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NUESTRO
ANTIGUO CARNAVAL
Memento homo quía pulvis est
et in pulverem reverterís (Recuerda hombre
que eres polvo y que polvo volverás a ser)
A ciencia cierta nunca se ha llegado a descubrir quien
inventó el juego del Carnaval. Ya desde Roma
se lo conoce aunque con otro nombre y no es de admirar
que el cristianismo primitivo haya querido desterrarlo
de la lista de festejos anuales porque los desenfrenos
que propicia inducen a pensar que es fiesta del diablo
y no de Dios. Sin embargo, la Iglesia santa y sabia
como es, al fin se dio por vencida y, no pudiendo
terminarlo le pone antes del Miércoles de Ceniza,
día dedicado al arrepentimiento y que da comienzo
a la cuaresma y ayuno, tiempo en que nos preparamos
para recordar el sacrificio de nuestro Redentor en
la Cruz. Así todo queda en paz y perfectamente
ordenado, conforme a la naturaleza humana, porque
no puede haber arrepentimiento sin culpa, ni perdón
sin pecado.
EL PRINCIPE CARNAVALERO
Entre las costumbres hoy desaparecidas
en Guayaquil figuraba la elección de la Princesa
del Carnaval, practicada en las covachas de nuestro
puerto desde la época colonial hasta hace muy
poco tiempo.
Varios días antes del domingo se reunían
los moradores de cada covacha y previa discusión
sobre los méritos de las candidatas, en forma
democrática votaban por la mejor, sacándola
Princesa; enseguida se procedía a construir
un muñeco de estambre y paja que se vestía
y calzaba con mucha decencia, pintándole una
careta sonreída que el domingo se la colocaban
en medio de la algazara de la muchachada.
Las covachas de antaño eran diferentes a las
actuales; hubo algunas de más de media manzana
de extensión, bien repartidas en cuartos, con
el patio de piedra al medio y algunos árboles
frutales que arrojaban sombra y frescor. Muchos animales
domésticos alternaban en grata camaradería
con los ocupantes humanos. Había patos, gallos,
gallinas, pollos, burros, perros, gatos, loros y canarios.
No faltaban los oficios más variados en su
interior; lavanderas, cocineras, zapateros, relojeros,
carpinteros, talabarteros, mecánicos y vendedores
ambulantes, desempeñando sus quehaceres en
el patio común.
LA CHICHA DE MADURO
Por la tarde del domingo se iniciaba
el baile de los miembros de la covacha que pasaban
del ciento; hay más de 20 familias; se traen
bancos y sillas para espaciar la comparsa. El Príncipe
Carnaval está sentado en una butaca al pie
de un tamarindo presidiendo los festejos, y su esposa
la Princesa inauguraba la danza con el vals «España
» de Waldteufeid.
Luego se ofrecía una rica copa de chicha de
maduro, conocida también como chicha de champán,
que a principios de este siglo se vendía a
medio la botella. El baile se generaliza y todos alaban
la majestad del Príncipe Carnaval al que prodigan
mil chistes de subido tono con la Princesa, amén
de fingidas caricias y mimos. ¡Ay quien fuera
Príncipe Carnaval, dice un zapatero, para recibir
tus besos!. La morena aludida hace un gracioso gesto
y responde: ¡Sígame usted y verá!.
Alejándose coquetona entre los danzantes, con
lo que el pobre quedaba alelado de gusto.
Un viejo piano del vecindario da el marco musical
a la fiesta y aumenta el bullicio hasta las 9 de la
noche, hora propicia para el sueño en el Guayaquil
de antaño, guardándose el príncipe
para el martes, porque el lunes no es feriado y todos
están obligados a trabajar, las tiendas abren
y a nadie se le ocurre arrojar agua a los transeúntes.
LA INDUSTRIA DE LOS
CASCARONES
En aquellos tiempos aún no
se habían inventado los globitos de carnaval
fabricados a base de caucho. Los panaderos solían
guardar los Cascarones de huevos desde diciembre y
para no dañarles abren huequitos en las puntas
y por allí sacan la yema y clara, quedando
el cascarón incólume para ser llenado
de agua con anilina de colores y colonia; siendo las
más baratas, las de kalanga, lirio del campo,
de lavanda, de Murray y Lamman, de Reuter, de romero,
y de bergamota.
Sin embargo los más bellos cascarones son de
esperma, que cada familia fabrica en casa con moldecillos
venidos de Estados Unidos y Europa. Es de ver la profusión
de formas y colores; los hay rojos, verdes, amarillos
y anaranjados, imitando peras, racimos de guineos
orito, naranjas y sandías; son verdaderas obras
de arte y paciencia en la que rivalizan las aseñoradas
matronas del puerto; hacerlos no es fácil:
hay que calentar la cera, teñirla por partes,
vaciarla en los moldes tomando en cuenta el tiempo
para que no se peguen; luego viene la operación
de llenarlos hasta el tope y cerrar el orificio con
cera derretida. En fin, un largo y difícil
trabajo para darse el gusto de dañar el vestido
del vecino o del amigo.
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