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LA MONILLA
La pepa de oro y la
escoba de bruja
Al hablar de Guayaquil siempre se
menciona talento, ilustración, heroísmo,
generosidad y cacao, pues en cuatro siglos hemos producido
suficientes mazorcas como para confitar al mundo entero
y aún sobrarían algunas más de
aquellas que producen el «suave y pegajoso elixir
de los templos mejicanos, bueno para sumergir el alma
en meditaciones y avivar el espíritu de cualquier
cristiano» como reza un antiguo proverbio de
los tiempos de la conquista y fue justamente por eso
que el cultivo y venta de tan vital producto constituyó
una de sus mayores preocupaciones hasta que a principios
de siglo lo atacó una diminuta plaga venida
de Panamá consumiendo la mata en sus entrañas.
Cuadras enteras sembradas de otrora lozanos árboles
se fueron perdiendo en pocas semanas por causa de
la «Escoba de Bruja» como también
se conoció esta plaga y con ella hizo su arribo
otra espora, menos voraz pero no por eso menos dañina
y se llama «la monilla» que atacaba a
las mazorcas, entonces el panorama se tornó
trágico. Hacia 1920 nadie construía
en Guayaquil, cundía el desempleo por doquier,
había descontento, hambre y miseria. Numerosas
familias radicadas en París empezaban a retornar
pero no encontraron sus huertas florecidas sino un
raro panorama de desolación. Había finalizado
una época (1870-1920) de cincuenta años,
época de oro y de cambios sustanciales en las
clases sociales del puerto. Veamos cuáles.
1) Los hacendados o terratenientes costeños
iniciados con la repoblación efectuada por
el Capitán Diego de Urbina entre 1540 y el
43 florecieron como Encomenderos durante la denominación
de los reyes Austrias y después de 1.700 medraron
con los afrancesados Borbones para decaer en la República.
Sus derechos de propiedad habían nacido en
las Encomiendas de los conquistadores, concedidas
por dos o tres vidas para usufructo de la viuda y
los hijos, después de la Encomienda se formó
la Hacienda o régimen de vida patriarcal donde
los trabajadores se agrupaban alrededor de la casa
del patrono para terminar formando poblaciones, así
nacieron San José del Pasaje, San Antonio de
Machala, San Juan de Puebloviejo y otra más.
Los títulos de propiedad originados por el
Rey, luego fueron concedidos por la Audiencia que
otorgaba derechos sobre «Sitios Realengos»
que en la República se conocieron como «Derechos
de sitio» o «Sitios de Montaña»,
revirtiendo la totalidad de las tierras baldías
al Estado,
Durante la colonia no se acostumbraban los Registros
de la Propiedad, de tal suerte que el poseedor del
título (papeles) era el legítimo propietario.
Cuando se crearon las Cortes de Justicia en 1826 se
abrieron los registros, pero no fue obligatoria la
inscripción de los títulos. Muchas gentes
lo hacían para precautelar su pérdida,
aunque los registros en la costa no eran sitios muy
seguros que digamos, habiéndose quemado en
múltiples ocasiones como sucedió con
el de Guayaquil en 1917 y con el de Babahoyo hace
apenas unos cuantos años.
Así pues, no habiendo en Guayaquil durante
la colonia y la república otra riqueza igual
al cacao, los detentadores de la propiedad de la tierra,
hacendados o propietarios agrícolas, constituían
la clase privilegiada, pues poseía la fuente
principal y casi única de la riqueza, que se
había logrado transmitir por líneas
femeninas y durante casi tres siglos mediante matrimonios
con sujetos españoles recién llegados
a estas tierras. Como ejemplo ilustrativo tenemos
que la hija del conquistador Vargas-Guzmán
casó con Toribio de Castro quien arribó
a Guayaquil como simple marinero y logró una
gran fortuna con el arriendo de las salinas de Punta
Arenas cerca de Posorja, originando a los Noboa, Coto,
Baquerizo, Carbo y Amador pero al mismo tiempo a los
Cornejo y Herrera y por éstos a los Larrabeitia,
Viteri, Arteta, Jimena por una parte y por la otra
a los Robles, Plaza, Casanova, Tufiño, Franco,
Benites, Luque, Salcedo, Tola, Vera y Pimentel; de
la otra rama salieron los Moran de Butrón y
los Santistevan, Lavayen, Llaguno, Puga, Garaycoa,
Rocafuerte, Rico, Wright, Luzarraga, Vivero, Alzúa,
Lámar, Cortázar, Borrero. Los Aviles
originados en el conquistador Díaz Bravo, formaron
alianza con los Porras, Carranza y Pareja. Los Aguirre
con los Maximín, Cepeda, de la Cuadra y Mariscal,
y los conquistadores Pérez de Vargas con los
Salavarría, Mestanza, Enderica, Maruri, Olave,
Silva, Ycaza, Olmedo y sería muy largo seguir
enumerando las alianzas familiares producidas en la
cuenca del Guayas desde Baba al norte hasta Balao
al sur, pasando por Guayaquil, Daule, La Puná,
Samborondón y Babahoyo.
Con el inicio de la República se terminó
el régimen monopolista de la corona y Guayaquil
pudo exportar sus frutos sin tener que recurrir primeramente
al Callao, para que fueren pesados y tasados. Esta
libertad comercial hizo que la noble y torera Villa
de Baba, ubicada en el risueño valle de San
Francisco, decayera notablemente, pues sus familias
ancestrales emigraron a Guayaquil en busca de mejores
oportunidades. Así salieron de Baba de 1830
al 40, los Molina, Febres-Cordero, Aguirre, Vergara,
Elinán, Veas, Yepes, Arzube, Chacón,
Erazo, Guerrero, de la Cuadra, Ruidiaz, Aguilar, Cepeda,
Franco, etc. que se afincaron en el puerto creando
un vacío en el agro, llenado por otras familias
afuereñas como los Rendón y los Macías
en Balzar. Los Sotomayor, Pimentel, Aspiazu, Mendoza,
Ubilla y Mosquera en Vinces. Los Puga, Ayala, Seminario
y Marticorena en Puebloviejo. Los Morla y los Molina
en Balao. Los Caamaños, Stagg y Morla en Naranjal.
Los Aviles, Martínez y Coello en Samborondón.
Los Aviles, Jiménez, Jurado, Carbo, Amador,
Aguirre y Coto en Daule. Estas fueron las familias
más afectadas con la quiebra del cacao desde
1916 en adelante.
2) Los transportadores del cacao fueron propietarios
de navíos a vela en la colonia y durante la
república modernizaron sus embarcaciones hasta
que la Pacific Steam Navegation Co. tomó a
cargo el comercio a Panamá, desde donde enfilaba
a los mercados de Inglaterra, Alemania y los Estados
Unidos. Algunos transportadores hicieron fortuna como
fue el caso de los Luzarraga, Caamaño, Barragan
Anzoátegui e Icaza que se hicieron compradores
y luego productores de cacao, de tal suerte que lo
producían, transportaban y vendían en
el exterior, siendo marinos, comerciantes y agricultores
al mismo tiempo. Este tipo de empresario, casi siempre
se auxiliaba con algún pariente dueño
de una casa de comercio en el exterior.
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