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BAULES
MISTERIOSOS
Cada baúl antiguo contenía
un mundo de papeles, retratos y recuerdos. Los habían
de muchas y muy variadas clases. Conocí algunos
con motivos folklóricos, bellamente dibujados
al óleo, con escenas campestres o paisajes;
otros eran más serios, de fino cordobán
de cuero, en colores obscuros, preferentemente negros
o cafés. También los había de
madera, pesados y difíciles de trasladar, pero
eran los menos populares y no faltaban los que tenían
grabadas las iniciales de su propietario a base de
tachuelas doradas o plateadas.
Por dentro los baúles eran forrados de tafetán
o de papel para evitar la humedad del ambiente y en
ellos se colocaba la ropa blanca, el ajuar de la novia
o diferentes cachivaches a gusto de su dueña.
Hubo entonces la costumbre de que si un novio o enamorado
moría, lo que era frecuente por la fiebre amarilla,
la tuberculosis o la bubónica, la pobrecita
quedaba como viuda y era mal visto que buscara de
nuevo, teniendo que vivir del recuerdo del amor que
pudo ser y nunca fue.
Estas señoritas eran prudentes, juiciosas y
muy victorianas y acostumbraban velar la foto del
novio cada aniversario de su muerte como si fuera
un santo por ser ánima bendita del purgatorio.
Ellas conservaban sus recuerdos aromados por los años
y el baúl de su ajuar, de la ropa blanca que
nunca usó y que tampoco tocaba, era la costumbre.
Allí se podía encontrar las finas sábanas
de lino o de seda con las iniciales o los monogramas
bordados. La sobrecama tejida de piola que pesaban
una barbaridad y duraban cien años. Las cartas
amarilladas por el peso de los años, envueltas
en cintas o apiladas una sobre otras en alguna cajita
de cartón.
El ajuar se compraba en París o en el comercio
de Lima, aunque se podía confeccionar en Guayaquil
y era de admirar la finura de los detalles. También
se guardaban en el baúl los títulos
de las haciendas y de las casas, únicos comprobantes
de la propiedad de esos bienes, cuando no se habían
constituido los Registros.
Las escrituras venían a ser como objetos mágicos
que condensaban en pequeños espacios las riquezas
de sus propietarios y no debe extrañar que
en caso de incendio lo primero que se salvaba era
el baúl y el joyero o joyel, heredado de madre
a hijas y en algunos casos venidos desde las abuelas
y hasta algo más atrás.
Las joyas republicanas eran con brillantes, esmeraldas,
rubíes y zafiros; en la colonia se preferían
las grandes perlas blancas y las perlas viudas o plomas,
más cotizadas por su rareza y oriente como
llamaban al brillo de esas perlas. Entre las joyas
más usadas estaban las hebillas de oro y brillantes
que antiguamente lucían las señoras
de edad en sus cinturones y en las zapatillas de raso
para recibir en casa a sus amistades. Claro, como
no circulaban, apoyadas en unos banquitos llamados
burropiés, tenían para exhibirlas y
lucirse que daba un gusto. También usaban aretes
y zarcillos y las gargantillas de fantasía
grandes y valiosas por su tamaño y elaboración.
Los camafeos de piedras semipreciosas y talladas por
orfebres europeos colgaban de una cinta negra, las
más ricas podían pagarse el lujo de
una tiara de perlas y brillantes.
En los antiguos mayorazgos limeños y quizá
hasta en alguno que otro quiteño, el joyel
era parte del legado invendible que se pasaba por
generaciones y allí nunca faltaba la tiara
usada solo para matrimonios o grandes festividades,
que hubiera sido de mal gusto ponérsela para
todo triquitraque.
Los brillantes venían del exterior, así
como el rubí que mientras más rojo era
más cotizado, los rojos profundos llamaban
"corazón de pichón" por tener
esa forma y salían de las minas de la India
que se agotaron en el siglo pasado. Los zafiros llegaban
también del oriente y eran menos apreciados
y las esmeraldas de muzo en Colombia, aunque las más
verdes y mejores por no tener residuos carbónicos
o jardines, forzosamente eran de Samarcanda en la
Tungusca, como decían.
Perlas exóticas arribaban desde Indonesia y
por la vía de Filipinas y Méjico, pero
en la Isla de Margarita, ubicada en el Caribe y cerca
de las costas de Venezuela, había criaderos
fabulosos. El Mariscal de Ayacucho encargó
algunas para regalar a su esposa la Marquesa de Solanda
y un tío abuelo mío llamado Carlos Aquiles
Pimentel Tinajero que anduvo por la isla de la Plata,
frente a Manabí, se comenta en familia que
descubrió la forma de conseguirlas, llegando
a guardar más de un ciento dentro de un frasco
de cristal de tapa ancha, que le sirvieron para vivir
más de quince años sin trabajar, dándose
la gran vida en Quito. Los ópalos de la Golconda,
como se decía de esta piedra, eran orientales
y muy escasos. La aguamarina casi desconocida pues
aún no llegaban del Brasil y los brillantes
abundaban tanto entre los ricos, que tachonaban sus
joyas con ellos sin dejar sitio libre para nada.
No era difícil ver mariposas y hebillas, broches
de camisas y prendedores de corbatas y hasta botonaduras
de brillantes para las camisas de etiqueta.
¿Qué se hicieron los baúles antiguos,
donde estarán?. El tiempo y las polillas dieron
cuenta de la mayor parte de ellos, pero otros, los
pocos que se lograron salvar, aparecen ahora encerrando
artísticos bares o como parte de la decoración
de ambientes interiores y hasta como refugio de trastos
inútiles, luciendo sus viejas tapas y reposando
sobre hermosas bases de madera o metal.
Los baúles antiguos nunca fueron simples maletas,
eran objetos íntimos de sus propietarios, receptáculos
de sus secretos inconfesados, de sus vidas no vividas,
truncadas por vivencias, o por alguna muerte u otra
clase de tragedia. ¡Ah si los baúles
pudieran contar sus historias, cuanto aprenderíamos
de ellos!.
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