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BLANCO,
RUBIO Y OJOS AZULES
Desde la época en que los bárbaros
invadieron el imperio romano y lo conquistaron, el
ser blanco, rubio y ojos azules -como ellos—
se convirtió en símbolo de suprema elegancia
y poder. Hasta entonces la inteligente raza latina
conformada por gente de mediana estatura y rostro
trigueño de sol, había gobernado el
mundo europeo imponiendo sus sabias costumbres y leyes
a razas menos desarrolladas, pero desde el siglo V
de nuestra era, debido a la decadencia y debilidad
de los romanos, los bárbaros ocuparon los principales
puestos y luego tomaron el mando. Eran altos, blancos,
rubios, fuertes y hermosos como dioses, según
palabras de un poeta de la decadencia y entonces comenzó
la discriminación contra los dominados, bajos,
trigueños y pelo negro, a los que sometieron,
relevándolos de sus funciones a los más
bajos niveles y esta situación, a, pesar de
los siglos transcurridos, aún no se ha terminado
del todo. Nuestra historia lugareña ha recorrido
un sinfín de anécdotas curiosas sobre
la discriminación, veamos algunas:
Hace más de cuarenta años estaba Pepito
Ayala Cabanilla escribiendo una crónica para
el Universo en horas de oficina. Trabajaba el poeta
en La Previsora, donde uno de los gerentes acostumbraba
pasearse por entre los escritorios para controlar.
Así es que al llegar a donde Ayala y sorprenderlo
ensimismado en asuntos diferentes a los bancarios,
le espetó tremendo grito: ¡Ladrón!
Fuera de aquí, queda despedido, le está
robando dinero al banco, largo ahora mismo. El poeta
casi sufrió un infarto, pero comprendiendo
la inutilidad de toda resistencia, tomó sus
papeles personales y se fue hasta la puerta, bajo
las burlonas miradas de sus compañeros. Una
vez allí reaccionó de la siguiente manera
¡Me voy señor mío, pero sepa Ud.
– que ni el aguacate es fruta ni el negro gente!
refiriéndose al color aceitunado de la tez
de su impecable jefe, que tenía un cierto tipillo
bastante sospechoso. Demás está decir
que fue perseguido escalera abajo para pegarle, pero
nuestro poeta, previendo la reacción del Gerente,
ya había corrido como alma que llevaba el diablo.
Pepe Ayala era simpatiquísimo y muy conversador,
en su vejez sufrió de una rara dolencia en
los pies que los tenía postrados con juanetes,
callos, ojos de pollo, siete cueros, dedos montados
y vaya uno a saber qué más —según
decía el vulgo— aunque a lo mejor sólo
sufría de pie plano y andar chaplinesco, por
eso no podía caminar bien y le dolía
cuando lo hacía. Para el 28 de Mayo lo llevaron
preso al Cuartel Quinto Guayas, donde sus enemigos
lo hicieron trotar a sabiendas del daño que
le causaban y dicen que se desmayó. También
recuerdo que siempre tenía un periódico
doblado debajo del brazo, por lo qué algún
chusco le puso el apodo "Sobaco ilustrado"
con el que todo Guayaquil lo conocía porque
era muy popular.
Para la conmoción nacional de 1910 provocada
por la situación internacional por el Perú,
se movilizaron varios batallones y ambulancias a la
frontera de El Oro y allí estuvieron médicos
y soldados en espera de los acontecimientos y por
cerca de dos meses. Mientras tanto las familias se
preocupaban de enviarles alimentos y el Dr. Carlos
A. Rolando recibió una canasta de huevos, vinos
y quesos que entregó a las monjitas de la cocina
del cuartel para que los utilizaran. Ellas, ni cortas
ni perezosas, prepararon una riquísima caspiroleta
de huevos y le agregaron vino tinto, quedando el dulce
delicioso y obscuro. Entonces empezaron a brindarla
entre los médicos y llegado el turno al Dr.
Abel Gilbert, éste preguntó qué
era y las buenas monjitas le contestaron: Sírvasela
con confianza, se trata de una caspiroleta preparada
con los huevos del doctor Rolando, refiriéndose
a que eran huevos frescos y recién llegados
de la ciudad y el pícaruelo de Gilbert muerto
de la risa, agregó "Ahora me explico el
colorcito", dejándolas sin comprender
el chistecito, que su colega era muy trigueño.
Ahora pasemos al ejemplo contrario, nuestras abuelas
cuidaban sus blancuras con verdadera insistencia,
alejándose del sol que ajaba la piel y y producía
arrugas, pero en el fondo querían aparecer
más blancas de lo que eran. "Si pareces
una figurita de Bibelot" se decían entre
ellas, refiriéndose a la blancura de esas porcelanas
antiguas, que refulgían a la luz. Por supuesto
que a ninguna se le hubiera ocurrido salir al sol,
que entonces se consideraba el primer enemigo de la
mujer y cuentos como aquel de la piel blanca mate
japonesa, la mejor del mundo, eran repetidos de madres
a hijas. Algunas hasta llegaban al extremo de blanquearse
con polvo de albayalde como las japonesas, causando
la admiración de muchos simples y la risa de
algunos otros, no tan simples.
En 1907 muchas familias emigraron a los pueblos vecinos
para escapar de la temible bubónica o "peste
negra" y una matrona, acompañada de sus
cuatro bellas hijas, se fue a Babahoyo, dejándole
encargado a su marido que le mande a avisar cuando
hubiera pasado el peligro. Entonces Babahoyo era más
pequeño que ahora, pero tenía el encanto
de su largo malecón, origen de un versito chusco
que mejor paso por alto y aunque la gente era simpática
y se visitaban por las tardes, no había nada
más que hacer; y pasaron tres meses, la doña
ya estaba aburrida y en eso llegó de Europa
el Dr. Quintana, primer médico que trajo al
país un aparato de rayos ultravioletas (rayos
de sol) que era la novedad porque aunque nadie sabía
para qué servían y realmente no sirven
para nada, mas que para tostarse la piel, se creía
que eran fortificantes, porque las personas que se
los aplicaban, entrando pálidas como palúdicas,
y salían coloradas como serranas y esto era
considerado una señal de buena salud.
Así pues, la señora llevó a sus
hijas a hacerles el tratamiento de rayos ultravioleta,
quedó muy contenta de los resultados y llegando
la hora de regresar, amarró los colchones y
se fue al muelle, en espera del vapor San Pablo. Mientras
tanto pasó un caballero y le preguntó
"¿Nos deja?" y ella le contestó:
"Mire Ud. ya tengo cuatro meses en este pueblo
feo y polvoso, sin hacer nada, pero no se crea que
he perdido mi tiempo inútilmente, no señor,
he llevado a mis chicas a hacer un chequeo con los
rayos ultravioletas del Dr. Quintana y ahora las regreso
a Guayaquil, ultrachequeadas y ultravioladas ....
Dicen que el caballero casi se murió de risa
al oír tamaña tontería.
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