TOMO IV
 
 
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TOMO II
TOMO III
     


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BLANCO, RUBIO Y OJOS AZULES
Desde la época en que los bárbaros invadieron el imperio romano y lo conquistaron, el ser blanco, rubio y ojos azules -como ellos— se convirtió en símbolo de suprema elegancia y poder. Hasta entonces la inteligente raza latina conformada por gente de mediana estatura y rostro trigueño de sol, había gobernado el mundo europeo imponiendo sus sabias costumbres y leyes a razas menos desarrolladas, pero desde el siglo V de nuestra era, debido a la decadencia y debilidad de los romanos, los bárbaros ocuparon los principales puestos y luego tomaron el mando. Eran altos, blancos, rubios, fuertes y hermosos como dioses, según palabras de un poeta de la decadencia y entonces comenzó la discriminación contra los dominados, bajos, trigueños y pelo negro, a los que sometieron, relevándolos de sus funciones a los más bajos niveles y esta situación, a, pesar de los siglos transcurridos, aún no se ha terminado del todo. Nuestra historia lugareña ha recorrido un sinfín de anécdotas curiosas sobre la discriminación, veamos algunas:

Hace más de cuarenta años estaba Pepito Ayala Cabanilla escribiendo una crónica para el Universo en horas de oficina. Trabajaba el poeta en La Previsora, donde uno de los gerentes acostumbraba pasearse por entre los escritorios para controlar. Así es que al llegar a donde Ayala y sorprenderlo ensimismado en asuntos diferentes a los bancarios, le espetó tremendo grito: ¡Ladrón! Fuera de aquí, queda despedido, le está robando dinero al banco, largo ahora mismo. El poeta casi sufrió un infarto, pero comprendiendo la inutilidad de toda resistencia, tomó sus papeles personales y se fue hasta la puerta, bajo las burlonas miradas de sus compañeros. Una vez allí reaccionó de la siguiente manera ¡Me voy señor mío, pero sepa Ud. – que ni el aguacate es fruta ni el negro gente! refiriéndose al color aceitunado de la tez de su impecable jefe, que tenía un cierto tipillo bastante sospechoso. Demás está decir que fue perseguido escalera abajo para pegarle, pero nuestro poeta, previendo la reacción del Gerente, ya había corrido como alma que llevaba el diablo.

Pepe Ayala era simpatiquísimo y muy conversador, en su vejez sufrió de una rara dolencia en los pies que los tenía postrados con juanetes, callos, ojos de pollo, siete cueros, dedos montados y vaya uno a saber qué más —según decía el vulgo— aunque a lo mejor sólo sufría de pie plano y andar chaplinesco, por eso no podía caminar bien y le dolía cuando lo hacía. Para el 28 de Mayo lo llevaron preso al Cuartel Quinto Guayas, donde sus enemigos lo hicieron trotar a sabiendas del daño que le causaban y dicen que se desmayó. También recuerdo que siempre tenía un periódico doblado debajo del brazo, por lo qué algún chusco le puso el apodo "Sobaco ilustrado" con el que todo Guayaquil lo conocía porque era muy popular.

Para la conmoción nacional de 1910 provocada por la situación internacional por el Perú, se movilizaron varios batallones y ambulancias a la frontera de El Oro y allí estuvieron médicos y soldados en espera de los acontecimientos y por cerca de dos meses. Mientras tanto las familias se preocupaban de enviarles alimentos y el Dr. Carlos A. Rolando recibió una canasta de huevos, vinos y quesos que entregó a las monjitas de la cocina del cuartel para que los utilizaran. Ellas, ni cortas ni perezosas, prepararon una riquísima caspiroleta de huevos y le agregaron vino tinto, quedando el dulce delicioso y obscuro. Entonces empezaron a brindarla entre los médicos y llegado el turno al Dr. Abel Gilbert, éste preguntó qué era y las buenas monjitas le contestaron: Sírvasela con confianza, se trata de una caspiroleta preparada con los huevos del doctor Rolando, refiriéndose a que eran huevos frescos y recién llegados de la ciudad y el pícaruelo de Gilbert muerto de la risa, agregó "Ahora me explico el colorcito", dejándolas sin comprender el chistecito, que su colega era muy trigueño.

Ahora pasemos al ejemplo contrario, nuestras abuelas cuidaban sus blancuras con verdadera insistencia, alejándose del sol que ajaba la piel y y producía arrugas, pero en el fondo querían aparecer más blancas de lo que eran. "Si pareces una figurita de Bibelot" se decían entre ellas, refiriéndose a la blancura de esas porcelanas antiguas, que refulgían a la luz. Por supuesto que a ninguna se le hubiera ocurrido salir al sol, que entonces se consideraba el primer enemigo de la mujer y cuentos como aquel de la piel blanca mate japonesa, la mejor del mundo, eran repetidos de madres a hijas. Algunas hasta llegaban al extremo de blanquearse con polvo de albayalde como las japonesas, causando la admiración de muchos simples y la risa de algunos otros, no tan simples.

En 1907 muchas familias emigraron a los pueblos vecinos para escapar de la temible bubónica o "peste negra" y una matrona, acompañada de sus cuatro bellas hijas, se fue a Babahoyo, dejándole encargado a su marido que le mande a avisar cuando hubiera pasado el peligro. Entonces Babahoyo era más pequeño que ahora, pero tenía el encanto de su largo malecón, origen de un versito chusco que mejor paso por alto y aunque la gente era simpática y se visitaban por las tardes, no había nada más que hacer; y pasaron tres meses, la doña ya estaba aburrida y en eso llegó de Europa el Dr. Quintana, primer médico que trajo al país un aparato de rayos ultravioletas (rayos de sol) que era la novedad porque aunque nadie sabía para qué servían y realmente no sirven para nada, mas que para tostarse la piel, se creía que eran fortificantes, porque las personas que se los aplicaban, entrando pálidas como palúdicas, y salían coloradas como serranas y esto era considerado una señal de buena salud.

Así pues, la señora llevó a sus hijas a hacerles el tratamiento de rayos ultravioleta, quedó muy contenta de los resultados y llegando la hora de regresar, amarró los colchones y se fue al muelle, en espera del vapor San Pablo. Mientras tanto pasó un caballero y le preguntó "¿Nos deja?" y ella le contestó: "Mire Ud. ya tengo cuatro meses en este pueblo feo y polvoso, sin hacer nada, pero no se crea que he perdido mi tiempo inútilmente, no señor, he llevado a mis chicas a hacer un chequeo con los rayos ultravioletas del Dr. Quintana y ahora las regreso a Guayaquil, ultrachequeadas y ultravioladas .... Dicen que el caballero casi se murió de risa al oír tamaña tontería.