TOMO III
 
 
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TOMO IV
     


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MUEBLES, COMIDAS Y BEBIDAS
Las casas antiguas eran casi siempre de un solo piso alto, con corredores y toldas en su exterior y zaguanes en la planta baja. Las fachadas de maderas talladas, en su parte superior ostentaban escudos nobiliarios iluminados por faroles de velones, hacia el interior jamás faltaba una hornacina con alguna imágen milagrosa. Una gran puerta de madera tallada y claveteada, que giraba sobre quicios en lugar de bisagras «completaba el entorno; dentro de dicha puerta había una más pequeña, como de confianza, usada por las noches o cuando la familia estaba de duelo, de tal suerte que mantenían cerrados los portones, usando la puerta chica o de escape.

Las rejas, las chapas y los cerrojos de Vizcaya daban máximas seguridades a los propietarios y no se conocía el vidrio para las ventanas ni las pinturas al aceite para interiores o exteriores, todo era charolado. Las lacas recién empezaron a llegar de la China a mediados del siglo pasado y el papel tapiz fue un lujo hasta hace muy pocos años.

En cuanto al mobiliario de los primeros años era rústico y demasiado serio. Los grandes sillones con cueros Cordovanes, las sillas de tijereta y las camas con doseles y cortinas formaban lo principal de las casas. En el siglo XVIII y solamente merced a la influencia francesa de los Borbones empezó a usarse muebles menos rústicos, como las sillas estilo Reina Ana de Inglaterra hermosamente talladas, las escribanías o escritorios con cajones labrados e incrustaciones de carey y las cajitas o neceseres de laca y enconchados del Oriente. También llegaron instrumentos musicales como clavicordios, arpas y vihuelas. Tapices, cortinas y cojines vestían los ambientes y en el comedor no podían faltar las piezas de plata martillada, la porcelana China, las estatuillas o Chinerías y las lozas españolas y algo rústicas y sin firmar, de Talavera de la Reina y del Buen Retiro.

En las cocinas los antiguos pondos y cazuelas de barro o greda cedieron el paso a las pailas de cobre, más higiénicas y duraderas. Cuando había visitas se las recibía en la mesa con «mantel largo» de lino pero si el asunto no era para tanto lujo se comía sin mantel al descubierto y sobre la tabla.

Para celebrar bautizos, matrimonios y hasta en los velorios era usual una cena entre parientes. Al día siguiente se celebraba «la corcoba» o «lo que viene atrás», reunión íntima entre los más allegados pero no menos abundosa en cosas de comer. A los que no habían podido asistir a ia primera cena o a la corcoba se les mandaba paquetitos de comida, como quien dice para que prueben lo que se habían perdido y a esto se llamaba «enviar los conchos». Casi siempre se prefería dulces a las cosas de sal y era costumbre que al devolver el plato o la fuente, se las llenara con flores y una esquelita de agradecimiento.

El té arribó a Guayaquil procedente de la China en el siglo XVIII, al igual que el café que nos llegó del Norte del África por esos años. Antes a nadie se le hubiera ocurrido beber más que chocolate, en jicaras de plata o pondos de greda, bien batido, caliente y espumoso y acompañado de «churros con miel» y quesillo fresco.

Vinos había pocos y caros, pero siempre se acostumbraba brindar aunque sólo fuere una copita, como quien dice, solo para probarlos. El champagne era desconocido, pero no así la sidra asturiana y los vinos espumantes que eran vendidos a precios prohibitivos. Más popular fue en la colonia la chicha de maíz o jora, tomada hasta como refresco cuando estaba recién hechita y no tenían el picor de la fermentación alcohólica. Cuando había enfermo en la casa le daban de reconstituyente la llamada «Chicha huevona» preparada a base de huevos batidos y chicha sin fermentar. Salía espumosa y muy agradable, pero ponía a sudar por ser demasiado alimenticia.

Para las tertulias o reuniones literarias y musicales no había nada mejor que la aristocrática mistela, preparada con la flor de la mistela disuelta en alcohol casero; luego se idearon nuevas receta y surgieron otras mistelas, la de leche que debía ser cristalina y traslúcida, la de rosas, la de huevo o rompope, la de menta que era carísima porque la hoja se importaba de México y así muchas más. Se decía entonces que nada era mejor para una señorita elegante qué beber una mistela en copa fina de cristal y con el dedo chiquito respingado hacia arriba. ¡Caramba!.

La cerveza fue desconocida hasta mediados del siglo pasado cuando algunos alemanes importaron las primeras botellas a Guayaquil. Poco después se fundó una fábrica y la gente dio en decir que era una simple chicha de cebada.

La comida popular se preparaba a base de cazuelas, guatitas, caldos espesos y empanadas. Hace cien años llegó la moda de preparar pasteles rellenos porque recién se empezó a importar harina de trigo desde California y surgió la industria de los panes que era desconocida.

Y así -mal que bien- nuestros abuelos se echaban entre pecho y espalda buenos buches y mejores platillos, que entonces la comida y la bebida no eran tan caras y cualquier cristiano podía alimentarse bien con poca plata.