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UNA
BRONCONEUMONIA
Hasta hace muy pocos años,
diría que antes de 1950 que llegó la
penicilina y demás antibióticos a Guayaquil,
enfermarse en el Ecuador era un gravísimo problema,
cualquiera moría de fiebrecita y los que lograban
sanar quedaban tan flacos que eran hueso y pellejo.
Los médicos de la Sierra curaban a la antigua,
sus conocimientos eran escasos, su farmacopea casi
colonial. Y como para muestra basta un botón,
va la última enfermedad del ilustre padre Julio
Matovelle Maldonado, fundador de la Comunidad de Oblatos.
CUENCA.- Jueves 13 de Junio de 1929.-
Fíjense bien en el año. Las 9 de la
mañana. El Padre sintió un fuerte dolor
de cabeza, tenía 76 años pero estaba
fuerte y alegre, así pues, tomó una
infusión de yerbas y se acostó en su
cama. A las 11 lo visitó su amigo el Dr. Alfonso
Peña, se sentó, conversaron sobre una
prensa que estaba en venta y le diagnosticó
un fuerte resfriado. Por la tarde comenzó a
tomar sus medicinas.
Viernes 14.- Se despertó con
pocas fuerzas y fiebre de 39. Quiso celebrar misa
pero atendiendo a la suplica de los padres no lo hizo.
Regresó el médico y lo examinó.
Nuevas medicinas, reposo absoluto en la cama. Por
su cuenta el enfermo perdió el apetito y no
quiso probar bocado. En la tarde el Doctor regresó
y diagnosticó Bronconeumonía. Salió
asustadísimo y en su fuero interno al paciente
lo dio por muerto.
Sábado 15.- Matovelle se despertó
como siempre pero con 39.2 de fiebre. Los padres y
el Dr. Peña acordaron una junta con el Dr.
Juan Idrovo, que siempre le curaba de unas hemorragias
nasales. Por la tarde ambos tomaron la iniciativa
de convocar a los más prestigiosos médicos
de la ciudad. ¡Vaya Junta para importante! Matovelle
oyó, comprendió su estado y se dispuso
a bien morir, así pues, se encerró en
su celda y no quiso recibir a nadie más hasta
la llegada de los galenos.
Domingo 16.- El enfermo abrió
su celda a las 6 1/2 y al ver a un sacerdote de su
orden solo atino a decirle ¡Ven ayúdame,
ay Dios mío, a que estado me he reducido! No
pudo calzarse ni vestirse y se quedó en cama,
pero confesó y comulgó. Mientras tanto
seguía tomando sus infusiones de yerba y una
que otra copita de jarabe; a las dos fue la solemne
Junta, que más parecía procesión
de Galenos. Entraron presididos por el Protomédico
del Azuay Dr. Sojos, seguido por el Decano de la Facultad
de Medicina Dr. Crespo y luego seguían doce
médicos mas. Total catorce médicos.
Cada uno lo examinó por turno y a solas, sin
que quedara nada por examinar, que en eso se portaron
generosos. Diagnosticaron lo que ya todos sabían
y ordenaron sangrías para despejarle el organismo.
Se retiraron a las cinco y no quisieron cobrar, quedándose
únicamente el Dr. Idrovo con un filudo bisturí.
Matovelle le dijo con gracia ¡Yo soy la carne
y Uds. la cuchilla! y extendió dócilmente
su brazo; primero le cortaron pero no hallaron la
vena, luego hicieron lo propio en la muñeca
y sacaron 500 gramos de sangre, doble molestia y dobles
dolores.
Afuera la muchedumbre comentaba el progreso de la
enfermedad y sufría por «el padrecito
santo», por «el doctor Matovellito»
como el pueblo le decía; pero ya no quedaba
nada por hacer, la enfermedad seguía adelante
y las pocas fuerzas que el enfermo aún tenía,
se habían ido con la sangría. Esa noche
la fiebre subió a 40.
Lunes 17.- Amaneció gravísimo
y fue acompañado por el Dr. Luis Martínez.
A las 3 y 1/2 llegó el Obispo y su secretario.
Más agüitas de yerba, pero nadie se engañaba.
Entonces le asaltó un arranque de buen humor
y exclamó ¡Echate en la cama y sabrás
quien te ama!
Martes 18.- Día de Santa
Juliana de Falconieri, patrona de sus parientes los
Falconí de Riobamba (disculparán mis
lectores esta disgresión erudita aunque poco
oportuna). Recibió al Canónigo Nicanor
Aguilar Maldonado que le llevó la comunión
y se preocupó de pedir para él.
¡Den café y una copa de vino al Nicanor
...!
A las tres de lo tarde su respiración se hizo
anhelante, entró en sopor y murió tranquilamente
quien en vida había sido tan activo e intransigente,
a las 7 y 45 de la noche, a los 76 anos de edad y
49 de ordenación sacerdotal.
Queda como moraleja que antes de los antibióticos,
es decir, hace sólo 33 años, la gente
se moría de cualquier dolencia, casi no había
defensa, ni remedios, por ello la humanidad no crecía
como lo hace ahora, que nacen tres y mueren solo dos.
¡Sí señor!.
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