TOMO III
 
 
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TOMO II
TOMO IV
     


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POETA DE LAS AÑORANZAS
Hubo una vez un poeta romántico y añoroso que tuvo una niñez feliz en Esmeraldas; en esa provincia siempre verde tenían sus padres una hermosa quinta cercana a las vegas del Tiaone, río claro y torturoso como una sierpe de plata y allí eran felices hasta que el terremoto de marzo de 1859 redujo a nada la modesta fortuna, descuajó las tierras, arrasó los sembríos y echó al suelo el producto de cinco años de esfuerzos continuados en pro de un futuro mejor. El poeta se llamaba César Borja Lavayen y desde ese instante su corazón se nubló y ya no pudo ser enteramente dichoso. "Los que han vivido la felicidad y la han perdido, guardan nubes en su corazón...."

Después vino la guerra de 1860 y la familia compuesta del comandante Camilo Borja Miranda y Maclovia Lavayen de Borja, de los niños César y Rosita Borja Lavayen, tuvo que salir a Guayaquil. En "Paisajes y Recuerdos" el poeta rememora a su hermana ¡Bella, feliz edad! Era yo niño;/tú, una linda, parlera rubiecita /joven, dichosa y de hermosura llena/nuestra amante, adorada madrecita. //El era joven y marcial. /Bizarro Jefe de Taura, el escuadrón glorioso;/ y, en el santuario del hogar tranquilo/ tan dulce padre como tierno esposo/.

Y después de esa guerra el poeta comenzó su vida de estudiante en Guayaquil, primero en el Colegio Seminario, luego un viaje a Quito y otro a Lima, a la Universidad de San Marcos, a estudiar la dura carrera de la medicina. Y un día, ya joven médico, otro viaje a la provincia querida de Esmeraldas.

Y el reencuentro con la tierra, con ese edén perdido de su infancia, entonces infectado de balas y enfermedades ponzoñosas, hizo que su corazón de poeta se abriera nuevamente aliviando los dolores de los heridos y pasada la borrasca trasmontando las altas colinas, subiendo las lomas verdes y plácidas, cruzando los cármenes y praderas bellísimas, llegando a los frondosos plantíos de "Timbre", tierra sin igual, donde remontó las corrientes del río de ríos, del Esmeraldas, para internarse en boscajes paradisíacos y en la sombra serena y perfumada de la selva, "en cuyo silencio, apenas turbado por la melodía de los rumores de la espesura, oré al Dios de la naturaleza".

Entonces surgieron vivos y claros los dormidos recuerdos, cantó en estrofas sus días primeros y regresó a Guayaquil, guardando el manuscrito dentro de las páginas de un voluminoso Diccionario de Medicina, donde quedaron dormidas por más de un cuarto de siglo.

Hacia 1909 y poco antes de su muerte, el poeta viejo y silencioso, un día que hojeaba sus libros encontró los versos y sintió renacer sus días de la infancia y el poeta, el político, el desterrado Dr. Borja, no quiso que se perdieran para siempre y corrió a publicarlos en la "Casa editorial de Proaño, Delgado y Gálvez", de Quito, donde salieron con otras producciones y varias de sus magistrales traducciones. Esta es la historia de "Flores Tardías y Joyas Ajenas", lo mejor de Borja Lavayen al decir de sus críticos, lo más sentido.

Pocos meses después moría cumpliendo consigo mismo y con la memoria de sus queridos padres, que salvó a la posteridad con estos cantos, frutos de una niñez feliz a la sombra de las vegas rumorosas del Tiaone, en deleitante contacto natural con las feraces selvas del centro del Esmeraldas.