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ALGUNOS
POBRES DIVORCIADOS
Acabo de leer que una agraciada chica
transexual y recién casada, ha solicitado al
Papa que le permita contraer matrimonio eclesiástico.
¿Le contestará el Papa? Esto me ha traído
a la memoria todo un capítulo de chistosas
anécdotas sobre los divorciados, a los que
hasta hace pocos años se perseguía socialmente
por tener esa condición y es que enantes, como
dicen los montuvios, la guerra era la guerra y había
muchas señoras de sociedad que no daban la
mano a las divorciadas y hasta hubo una que se salía
de las fiestas si entraba una pareja de esas; a tales
extremos se llevó la gazmoñería
y el absurdo.
El divorcio vino al país a principios de siglo.
Dicen que el General Alfaro al firmar la ley exclamó
"Firmo pero no estoy de acuerdo, porque soy muy
feliz con mi Anita, a la que no cambiaría ni
por todas las mujeres del mundo." Y es que era
una pareja muy feliz, al punto que cuando Alfaro triunfó
en Gatazo tuvo la hombría de mandarle un telegrama
a su media naranja diciéndole: "Señora:
pongo a sus pies la espada vencedora del ejército
liberal. Bendigamos a la providencia. Abracemos a
nuestros hijos", gesto que las mujeres del Ecuador
deberían recordar como homenaje supremo.
Del Mariscal Sucre cuentan que era tan delicado con
el bello sexo que un día en Bolivia, al saber
que un soldado le había pegado dos o tres mojicones
a su guaricha, lo hizo llamar y díjole: "A
la mujer no se le pega ni con el pétalo de
una flor" y lo mandó preso por abusivo.
Alfaro era bonachón y muy gracioso; cuando
se trató de expedir la Ley de Divorcio fue
asediado en palacio por una comisión de más
de cincuenta señoras quiteñas, empingorotadas,
que fueron a protestar y a pedirle que no firme el
ejecútese de ley y tal era la iracundia de
las damas que todas gritaban al mismo tiempo sin dejarse
entender. Entonces aprovechó Alfaro la oportunidad
y pidiendo silencio les dijo: "Señoras
muy distinguidas, hablando todas a la vez no puedo
entenderlas, sírvase tomar la palabra las de
más edad", y es fama que quedaron mudas
y ninguna quizo hablar, terminándose la reunión
a capazos con una rápida despedida del Presidente,
que se fue aprovechando el desconcierto creado por
sus palabras.
Hace muchos años cuando recién se crearon
los obispos auxiliares de esta Diócesis llegó
uno de ellos acompañado de su anciana madre
y al bajar del avión las damas católicas
que asistían al recibimiento quedaron sorprendidas
al ver a la anciana vestida de anaco, lo que contrastaba
con las ricas vestiduras del mitrado. Así,
las cosas, parece que el recibimiento se tornó
algo frío pero pronto las señoras fueron
cambiando en su trato con la anciana, que las compró
con bondades y buenas obras, al punto que a los pocos
meses hasta empezó a comadrearse con algunas,
que es lo máximo en confianza que se dá
en esta zona; pero no faltó una que otra que
no le perdonó el anaco, olvidando que el pecado
de la soberbia es castigado, porque en este mundo
"hasta las más altas torres se derrumban".
En otra ocasión llegó un Obispo del
extranjero y fue recibido por una comisión
en los que abundaban las parejas de divorciados. La
gente tuvo para hablar del asunto, pero el buen Obispo
ni se dio por aludido, recomendándoles que
recen el rosario como sana costumbre familiar. Era
la época de mayor exacerbación y ni
siquiera se les permitía recibir la comunión.
Un caballero divorciado y muy católico, tenía
la costumbre de concurrir a la iglesia de San Francisco,
rosario en mano, a oír misa, y un día
al salir una dama de la Iglesia, comulgando hacía
pocos minutos, el caballero se le acercó muy
respetuosamente y le dijo: "Permítame
que le dé un abrazo, porque Ud. lleva a nuestro
Dios en el pecho" y lloró. El esposo de
la dama estaba presente y eran buenos amigos. Ejemplo
muy digno de ser relatado y lección para los
que no creen ni tienen fe. El Señor al que
me estoy refiriendo, cuando murió lo hizo con
un gran rosario de cuentas de madera puesto alrededor
de su cuello y fuertemente sostenido por sus manos
que no lo aflojaron ni al final. Había vivido
con sed de Dios, pero no podía acercársele.
Otra dama divorciada y muy anciana regresó
al país después de más de veinte
años de ausencia y pidió a sus hijas
que la llevaran a visitar a una íntima amiga
de la infancia. Una vez en el departamento se sentaron
todas y esperaron que salierais dueña de casa,
pero esta se paseó de lejos para que la vieran
y no salió.
Conducta bastante impropia que fue severamente criticada
aún en los círculos más católicos.
Cuentan que una señora se divorció de
su marido y se casó con otro, pero como había
hijos de por medio siguieron manteniendo buenas relaciones
aunque de lejitos y esto solamente por los bebes;
pero pasaron los meses y que un niño se enfermaba
y que el otro se caía y el primer cónyuge
se acostumbró a visitar semanalmente a los
chicos y hasta se hizo amigo del segundo marido. En
eso la señora salió encinta - del segundo
por supuesto - y el primero, que era bastante simplón,
se ofreció a atenderla profesionalmente en
el parto y sin costo alguno, porque me había
olvidado referir que era ginecólogo. El segundo
se amoscó con el asunto y agradeció
la buena voluntad y el cariño que encerraba
ese generoso ofrecimiento, declinando aceptarlo debido
a compromisos previamente contraídos con otro
facultativo. Y así salió de tan difícil
paso en que lo había metido la vida moderna
y las confiancitas.
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