Cabildo
presidido por el Alcalde, Dr. Otto Quintero Rumbea.
Allí habló el Dr. José Hanna
Musse y contestó Rolando, pero casi no se daba
cuenta de lo que estaba pasando, a ese estado había
quedado reducido.
Así es que, más por descuido de nuestro
Cabildo que por falta de candidatos, Guayaquil permanecía
sin Cronista desde la década de los años
cincuenta, cuando en 1978 el Dr. Guillermo Molina
Defranc, Alcalde de entonces mandó a llamar
a Enrique Boloña Rodríguez con el propósito
de ofrecerle el puesto, pero Enrique se excusó
por la modestia natural en su persona, indicando que
solamente era periodista dedicado a asuntos citadinos
y no historiador.
Entonces el primer personero municipal nos pidió
nombres a Enrique y a mi de primera mano se nos ocurrió
recomendar los siguientes: Julio Estrada Ycaza por
ser el único historiador activo a esa fecha,
Jorge Pérez Concha autor de una obra clásica
para el país sobre relaciones limítrofes,
Miguel Aspiazu Carbo autor de "Las Fundaciones
de Guayaquil" donde se establece definitivamente
como fecha de fundación de la ciudad de Santiago
el 15 de Agosto de 1534, Abel Romeo Castillo autor
de su tesis doctoral "Los Gobernadores de Guayaquil"
y Luis Noboa Ycaza que ha escrito folletos relacionados
con su familia y es una de las personas que más
conoce sobre el pasado de nuestra urbe. Capítulo
aparte mereció Pedro Robles y Chambers por
sus estudios genealógicos y amplios conocimientos
documentales de la colonia.
Cabe señalar que también se dio el nombre
del Dr. Rafael Euclides Silva autor de "Biogénesis
de Guayaquil" y de la revisión de la labor
peleográfica de Pino y Roca sobre las actas
del Cabildo de nuestra ciudad, pero por no ser guayaquileño
de nacimiento no se lo consideró, haciéndole
una flagrante injusticia, pues mayor mérito
es que un afuereño se dedique a lo nuestro
que nosotros mismos lo hagamos.
Días después Robles y Chambers contestó
que no aceptaba por modestia. Estrada y Pérez
Concha renunciaron el honor por no sentirse cronistas
sino historiadores. Aspiazu, Castillo y Noboa aceptaron
y el Alcalde dijo entonces lo siguiente: "Ya
está representado el pasado y el presente ahora
también te nombraré a tí que
eres el futuro", mi nombre se agregó al
de los tres anteriores y fuimos invitados a recibir
el correspondiente Diploma en el Salón de Honor;
mas, esa tarde, la edición de "La Hora"
trajo un artículo urti-picante en mi contra,
donde se me acusaba de ser "hombre gris y sombra
chinesca de nuestra Municipalidad" y no sé
que otras naderías y puerilidades. El asunto
no tuvo mayor importancia pero me aguó la fiesta,
no por lo que allí se decía de mi, que
en concreto no se me acusaba de nada, sino por venir
de quien venía, un amigo de siempre, muy querido
y respetado, pero así son las cosas y mal hago
en recordarlas sobre todo ahora cuando ya están
enterradas en el baúl de los recuerdos que
no se volverá a abrir y cuando ya he hecho
las pases con mi amigo.
Olvidaba contar que Luis Noboa no pudo asistir a la
ceremonia porque se encontraba recién operado
de catararas y por ello fue visitado en su domicilio
por Monseñor Hugolino Cerasuolo, y por mi,
quien le entregó el Diploma a nombre del Alcalde.
Y ahora que ya he referido la historia cabe preguntar
¿Qué es ser Cronista Vitalicio de Guayaquil?
y contestaré que si se ejerce el cargo, ser
cronista es un honor pesado y atiborrante, que nos
obliga a gastar diariamente las horas de nuestro descanso
en el estudio del pasado guayaquileño para
darle a conocer a las actuales y futuras generaciones
y todo esto a costa de nuestra economía, porque
la función es Ad-Honoren. El Diploma dice que
nos darán los mejores puestos en las ceremonias
públicas municipales conforme a nuestro rango
y posición, mera declaración utópica
heredada de épocas pasadas cuando a los cronistas
se los sentaba muy cerca para que pudieran tomar nota
de todo cuanto se decía por aquello de que
no había micrófono y nada más.
Así es que ser Cronista Vitalicio solamente
es un honor que entraña obligaciones.
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