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MUEBLES,
COMIDAS Y BEBIDAS
Las casas antiguas eran casi siempre
de un solo piso alto, con corredores y toldas en su
exterior y zaguanes en la planta baja. Las fachadas
de maderas talladas, en su parte superior ostentaban
escudos nobiliarios iluminados por faroles de velones,
hacia el interior jamás faltaba una hornacina
con alguna imágen milagrosa. Una gran puerta
de madera tallada y claveteada, que giraba sobre quicios
en lugar de bisagras «completaba el entorno;
dentro de dicha puerta había una más
pequeña, como de confianza, usada por las noches
o cuando la familia estaba de duelo, de tal suerte
que mantenían cerrados los portones, usando
la puerta chica o de escape.
Las rejas, las chapas y los cerrojos de Vizcaya daban
máximas seguridades a los propietarios y no
se conocía el vidrio para las ventanas ni las
pinturas al aceite para interiores o exteriores, todo
era charolado. Las lacas recién empezaron a
llegar de la China a mediados del siglo pasado y el
papel tapiz fue un lujo hasta hace muy pocos años.
En cuanto al mobiliario de los primeros años
era rústico y demasiado serio. Los grandes
sillones con cueros Cordovanes, las sillas de tijereta
y las camas con doseles y cortinas formaban lo principal
de las casas. En el siglo XVIII y solamente merced
a la influencia francesa de los Borbones empezó
a usarse muebles menos rústicos, como las sillas
estilo Reina Ana de Inglaterra hermosamente talladas,
las escribanías o escritorios con cajones labrados
e incrustaciones de carey y las cajitas o neceseres
de laca y enconchados del Oriente. También
llegaron instrumentos musicales como clavicordios,
arpas y vihuelas. Tapices, cortinas y cojines vestían
los ambientes y en el comedor no podían faltar
las piezas de plata martillada, la porcelana China,
las estatuillas o Chinerías y las lozas españolas
y algo rústicas y sin firmar, de Talavera de
la Reina y del Buen Retiro.
En las cocinas los antiguos pondos y cazuelas de barro
o greda cedieron el paso a las pailas de cobre, más
higiénicas y duraderas. Cuando había
visitas se las recibía en la mesa con «mantel
largo» de lino pero si el asunto no era para
tanto lujo se comía sin mantel al descubierto
y sobre la tabla.
Para celebrar bautizos, matrimonios y hasta en los
velorios era usual una cena entre parientes. Al día
siguiente se celebraba «la corcoba» o
«lo que viene atrás», reunión
íntima entre los más allegados pero
no menos abundosa en cosas de comer. A los que no
habían podido asistir a ia primera cena o a
la corcoba se les mandaba paquetitos de comida, como
quien dice para que prueben lo que se habían
perdido y a esto se llamaba «enviar los conchos».
Casi siempre se prefería dulces a las cosas
de sal y era costumbre que al devolver el plato o
la fuente, se las llenara con flores y una esquelita
de agradecimiento.
El té arribó a Guayaquil procedente
de la China en el siglo XVIII, al igual que el café
que nos llegó del Norte del África por
esos años. Antes a nadie se le hubiera ocurrido
beber más que chocolate, en jicaras de plata
o pondos de greda, bien batido, caliente y espumoso
y acompañado de «churros con miel»
y quesillo fresco.
Vinos había pocos y caros, pero siempre se
acostumbraba brindar aunque sólo fuere una
copita, como quien dice, solo para probarlos. El champagne
era desconocido, pero no así la sidra asturiana
y los vinos espumantes que eran vendidos a precios
prohibitivos. Más popular fue en la colonia
la chicha de maíz o jora, tomada hasta como
refresco cuando estaba recién hechita y no
tenían el picor de la fermentación alcohólica.
Cuando había enfermo en la casa le daban de
reconstituyente la llamada «Chicha huevona»
preparada a base de huevos batidos y chicha sin fermentar.
Salía espumosa y muy agradable, pero ponía
a sudar por ser demasiado alimenticia.
Para las tertulias o reuniones literarias y musicales
no había nada mejor que la aristocrática
mistela, preparada con la flor de la mistela disuelta
en alcohol casero; luego se idearon nuevas receta
y surgieron otras mistelas, la de leche que debía
ser cristalina y traslúcida, la de rosas, la
de huevo o rompope, la de menta que era carísima
porque la hoja se importaba de México y así
muchas más. Se decía entonces que nada
era mejor para una señorita elegante qué
beber una mistela en copa fina de cristal y con el
dedo chiquito respingado hacia arriba. ¡Caramba!.
La cerveza fue desconocida hasta mediados del siglo
pasado cuando algunos alemanes importaron las primeras
botellas a Guayaquil. Poco después se fundó
una fábrica y la gente dio en decir que era
una simple chicha de cebada.
La comida popular se preparaba a base de cazuelas,
guatitas, caldos espesos y empanadas. Hace cien años
llegó la moda de preparar pasteles rellenos
porque recién se empezó a importar harina
de trigo desde California y surgió la industria
de los panes que era desconocida.
Y así -mal que bien- nuestros abuelos se echaban
entre pecho y espalda buenos buches y mejores platillos,
que entonces la comida y la bebida no eran tan caras
y cualquier cristiano podía alimentarse bien
con poca plata.
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