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ORIFICES
DEL VERSO
Cuando el romanticismo en Francia
había madurado suficientemente a la sombra
de Lamartine y Chateaubriand y siguiendo las huellas
alemanas de Herder, Goethe y Schiller; "el poeta
impecable, perfecto mago en letras francesas Théophite
Gautier", causó la división de
los literatos de París "llevándose
a los puros, mientras que Víctor Hugo se convirtió
en poeta social y Alfredo de Musset conservaba el
culto de las almas apasionadas".
Así surgió una escuela poética
que fundada por Gautier, trataba de obtener el triunfo
del materialismo de las apariencias visibles y tangibles,
expresadas en poesía formalista y de técnica
depurada.
Entre los seguidores de Gautier sobresalió
enseguida Leconte de Lisle, poeta sensible que no
gustaba del barato aplauso de las masas y que escribió:
"La multitud imbécil no es capaz de Juzgar
lo bello. Hacer una hermosa obra de arte es probar
el amor a la Justicia y al derecho".
Leconte acostumbraba reunir a sus amigos literatos
épica y líricos en su pobre saloncito
de poeta del Hotel del "Dragón Azul",
en el boulevar de los Inválidos de París.
Allí, con religiosa unción a la lengua
y al ritmo, y sin querer revolucionar ni el arte ni
la métrica, "Les Parnassiens" veneraban
el arte por el arte y despreciaban los éxitos
que se consiguen fácilmente; cosechando burlas
de los intulsos y sarcasmos de los mediocres y caminaron
con independencia absoluta de temas, unos por la antigüedad
clásica y bárbara, otros por el medioevo
y el renacimiento y los menos por las cosas modernas,
pero robustecidos de un mismo espíritu, escribiendo
poemas de factura impecable y tanto, que se los llegó
a acusar de poemas fríos, perfectos y marmóreos,
paganos que no cristianos, y de excesivamente materialistas.
Indudablemente que Leconte era un espíritu
superior. Pese a su juventud actuaba como maestro
frente a los otros poetas de su generación,
aconsejando "en las dulces tardes de esos inolvidables
sábados, en que su noble genio dejando errar
una perenne sonrisa por su cara lampiña de
seda joven, escuchaba las consultas de sus amigos
y fortalecía sus inclinaciones poéticas,
sin exagerado elogio ni acerva censura" y como
amaba el verso perfecto, exigía a cada autor
que los colocara en un escritorio con muchas gavetas
y cada cierto tiempo los sacara y puliera y volviera
a guardar hasta dejarlos sin imperfecciones cuando
arribaban a las últimas gavetas.
Por ello su escuela se llamó de "Orífices
del verso, virtuosos de la rima pura", la más
barroca del siglo XIX y reunió talentos de
la magnitud de Eugene de Banville, Armand Silvestre,
Sully Prudhomme, José María Heredia
y el Conde Matías Felipe Augusto Villiers de
Lisle Adam.
Leconte murió "hermoso anciano y coronado
de tomillo y de rústicas hiervas" y de
él dijo después Rubén Darío
en 1893, que "cantó a los clásicos
y a los bárbaros porque le atraía la
aurora de la humanidad, la soberana sencillez de las
edades primeras y la grandiosa infancia de las razas,
reprochándole haber puesto el espíritu
sobre el corazón, que jamás dejó
escuchar un solo eco de sentimiento y nunca el escalofrío
pasional y comparábalo con una inmensa flota
y con una ave desolada. "Vate serenísimo
y liberado de pasiones" y de alto vuelo, que
dijera en su ingreso a la Academia de Francia; "Las
formas nuevas son la expresión necesaria de
las concepciones originales".
"Lamentablemente Leconte y los parnasianos poetas
franceses llegaron con retraso a nuestra Patria. Recién
en 1882 el Dr. César Borja Lavayen dejaba entrever
sus influencias en la poesía titulada "Pan
en la siesta", cuya primera parte decía
así: Surca el hondo remanso la piragua /al
pié de umbroso platanal esbelto /cuyo follaje
satinado y suelto /copia en su seno tembloroso, el
agua //Arden las playas, el fulgir de fragua /del
sol estivo; y en la luz envuelto, /relumbra, en chorros
el raudal, disuelto /sobre un áspero lomo de
cancagua //Como dormidos en la siesta ardiente, /yacen
los campos; y en el haz de grama /del llano, esplendente
el implacable estío.// Y cruza, y riega en
el cristal luciente /del Esmeraldas, su sonora grama/el
mirlo negro; trovador del río//
Sin embargo esta poesía se publicó 27
años después, en 1909, cuando su autor
amistosamente competía con Francisco J. Falques
Ampuero, para ver quién de los dos traducía
mejor la nueva métrica y como éste último
editó mucho más tarde sus "Mármoles
lavados" ninguno influyó notablemente
en el gusto literario de las juventudes de sus épocas.
De Falquez Ampuero copio "Biombo Japonés":
/En el tisú de artístico bordado /el
paraje campestre se deshiela; /un bando de cigüeñas,
lento, vuela /por el cielo de suave anaranjado. //Detrás
de un bosque de bambú, bañado /en su
rojo cinabrio, se revela/el sol muriente en la sedosa
tela, /cual la testa de un héroe degollado.
//Ante el espejo oval montado en plata/una musmé
con sus horquillas ata/las pardas trenzas que decora
un loto; //y en la estera, entre lacas y abanicos,/es
un icono entre los dones rico/de una pagoda de la
antigua Kioto.//
En ambas poesías se nota perfección
formal, riqueza idiomática, ritmo y plan de
acción, pero falta como dijera Darío,
pasión, corazón y sentimiento. Sobran
además los adjetivos, tónica que fue
general en los poetas parnasianos y modernistas que
supieron vestir al idioma un ropaje exótico
y preciosista como ninguna otra escuela o corriente
literaria ha logrado hacerlo ni antes ni después.
En síntesis, el parnasianismo surgió
del romanticismo, desembocó en el modernismo,
aspiró el verso perfecto y frío y experimentó
nuevas formas a mediados del siglo pasado, "cuando
comenzaba a haber spleen en el aire y en el alma".
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