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ANECDOTAS
DE LIBROS
Comprar libros antiguos o raros se
ha convertido en profesión imposible en el
Guayaquil actual y adquirir libros nacionales también
es difícil. No existen los famosos kioskos
de la Gobernación donde se compraban libros
viejos a precios más o menos razonables. Filian,
aquel erudito que iba comprando bibliotecas de casa
en casa, empujado por el progreso y la estética
de nuestra urbe, trasladó "su histórico
cajón" fuera del centro y ya no es lo
mismo que antes.
Otro anticuario, el señor León Aspiazu,
viene a mi memoria en estos recuerdos. En las ocasiones
que hablamos de libros me contaba dónde y cuándo
se había publicado tal o cual edición,
indicando cuál era la "Príncipe"
—por ser la mejor, la más completa—
¡Cuánto sabía de libros! En una
ocasión me contó su historia. Había
aprendido de libros en la biblioteca que su padre
tenía en Vinces. El viejo era un consumado
lector, tenía de todo un poco, sin faltarle
obras nacionales, entonces parvas por la pobreza del
medio ambiente. El Dr. León era abogado y cuencano
por excelencia, emparentado un poco, un mucho, con
los poetas Cordero y León de por allá,
que tanto han producido para las letras nacionales.
Así pues, le venía en la sangre aquello
de ser lector.
Su hijo, mi amigo el anticuario, llegó de Vinces
por los años 20 y no sabiendo nada en especial,
se metió a lo único que conocía
y que de paso le gustaba, donde podía competir
exitosamente y empezó a vender libros y allí
siguió por tanto tiempo que un día lo
tomó la muerte como al descuido, en su bodega
de libros viejos de la calle Julián Coronel.
En otra ocasión me contó que cuando
se murió un famoso abogado conservador de esta
ciudad sus hijos sacaron los libros de la biblioteca
y los pusieron en el suelo de la sala. Las gentes
llegaban a comprarlos a diez sucres cada uno, sin
distingo de ninguna especie y cuando alguien le preguntó
a un heredero ¿Por qué los venden?.
Fue respondido, ¡Porque los hemos leido!.. .
.
Ya no quedan anticuarios, la TV los mató. Hemos
perdido la sana costumbre de leer por las noches antes
de acostarnos, sólo para conciliar el sueño,
como decían los antiguos de esta urbe, que
tenían en el velador varios libros por si acaso,
en diletante humanismo. Pero aún quedan algunos
empecinados que leen de noche, a ellos me dirijo como
hizo la UNESCO de Quito hace algunos meses. Por favor,
lean más de la Patria, sigan en esto el consejo
del santo y sabio González Suárez, apoyen
al libro ecuatoriano, cómprenlos, no lo pidan
gratis. Tratemos de conocernos mejor.
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