TOMO IV
 
 
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TOMO II
TOMO III
     


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ALGUNOS POBRES DIVORCIADOS
Acabo de leer que una agraciada chica transexual y recién casada, ha solicitado al Papa que le permita contraer matrimonio eclesiástico. ¿Le contestará el Papa? Esto me ha traído a la memoria todo un capítulo de chistosas anécdotas sobre los divorciados, a los que hasta hace pocos años se perseguía socialmente por tener esa condición y es que enantes, como dicen los montuvios, la guerra era la guerra y había muchas señoras de sociedad que no daban la mano a las divorciadas y hasta hubo una que se salía de las fiestas si entraba una pareja de esas; a tales extremos se llevó la gazmoñería y el absurdo.

El divorcio vino al país a principios de siglo. Dicen que el General Alfaro al firmar la ley exclamó "Firmo pero no estoy de acuerdo, porque soy muy feliz con mi Anita, a la que no cambiaría ni por todas las mujeres del mundo." Y es que era una pareja muy feliz, al punto que cuando Alfaro triunfó en Gatazo tuvo la hombría de mandarle un telegrama a su media naranja diciéndole: "Señora: pongo a sus pies la espada vencedora del ejército liberal. Bendigamos a la providencia. Abracemos a nuestros hijos", gesto que las mujeres del Ecuador deberían recordar como homenaje supremo.

Del Mariscal Sucre cuentan que era tan delicado con el bello sexo que un día en Bolivia, al saber que un soldado le había pegado dos o tres mojicones a su guaricha, lo hizo llamar y díjole: "A la mujer no se le pega ni con el pétalo de una flor" y lo mandó preso por abusivo.

Alfaro era bonachón y muy gracioso; cuando se trató de expedir la Ley de Divorcio fue asediado en palacio por una comisión de más de cincuenta señoras quiteñas, empingorotadas, que fueron a protestar y a pedirle que no firme el ejecútese de ley y tal era la iracundia de las damas que todas gritaban al mismo tiempo sin dejarse entender. Entonces aprovechó Alfaro la oportunidad y pidiendo silencio les dijo: "Señoras muy distinguidas, hablando todas a la vez no puedo entenderlas, sírvase tomar la palabra las de más edad", y es fama que quedaron mudas y ninguna quizo hablar, terminándose la reunión a capazos con una rápida despedida del Presidente, que se fue aprovechando el desconcierto creado por sus palabras.

Hace muchos años cuando recién se crearon los obispos auxiliares de esta Diócesis llegó uno de ellos acompañado de su anciana madre y al bajar del avión las damas católicas que asistían al recibimiento quedaron sorprendidas al ver a la anciana vestida de anaco, lo que contrastaba con las ricas vestiduras del mitrado. Así, las cosas, parece que el recibimiento se tornó algo frío pero pronto las señoras fueron cambiando en su trato con la anciana, que las compró con bondades y buenas obras, al punto que a los pocos meses hasta empezó a comadrearse con algunas, que es lo máximo en confianza que se dá en esta zona; pero no faltó una que otra que no le perdonó el anaco, olvidando que el pecado de la soberbia es castigado, porque en este mundo "hasta las más altas torres se derrumban".

En otra ocasión llegó un Obispo del extranjero y fue recibido por una comisión en los que abundaban las parejas de divorciados. La gente tuvo para hablar del asunto, pero el buen Obispo ni se dio por aludido, recomendándoles que recen el rosario como sana costumbre familiar. Era la época de mayor exacerbación y ni siquiera se les permitía recibir la comunión. Un caballero divorciado y muy católico, tenía la costumbre de concurrir a la iglesia de San Francisco, rosario en mano, a oír misa, y un día al salir una dama de la Iglesia, comulgando hacía pocos minutos, el caballero se le acercó muy respetuosamente y le dijo: "Permítame que le dé un abrazo, porque Ud. lleva a nuestro Dios en el pecho" y lloró. El esposo de la dama estaba presente y eran buenos amigos. Ejemplo muy digno de ser relatado y lección para los que no creen ni tienen fe. El Señor al que me estoy refiriendo, cuando murió lo hizo con un gran rosario de cuentas de madera puesto alrededor de su cuello y fuertemente sostenido por sus manos que no lo aflojaron ni al final. Había vivido con sed de Dios, pero no podía acercársele.

Otra dama divorciada y muy anciana regresó al país después de más de veinte años de ausencia y pidió a sus hijas que la llevaran a visitar a una íntima amiga de la infancia. Una vez en el departamento se sentaron todas y esperaron que salierais dueña de casa, pero esta se paseó de lejos para que la vieran y no salió.

Conducta bastante impropia que fue severamente criticada aún en los círculos más católicos.

Cuentan que una señora se divorció de su marido y se casó con otro, pero como había hijos de por medio siguieron manteniendo buenas relaciones aunque de lejitos y esto solamente por los bebes; pero pasaron los meses y que un niño se enfermaba y que el otro se caía y el primer cónyuge se acostumbró a visitar semanalmente a los chicos y hasta se hizo amigo del segundo marido. En eso la señora salió encinta - del segundo por supuesto - y el primero, que era bastante simplón, se ofreció a atenderla profesionalmente en el parto y sin costo alguno, porque me había olvidado referir que era ginecólogo. El segundo se amoscó con el asunto y agradeció la buena voluntad y el cariño que encerraba ese generoso ofrecimiento, declinando aceptarlo debido a compromisos previamente contraídos con otro facultativo. Y así salió de tan difícil paso en que lo había metido la vida moderna y las confiancitas.