TOMO III
 
 
 TOMO I
TOMO II
TOMO IV
     


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UNA MITRA DISPUTADA
En 1883 y a raíz de la muerte de su madre el doctor Federico González Suárez abandonó la Diócesis de Cuenca en la que había servido once años bajo la protección del Obispo doctor Remigio Estévez de Toral y Flor, quién falleció poco después. González Suárez viajó a la capital y el Arzobispo doctor José Ignacio Ordóñez Lazo lo colmó de atenciones y designó Arcediano de la Catedral quitense.

Por esa época el país conoció que el joven y retraído doctor González Suárez era hombre de talento y dedicación al estudio. En 1878 había publicado en Cuenca, en la Imprenta el Clero, un «Estudio Histórico sobre los Cañaris», obra de 100 ejemplares con profusas láminas de Joaquín Pinto, grabadas en Quito en la prensa litográfica generosamente cedida por su propietario Carlos Matheus y Pacheco. En 1881 y por mandato de su protector el Obispo Toral que la costeó de su peculio, apareció en la misma Imprenta el Tomo Primero de la Historia Eclesiástica del Ecuador. Estas dos obras sirvieron de mucho para alabar su nombre, porque con ellas inició los estudios nacionales sobre arqueología e historia colonial ecuatoriana, que luego ampliará con otras de igual profundidad y meditación como el Atlas Arqueológico en 1892 y el resto de su famosa Historia General de la República del Ecuador, publicada a intervalos y a partir de 1890, que le acarreará tantos disgustos, enemigos y sinsabores; incluso entre sus propias amistades.

VIAJE A EUROPA
A mediados de 1884 el Arzobispo decidió viajar a Roma llevando a González Suárez como secretario, para practicar la visita «Ad-limina»que cada 10 años están obligados a realizar los obispos católicos del mundo a la Ciudad Santa.

El viaje es largo y provechoso en extremo. Ordóñez y González visitan Cuenca y Guayaquil y embarcan hacia Francia vía Panamá. Atravesaron las Antillas, Saint Nazaire, París, Basilea, Milán y por fin Roma. donde permanecieron algunos meses; luego Monseñor Ordóñez regresó a Ecuador, quedándose González Suárez, que pasó a España y consiguió autorización para estudiar el Archivo de Indias, merced a la amistad que le dispensa el Conde de Casa Miranda, viviendo dos años entre papeles e infolios empolvados y como es alérgico al polvo sufrió continuos accesos de asma bronquial, flujos en la cara y extenuación en el estómago, como contará después en su opúsculo «Defensa de mi criterio histórico» escrito en Riobamba en 1895.

Como primer fruto de tanto esfuerzo publicó a su regreso en Quito, en 1888, la «Memoria histórica sobre Mutis y la expedición botánica en Bogotá», alabada por los primeros talentos de esa época: Marco Jiménez de la Espada, Marcelino Menéndez y Pelayo, Justo Zaragoza y José Toribio Medina -quienes lo incitaron a seguir escribiendo. El Arzobispo Ordóñez, siempre adusto y severo, vio en su Secretario al futuro primado de la Iglesia ecuatoriana y le dio descanso para que investigara «Háganos conocer a nuestros mayores: cuéntenos lo que fue Ecuador en el tiempo pasado. Escriba nuestra historia ...» le ordenó desde Quito y cuando nuevamente lo tuvo a su lado descubre con frución que no está solo; pues miles de documentos copiados de puño y letra reposaban pacientemente en sus baúles, en espera de ser estudiados y transcritos para nuestro bien. ¡Así nació una de las obra histórica más rica, valiosa y verídica que tiene la Patria!

LA TEMPESTAD DEL TOMO IV
En abril de 1893 salió a la luz en Quito el IV Tomo de la Historia, libro destinado a provocar en las letras nacionales el mayor escándalo que se tiene noticia. Efectivamente, al tratarse la tercera época en que el autor divide su historia, habla de las presidencias audienciales desde el licenciado Miguel de Ibarra hasta don Santiago de Larraín; período comprendido entre 1600 y 1718, rico en escándalos sociales y eclesiásticos de subido color, que dieron mucho que decir en la época y que repetidos con lujo de detalles en 1893, colmaron la paciencia de los Superiores de algunas Comunidades religiosas quiteñas y especialmente la del Padre Reginaldo María Duranti. Prior de los Dominicanos, que comentó el asunto tildando de mentiroso y falsario a González Suárez. En marzo de 1894 el «Diario de Avisos» de Guayaquil publicó la Crónica del corresponsal en Quito que aseguraba que los dominicos habían acudido al Arzobispo en demanda de condenación de la obra, por haber sido impresa sin autorización eclesiástica y atentar contra la majestad de la Iglesia con exageraciones sin fin.

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