TOMO
III |
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SUBO
AL CADALSO
Carlota Sotomayor y Luna y Swaynne
era bellísima y vivía con sus padres
y esposo en la gran casa familiar de la esquina sureste
de 9 de Octubre y Chimborazo, donde después
estuvo la Botica Internacional y ahora se levanta
un edificio esquinero de propiedad horizontal. Ella
era casada con José Ramón de Sucre y
Lavayen, hermano de la poetisa Dolores y tenían
un solo hijo. Un buen día notó que en
su espalda había un bulto algo misterioso y
llamó al Dr. Alejo Lascano, acabado de llegar
de París, que le encontró un "lovanillo"
que podía ser de grasa o canceroso. ¡Había
que operar!.
Entonces no habían clínicas privadas
en el Guayaquil de hace 100 años, así
es que el Dr. Lascano hizo comprar algunos metros
de tela blanca de algodón para forrar las paredes
del salón principal, del que hizo retirar los
muebles y colocar la mesa de operación y cuando
la enferma subió a la mesa dijo esta profética
frase: ¡Subo al cadalso! Enseguida le aplicaron
la anestesia —que acababa de llegar al país
procedente de Lima— y al hundir el bisturí
en la espalda de doña Carlota, saltó
la sangre a chorros, lo que anunció al cirujano
que tenía que portarse rápido si quería
salir triunfante en la pelea, pero el tal lovanillo
resultó más profundo de lo que se pensaba
y hubo que escarbar por los lados para extraer las
múltiples raíces que tenía formadas.
Al final de tan ardua carnicería, Lascano cosió
la herida y quiso despertar a la operada, pero todo
fue inútil, porque hacía ratos que había
muerto de infarto. De todo esto ha quedado memoria
por el verso "Subo al cadalso" que compuso
doña Dolores Sucre en honor a su cuñada.
Recién a principios de siglo se comenzó
a operar con guantes de caucho y a usarse otras prácticas
de asepcia. El Dr. Felicísimo López
fue acusado de espiritista en 1893 por curar con sugestión,
magnetismo e hipnotismo, pero esto sucedió
en Manabí donde él habitaba con los
suyos. Entonces tuvo que salir de la provincia porque
el Obispo de Portoviejo Dr. Pedro Schumacher le declaró
la guerra y hasta casi lo linchó el populacho.
De Marieta de Veintemilla se cuenta que dio la primera
conferencia sobre psicología. Ésta singular
hazaña la realizó en 1904 en la Sociedad
Jurídico Literaria de Quito y la colocó
entre nuestras más ilustradas paisanas de todos
los tiempos. Después se dedicó al espiritismo
en su quinta de Pomasqui que decoró al estilo
Victoriano con muebles de madera color negro y telas
rojas, de donde la gente sacó en conclusión
que ella tenía pacto con el diablo y no había
quien se le acerque en la calle. ¡Así
éramos de ignorantes en estas materias!
Otros adelantos también llegaron del exterior.
El Dr. Francisco Martínez Aguirre a quien decían
"El Perico Martínez" por un periódico
que él sacaba con ese nombre, vino de los Estados
Unidos graduado de médico y cirujano y trajo
el primer autoclave para desinfecciones y nuevas técnicas
para operar estómago y pecho. Realizó
la primera laparatomía que se conoce en Guayaquil
pero luego se dedicó a partero e inventó
unas pinzas muy fáciles de manejar, especialmente
diseñadas para operar tumores en el cuello
del útero y realizó operaciones asombrosas.
Uno de sus alumnos el Dr. José María
Estrada Coello escribió su tesis doctoral sobre
estas pinzas, que hasta hoy se guardan en el museo
de la Sociedad Médico Quirúrgica del
Guayas como cosa asombrosa para su época.
A los sifilíticos les tenían reservado
el siguiente tratamiento. Primero la latigueda de
costumbre que ya nuestros lectores conocen. Luego
un baño mercurial que se practicaba así:
Sobre una tina de madera de pechiche se colocaba un
banquito de tres patas y encima se sentaba completamente
desnudo el enfermo. En el plan de la tina se colocaban
carbones encendidos. Todo se tapaba con una sábana
gruesa de lino, dejando la cabeza del enfermo libre
para que pueda respirar y abriendo la sábana
se echaba sobre los carbones una mezcla de mercurio
y agua para que al caer se convirtiera en vapor, que
abría los poros y entraba al cuerpo casi como
si fuera una inyección, de tal suerte que después
de un mes de estos baños, ya no contagiaban
porque el mercurio había matado la espiroquetea
pálida, germen de la enfermedad.
En muchos casos los enfermos no resistían el
tratamiento, morían con ataques de clancia
y los riñones destruidos por el mercurio; pero
así eran las curas de antaño, tenían
sus riesgos y era necesario escoger entre dos males.
Y ahora que andamos por los ríñones
cabe indicar que en los ejércitos libertadores
existía la llamada "gota del soldado"
o mal venéreo menor, que se curaba quien sabe
como, a fuerza de paciencia y constancia, con tratamiento
cáusticos muy dolorosos y largos que podían
ocasionar lesiones internas de incalculable daño.
El general Juan José Flores murió de
infección a la vejiga en 1865 debido a que
en el Combate de Santa Rosa recibió un tiro
perdido en el bajo vientre, del que nunca pudo sanar.
El cadáver fue introducido en un barril de
alcohol y traído desde Machala a Guayaquil
a bordo de un navío de guerra. Sus familiares
esperaron el cadáver y lo depositaron en un
lujoso ataúd que llevaron a Quito; el barril
quedó abandonado y dicen que los marineros
vendieron el liquido por botellas a un tabernero del
Malecón de la orilla, quien a su vez lo remató
a módicos precios, cuidándose mucho
de decir la procedencia del producto. Así pues,
las borracheras que se suscitaron en dicho antro fueron
con ese alcohol. ¿Cómo habrán
terminado?.
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