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FUSILAMIENTO
DE VARGAS TORRES
Luis Vargas Torres era hermano de
madre de los Concha Torres, pudiendo afirmarse sin
temor a equivocaciones que fue la trágica muerte
de Clemente que lo impulsó a la acción,
mas en el Congreso del 84 los liberales fueron derrotados
y subió al poder Plácido Caamaño.
Su período presidencial se vio agitado por
la revolución de los Chapules que sofocó
a bala. Cuatro años detentó el poder,
desde 1884 a 1888, habiéndole correspondido
el honor de formar parte del Partido Progresista,
en vano intento por conciliar con los liberales que
representaban el futuro de la nación y las
luces de la civilización francesa. Pero eran
dos polos opuestos porque Alfaro, Montalvo, Proaño,
Semblantes, Valverde y tantos otros pensaban en Voltaire,
Rousseau, Marat y Demoulin, los progresistas Flores,
Caamaño, Lorenzo Rufo Peña, Sarasti
y Cordero no veían más allá de
Napoleón el pequeño. Allí estaba
la diferencia; en un simple punto de vista.
Y Luis Vargas Torres cayó fusilado en Cuenca
luchando contra el régimen de Caamaño
la mañana del 20 de Marzo de 1887. Murió
en su ley, mirando de frente al peligro y dejando
muy en alto el prestigio que gozaba; pero alguien
estuvo a su lado acompañándole hasta
el final. Era un ser muy querido, su hermano Jorge,
el joven venido de París. El no era político
como sus hermanos, pues prefería la vida muelle
del puerto a los avatares de las selvas, el ayuno
en el destierro y la rabia de matar.
TRAGEDIA DE JORGE CONCHA
En 1887 en Cuenca planeó la
fuga de su hermano preso y hasta había conseguido
sobornar al carcelero; más llegado el momento
y a media cuadra, cuando ya sólo quedaba tomar
un caballo y huir a Guayaquil, Vargas Torres regresó
a su celda al enterarse de que no podía huir
con sus compañeros de prisión.
El gobierno conoció la actuación de
Jorge Concha y ordenó su prisión. De
Cuenca lo trajeron a Guayaquil por vía fluvial,
una escolta lo condujo a Babahoyo. Su madre Delfina
Torres de Concha, se hizo acompañar de sus
hijas Teresa y Delfina hasta dicho puerto, despidiendo
allí al detenido, que siguió viaje a
la capital. Al pasar por el páramo de Tíopullo,
a 3.000 metros de altura, cerca de la población
de Machachi, llovió copiosamente, llegando
completamente mojado y con fuertes calenturas. La
oportuna intervención del abogado de la familia
doctor Antonio Gómez de la Torre pudo salvarle
de una prisión prolongada, consiguiendo que
le asignaran como celda la ciudad, pasando a residir
en casa del citado jurisconsulto, donde sintió
cada día con mayor insistencia que un ardor
de fuego le invadía la garganta. Tenía
una infección declarada. bajó a Guayaquil
y fue atendido por el doctor Fernando García
Drouet, que acababa de retornar de Europa y gozaba
de mucho prestigio, quien le practicó tocaciones
con sustancias químicas que le provocaron llagas
y a la postre, la pérdida casi total de la
voz.
Desde Marzo de 1887 hasta el 5 de Diciembre de 1889
duró el suplicio del joven. Día á
día perdiendo peso, Era un cáncer declarado
el que tenía, así opinaban los médicos.
Pero esa mañana asomado a la ventana que daba
al Callejón Gutiérrez en el antiguo
barrio Villamil, tristemente vio entrar el vapor del
sur y brotó en su mente una brillante idea,
viajaría él también al Perú
a ver si allí lo curaban. El barco regresaría
al día siguiente y él iría allí.
Entonces llamó a su madre con algunas palmadas
porque no podía hablar con facilidad y teniéndola
a su lado le dice: " ¡Mamá, me voy
a Lima a curar, que todos preparen viaje porque no
quiero irme solo!". La madre, madre al fin, comprendiendo
que este hijo también se le moría, llamó
de inmediato a Carlos (el tercero de los tres mayores)
y le ordenó que comprara pasaje para toda la
familia, que al día Siguiente partían.
Y así ocurrió, el 18 de Diciembre de
1889 se embarcaron las siguientes personas; Delfina
Torres viuda de Concha, sus hijos: Jorge (el enfermo),
Carlos, José María, Esther, Teresa y
Delfina Concha Torres; José Mosquera (muchacho
que hacía mandados en la casa) y Juana la cocinera.
No nos debe extrañar que viajaran tantos porque
era la época en que se iba a París cargando
hasta los colchones. Los pasajes eran baratos y no
se habían inventado los pasaportes.
El 23 y después de cinco días de viaje
llegaron al Callao, enseguida se trasladaron a Lima
y tomaron alojamiento en el Hotel Maury. Se llamó
al doctor Ricardo Flores, eminente galeno que después
llegó a Guayaquil desterrado por político,
quien diagnostica el caso como perdido y aconsejó
que alquilaran una vivienda hasta el fallecimiento
del enfermo. ¡Tan grave estaba!
Se alquiló un gran caserón situado en
la calle de las Animitas, tan antiguo y señorial
como los castillos del medioevo europeo, lo malo es
que estaba sin muebles porque sus propietarios los
señores de la Riva Agüero, que lo heredaron
de sus mayores los Marqueses de Montealegre de Aulestia,
habían tomado el fino mobiliario para mejor
adorno de sus moradas, dejándola limpia y pelada
como pepa de guaba.
Y pasaron catorce días y una mañana.
Domingo 6 de Enero de 1890, entrando Dña. Delfina
a la pieza del enfermo, oyó que éste
la llamaba diciendo: "¡No se vaya, quédese
aquí!". Fueron sus últimas palabras
porque falleció a poco. Al día siguiente
fue el entierro y acto seguido el regreso, penoso
y desesperanzado.
Querido lector, no pidas la continuación de
esta historia, porque como en los cuentos de mil y
una noches, aquí me quedo, reservando para
el futuro la historia del cuarto hermano guerrillero
Carlos Concha.
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