TOMO III
 
 
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ORIFICES DEL VERSO
Cuando el romanticismo en Francia había madurado suficientemente a la sombra de Lamartine y Chateaubriand y siguiendo las huellas alemanas de Herder, Goethe y Schiller; "el poeta impecable, perfecto mago en letras francesas Théophite Gautier", causó la división de los literatos de París "llevándose a los puros, mientras que Víctor Hugo se convirtió en poeta social y Alfredo de Musset conservaba el culto de las almas apasionadas".

Así surgió una escuela poética que fundada por Gautier, trataba de obtener el triunfo del materialismo de las apariencias visibles y tangibles, expresadas en poesía formalista y de técnica depurada.

Entre los seguidores de Gautier sobresalió enseguida Leconte de Lisle, poeta sensible que no gustaba del barato aplauso de las masas y que escribió: "La multitud imbécil no es capaz de Juzgar lo bello. Hacer una hermosa obra de arte es probar el amor a la Justicia y al derecho".

Leconte acostumbraba reunir a sus amigos literatos épica y líricos en su pobre saloncito de poeta del Hotel del "Dragón Azul", en el boulevar de los Inválidos de París. Allí, con religiosa unción a la lengua y al ritmo, y sin querer revolucionar ni el arte ni la métrica, "Les Parnassiens" veneraban el arte por el arte y despreciaban los éxitos que se consiguen fácilmente; cosechando burlas de los intulsos y sarcasmos de los mediocres y caminaron con independencia absoluta de temas, unos por la antigüedad clásica y bárbara, otros por el medioevo y el renacimiento y los menos por las cosas modernas, pero robustecidos de un mismo espíritu, escribiendo poemas de factura impecable y tanto, que se los llegó a acusar de poemas fríos, perfectos y marmóreos, paganos que no cristianos, y de excesivamente materialistas.

Indudablemente que Leconte era un espíritu superior. Pese a su juventud actuaba como maestro frente a los otros poetas de su generación, aconsejando "en las dulces tardes de esos inolvidables sábados, en que su noble genio dejando errar una perenne sonrisa por su cara lampiña de seda joven, escuchaba las consultas de sus amigos y fortalecía sus inclinaciones poéticas, sin exagerado elogio ni acerva censura" y como amaba el verso perfecto, exigía a cada autor que los colocara en un escritorio con muchas gavetas y cada cierto tiempo los sacara y puliera y volviera a guardar hasta dejarlos sin imperfecciones cuando arribaban a las últimas gavetas.

Por ello su escuela se llamó de "Orífices del verso, virtuosos de la rima pura", la más barroca del siglo XIX y reunió talentos de la magnitud de Eugene de Banville, Armand Silvestre, Sully Prudhomme, José María Heredia y el Conde Matías Felipe Augusto Villiers de Lisle Adam.

Leconte murió "hermoso anciano y coronado de tomillo y de rústicas hiervas" y de él dijo después Rubén Darío en 1893, que "cantó a los clásicos y a los bárbaros porque le atraía la aurora de la humanidad, la soberana sencillez de las edades primeras y la grandiosa infancia de las razas, reprochándole haber puesto el espíritu sobre el corazón, que jamás dejó escuchar un solo eco de sentimiento y nunca el escalofrío pasional y comparábalo con una inmensa flota y con una ave desolada. "Vate serenísimo y liberado de pasiones" y de alto vuelo, que dijera en su ingreso a la Academia de Francia; "Las formas nuevas son la expresión necesaria de las concepciones originales".

"Lamentablemente Leconte y los parnasianos poetas franceses llegaron con retraso a nuestra Patria. Recién en 1882 el Dr. César Borja Lavayen dejaba entrever sus influencias en la poesía titulada "Pan en la siesta", cuya primera parte decía así: Surca el hondo remanso la piragua /al pié de umbroso platanal esbelto /cuyo follaje satinado y suelto /copia en su seno tembloroso, el agua //Arden las playas, el fulgir de fragua /del sol estivo; y en la luz envuelto, /relumbra, en chorros el raudal, disuelto /sobre un áspero lomo de cancagua //Como dormidos en la siesta ardiente, /yacen los campos; y en el haz de grama /del llano, esplendente el implacable estío.// Y cruza, y riega en el cristal luciente /del Esmeraldas, su sonora grama/el mirlo negro; trovador del río//

Sin embargo esta poesía se publicó 27 años después, en 1909, cuando su autor amistosamente competía con Francisco J. Falques Ampuero, para ver quién de los dos traducía mejor la nueva métrica y como éste último editó mucho más tarde sus "Mármoles lavados" ninguno influyó notablemente en el gusto literario de las juventudes de sus épocas.

De Falquez Ampuero copio "Biombo Japonés": /En el tisú de artístico bordado /el paraje campestre se deshiela; /un bando de cigüeñas, lento, vuela /por el cielo de suave anaranjado. //Detrás de un bosque de bambú, bañado /en su rojo cinabrio, se revela/el sol muriente en la sedosa tela, /cual la testa de un héroe degollado. //Ante el espejo oval montado en plata/una musmé con sus horquillas ata/las pardas trenzas que decora un loto; //y en la estera, entre lacas y abanicos,/es un icono entre los dones rico/de una pagoda de la antigua Kioto.//

En ambas poesías se nota perfección formal, riqueza idiomática, ritmo y plan de acción, pero falta como dijera Darío, pasión, corazón y sentimiento. Sobran además los adjetivos, tónica que fue general en los poetas parnasianos y modernistas que supieron vestir al idioma un ropaje exótico y preciosista como ninguna otra escuela o corriente literaria ha logrado hacerlo ni antes ni después. En síntesis, el parnasianismo surgió del romanticismo, desembocó en el modernismo, aspiró el verso perfecto y frío y experimentó nuevas formas a mediados del siglo pasado, "cuando comenzaba a haber spleen en el aire y en el alma".