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TOMO II
TOMO III
     


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ANECDOTAS DE LIBROS
Comprar libros antiguos o raros se ha convertido en profesión imposible en el Guayaquil actual y adquirir libros nacionales también es difícil. No existen los famosos kioskos de la Gobernación donde se compraban libros viejos a precios más o menos razonables. Filian, aquel erudito que iba comprando bibliotecas de casa en casa, empujado por el progreso y la estética de nuestra urbe, trasladó "su histórico cajón" fuera del centro y ya no es lo mismo que antes.

Otro anticuario, el señor León Aspiazu, viene a mi memoria en estos recuerdos. En las ocasiones que hablamos de libros me contaba dónde y cuándo se había publicado tal o cual edición, indicando cuál era la "Príncipe" —por ser la mejor, la más completa— ¡Cuánto sabía de libros! En una ocasión me contó su historia. Había aprendido de libros en la biblioteca que su padre tenía en Vinces. El viejo era un consumado lector, tenía de todo un poco, sin faltarle obras nacionales, entonces parvas por la pobreza del medio ambiente. El Dr. León era abogado y cuencano por excelencia, emparentado un poco, un mucho, con los poetas Cordero y León de por allá, que tanto han producido para las letras nacionales. Así pues, le venía en la sangre aquello de ser lector.

Su hijo, mi amigo el anticuario, llegó de Vinces por los años 20 y no sabiendo nada en especial, se metió a lo único que conocía y que de paso le gustaba, donde podía competir exitosamente y empezó a vender libros y allí siguió por tanto tiempo que un día lo tomó la muerte como al descuido, en su bodega de libros viejos de la calle Julián Coronel.

En otra ocasión me contó que cuando se murió un famoso abogado conservador de esta ciudad sus hijos sacaron los libros de la biblioteca y los pusieron en el suelo de la sala. Las gentes llegaban a comprarlos a diez sucres cada uno, sin distingo de ninguna especie y cuando alguien le preguntó a un heredero ¿Por qué los venden?. Fue respondido, ¡Porque los hemos leido!.. . .

Ya no quedan anticuarios, la TV los mató. Hemos perdido la sana costumbre de leer por las noches antes de acostarnos, sólo para conciliar el sueño, como decían los antiguos de esta urbe, que tenían en el velador varios libros por si acaso, en diletante humanismo. Pero aún quedan algunos empecinados que leen de noche, a ellos me dirijo como hizo la UNESCO de Quito hace algunos meses. Por favor, lean más de la Patria, sigan en esto el consejo del santo y sabio González Suárez, apoyen al libro ecuatoriano, cómprenlos, no lo pidan gratis. Tratemos de conocernos mejor.